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¡Festival!

Torroella de Montgrí, 10/07/25. Auditori Espai Ter. Janine Jansen, violín. Camerata Salzburg. Gregory Ahss, concertino y dirección musical.

Torroella de Montgrí, 10/07/25. Auditori Espai Ter. András Schiff, piano.

Uno de los principales atractivos de los festivales de verano, más allá de erigirse en refugio físico y espiritual para sobrellevar las calurosas tardes de agosto, es la posibilidad de concentrar en unos pocos días una oferta musical difícilmente asumible durante el resto del año tanto por cantidad como por calidad. En unos pocos días o, incluso, en unas pocas horas, como ha hecho el Festival de Torroella de Montgrí que, entre la jugosa propuesta de esta edición, ha programado en una misma jornada dos conciertos extraordinarios. A las siete de la tarde el Auditori Espai Ter recibía a la violinista Janine Jansen acompañada por la Camerata Salzburg y, por si fuera poco, a las diez de la noche subía al escenario una leyenda del piano llamada András Schiff. Un festín musical a priori que refrendó todas las expectativas convirtiéndose en una jornada de las que quedan en la memoria. ¡Un auténtico festival!

La Camerata Salzburg, liderada por el concertino Gregory Ahss, abrió el fuego con la adaptación de Shane Woodborne para orquesta de cámara del Ricercare a 6 de La ofrenda musical de Johan Sebastian Bach. Buen trabajo contrapuntístico con excelente rendimiento de todas las secciones de una formación cohesionada dirigida con brío por Ahss desde el primer atril. Ya en la interpretación de la pieza de Bach se percibió el sonido robusto del conjunto que se mantuvo en las siguientes obras del programa, ambas de Felix Mendelssohn: el Concierto para violín núm. 2 en mi menor y la Sinfonía núm. 4 “Italiana”.

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La Camerata Salzburg se mostró en todo momento sólida y expresiva, absolutamente compenetrada con la solista en el Concierto para violín y con notable variedad de acentos y colores en la Sinfonía. En algunos momentos, aunque nunca llegó a ser obstáculo para gozar de su prestación global, el volumen estuvo al límite de la brillante acústica del Auditori, algo probablemente atribuible al poco tiempo de ensayos y adaptación a la sala. No en vano, la noche anterior habían tocado el mismo programa en el Festival de Pollensa al aire libre, o sea en condiciones acústicas absolutamente opuestas. El Allegro vivace de la Sinfonía sonó enérgico, con unas cuerdas musculosas, y contrastado en los distintos temas. Elegíaco y balanceante el Andante, transparente y juguetón el tercer movimiento para rematar con un Saltarello trepidante que cerró de manera exuberante el concierto.

Pero no cabe duda de que la joya de la velada, lo que quedará en la memoria de todos los asistentes, fue la extraordinaria exhibición de Janine Jansen en el Concierto para violín. El equilibrio entre delicadeza, profundidad, pasión y contundencia sonora que consiguió la gran intérprete neerlandesa en el primer movimiento fue de los que quitan el aliento. La variedad de matices, acentos y colores y el virtuosismo técnico, siempre al servició de la expresión y nunca como mero exhibicionismo, fueron de los que dejan sin aliento. En el Andante destacó el fraseo íntimo y la elegancia natural, aristocrática, de una intérprete que, probablemente, se encuentra en ese punto álgido de una carrera en el que madurez y facultades están en pleno apogeo. En el movimiento final mantuvo un vibrante diálogo con la orquesta, derrochando recursos con una naturalidad pasmosa que, inevitablemente, puso al público en pie. Tras la larga ovación, Jansen y la Camerata regalaron una espectacular versión, por tempo y colorido, del Presto del Verano, de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

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Si Janine Jansen demostró estar en un momento dulce, András Schiff, un par de horas más tarde y en el mismo escenario confirmó que a estas alturas se encuentra más allá del bien y del mal. Es bien sabido que, en los últimos años, el gran pianista húngaro ha decidido no avanzar sus programas e ir presentando cada pieza micrófono en mano. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que estos sean aleatorios. Todo lo contrario. El que interpretó en Torroella fue de una coherencia, exigencia y rigor superlativo. Empezó con fragmentos del Clave bien temperado y la Suite francesa de Johan Sebastian Bach que enlazó con una Giga de clara inspiración bachiana compuesta por Mozart. De ahí pasó a dos sonatas, una primera de Haydn y otra, de nuevo, del músico de Salzburgo.

El siguiente paso, inevitablemente, era Beethoven, de quien interpretó las seis Bagatelas Op. 126 para cerrar el concierto, con lógica circular, volviendo Bach y su Concierto italiano. Describir el arte de Schiff es tarea ardua porque hace tan fácil lo más difícil, es tan expresivo con los mínimos recursos y técnicamente tan aplastantemente perfecto que o sobran o faltan los calificativos. Sonido aterciopelado, digitación infalible, expresividad desbordante, todo ello prácticamente sin moverse, sin pestañear. Una lección magistral de musicalidad y sabiduría que se desbordó en las dos propinas que ofreció, un sublime Intermezzo de Johannes Brahms en el que se detuvo el tiempo y un evocador Nocturno de Chopin que, tras una larga e intensa doble jornada, nos mandó a dormir con una sonrisa tonta.

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Fotos: © Roger Lleixà