Una apuesta segura
Logroño. 11/09/2025. Auditorio Riojaforum. G. Verdi: Messa da Requiem. Miren Urbieta-Vega (soprano), Caterina Piva (mezzosoprano), Jonathan Tetelman (tenor) y George Andguladze (bajo). Orfeón Donostiarra, Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección musical: Ramón Tebar.
Organizado por la Fundación Columbus, este concierto ha sido experiencia artística de altísimo nivel que, además, tenía un fin solidario: los fondos recaudados se destinarán al primer ensayo clínico con terapia génica para niños con enfermedades raras. Realizado el primero, el mismo se habrá repetido los dos días siguientes en el Santuario de Arantzazu y en el Palacio Euskalduna, de Bilbao. No deja de ser curioso que para un objetivo tan positivo la obra elegida haya sido una misa de difuntos, por muy peculiar que ésta resulte pues es bien sabido el agnosticismo del compositor y la teatralidad casi operística plasmada en la obra.
He de reconocer que un cuarto de hora antes de dar inicio al concierto estaba sencillamente aterrado; apenas cuarenta personas ocupaban el graderío del nada pequeño auditorio Riojaforum. Al final un par de pequeñas oleadas dieron al recinto un aspecto apañado aunque muy lejos del lleno. ¿Quizás un 50% de ocupación? Lo apunto porque de ello se desprende que ni la obra, ni los intérpretes ni el último fin benéfico del concierto parece fueron aliciente suficiente para una asistencia más lógica. Y bien que lo tendrían que sentir porque el concierto no fue nada rutinario, que conste.
La Mesa da Requiem, de Verdi tiene fama de ostentosa y grandilocuente y no dudo que ello proviene en gran medida de la espectacular escena del Dies Irae. Aún recuerdo aquel espectador que con motivo de uno de mis primeros réquiem verdianos en directo, hace ya muchos años, dijo aquello de que las trompetas del Tuba mirum parecían salir del mismo infierno y ello se me quedó grabado. Sin embargo, frente a estas escenas aparatosas Verdi es capaz de crear páginas de máxima intimidad porque como lo fue en sus óperas, Verdi también tiene esa capacidad en esta misa: la de pasar de lo abrupto y suntuoso a lo íntimo y desolador sin perder el hilo conductor. Y creo que ahí reside el gran reto de la batuta: describirnos todos los réquiems que dentro de esta misa coexisten. Y considero que Ramón Tebar estuvo más acertado en las partes más íntimas y pecó de excesivo en el Dies Irae.
Contar con el Orfeón Donostiarra es siempre una garantía. ¿Cuántas veces habrá cantado esta obra la agrupación guipuzcoana en los últimos diez años? Y, sin embargo, continúan sorprendiendo con el piano inicial sobre la palabra réquiem, de una sutileza máxima. En el conglomerado del Dies Irae todo bien a pesar de percibir un cierto desequilibrio entre voces masculinas y femeninas en detrimento de ellas. Ello siempre dentro de un nivel notable y es que el orfeón nunca decepciona en esta obra.
La Bilbao Orkestra-Orquesta Sinfónica de Bilbao tampoco defraudó. En vísperas de dar inicio a su temporada oficial la BOS volvió a demostrar que se encuentra en buena forma; bastaba con observar la escala descendente de la cuerda en -¡otra vez!- el Dies Irae para poder entender el nivel de sus componentes. Bien equilibrada, respondió de forma adecuada a las exigencias de Tebar aunque a la sección de viento metal podría exigírsele algo más de claridad y precisión en algunos pasajes.
Finalmente, el cuarteto vocal donde no encontramos a la anunciada María José Montiel sino a la italiana Caterina Piva. No hace tres meses que tuvimos la fortuna de escuchar a Miren Urbieta-Vega en esta misma obra, en el último concierto de abono de de la temporada pasada de la Orquesta Sinfónica de Navarra y poco novedoso hemos de decir: una voz potente, agudos más firmes y sonoros que en el Baluarte y graves solventes que en el Libera me aparecieron en toda su integridad. Curiosamente esta soprano no se prodiga operísticamente en Verdi –cosa harto incomprensible- y escuchándole no podía dejar de imaginármela cantando, por ejemplo, la Amelia de Un ballo in maschera. La mencionada Caterina Piva tuvo la habilidad de resultar brillante en el Liber scriptus y en el Lux aeterna final aunque en las escenas de conjunto –y más cuando coincidía con el coro- su voz quedaba diluida.
Por lo que a ellos se refiere, potente y rotundo Jonathan Tetelman, al que tenía ganas de escuchar por la fama que le precede. Su Ingemisco, muy operístico hasta en los gestos, se despidió con un (…) statuens in parte destra que queda para el recuerdo por volumen y contundencia. No es el cantante más refinado pero hay que reconocer que de vez en cuando se agradece escuchar una voz con tanto fundamento. Incluso en su pose parecía más estar cantando una ópera que una misa de difuntos. Finalmente, el bajo George Andguladze me dejó totalmente desconcertado: por momentos enseñaba una voz entubada para luego proyectarla con un color precioso, de bajo de verdad que, sin embargo, palidecía en el límite grave. Una pena esa falta de uniformidad porque la voz no tiene desperdicio.
El público tuvo una reacción muy fría para el nivel del concierto. Al término de la primera secuencia, Requiem aeternam, se produjeron algunos aplausos que fueron sofocados sin piedad. Quizás por ello, cuando la misa terminó nadie se atrevía a aplaudir. Finalmente señalar que el dueño del teléfono que sonó en absoluta coincidencia con el pianisimo inicial debería ser multado y prohibirle la entrada a otro concierto por desconsiderado. ¿Cuándo aprenderemos?