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  • © Bernd Uhlig
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Las miserias que somos

París. 06/12/2015. Opéra Garnier. Bartók: El castillo de Barbazul. Poulenc: La Voix Humaine. John Relyea (Barbazul), Ekaterina Gubanova (Judith), Barbara Hannigan (Elle), Claude Bardoull (Lui, rol mudo y actuado). Dirección de escena: Krzysztof Warlikowski. Dirección musical: Esa-Pekka Salonen. 

Krzysztof Warlikowski parece decidido a abandonar poco a poco su papel de enfant terrible. Al menos, eso indican propuestas como la que ofrece con este programa doble con El castillo de Barbazul de Bartók y La voz humana de Poulenc. Encontramos aquí ya a un Warlikowski mucho menos revolucionario y más plegado a una literalidad muy suya, sí, pero literalidad al fin y al cabo. El espectáculo visto en París es, por cierto, una coproducción con el Teatro Real que huele a Mortier por los cuatro costados (las coordenadas de Matabosch me temo que son otras, aunque este programa doble a buen seguro sería de su interés). 

Atendiendo a sus respectivos libretos y a sus correspondientes génesis como partituras, nos encontramos de antemano aquí con dos tramas sin vínculo aparente pero que Warlikowski hila como dos relatos contrapuestos y en nítida vecindad acerca de la dependencia emocional, singularmente la femenina en este caso, aunque planteada de tal modo que las conclusiones pueden extrapolarse a toda la condición humana. Se nos habla en el programa de mano del síndrome de Estocolmo como esa paradigmática y no menos paradójica situación por la cual las víctimas, del género que sea, terminan por ser las primeras en defender a su verdugo. Tanto en el caso de Judith como en el caso del personaje femenino de Cocteau, nos encontramos ante sendas dependencias de compleja digestión. Warlikowski habla asimismo en el programa de mano del subconsciente femenino y su tendencia a repetir esos marcos de dependencia en sus relaciones emocionales. La idea que vertebra todo el programa doble es esa elocuente respuesta que Judith ofrecer a Barbazul cuando le pregunta si tiene miedo: “Amo tener miedo contigo“. El espectáculo de Warlikoski es de una fuerza plástica sobresaliente, con imágenes inquietantes por doquier acerca del pecado, la seducción, la tortura, el maltrato, etc. La dirección de actores es, por descontado, sobresaliente como suele suceder con sus producciones. Ojalá no tarde en verse en Madrid este brillante doble programa.

En el foso, el finlandés Esa-Pekka Salonen volvió a demostrar que es uno de los talentos más genuinos entre las batutas de nuestro tiempo, con una dirección extraordinaria, luminosa y etérea, de una teatralidad sutilísima, capaz de crear y resolver tensiones una tras otra, sin solución de continuidad. De hecho, creo que jamás había escuchado sonar así a la orquesta titular del teatro parisino, con tal gama de colores, inflexiones y dinámicas. Salonen no regresaba a París desde 2006, cuando Mortier contó con él para dirigir un nuevo título de Saariaho, ocasión en la que las huelgas terminaron por arruinar todo el trabajo depositado por Salonen en aquel proyecto.

En el apartado vocal, destaca por méritos propios la creación de Barbara Hannigan para La Voix Humaine. Y es que Hannigan se revela una vez más como un verdadero animal escénico, de una especie única hoy en día. Con su delgada y ágil figura se basta y se sobra para inundar todo el escenario, interactuando con un mínimo atrezzo. La obra de Poulenc, siendo sinceros, no se cuenta entre nuestras más granadas preferencias. Pero Hannigan, Warlikowski y Salonen la convierten en una suerte de thriller de intensidad creciente que mantiene en vilo al espectador incluso en contra de sus previsiones. Menos brillante fue la pareja vocal que se encargaba de poner en pie El castillo de Barbazul. Encontramos a Ekaterina Gubanova muy comprometida y desenvuelta en el apartado escénico, aunque con un material menos lujurioso, sobre todo menos desahogada en el agudo. John Relyea pinta un Barbazul sin pena ni gloria, defendido con intensidad pero tosco las más de las veces.

 

 

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