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Entre la elegancia y la contención

Madrid. 08/11/2025. Obras de Carme Fernández Vidal, Aaron Coplan, Nikolai Rimski-Korsakov y George Gershwin. Orquesta Nacional de España. Juan Floristán, piano.

La OCNE planteó en este Sinfónico 04 un viaje por distintos modos de habitar el tiempo y el espacio a través del sonido: desde la ensoñación contemporánea hasta la pulsión urbana del jazz sinfónico, pasando por el paisaje idealizado de la América rural y culminando en el fulgor hispanista de la tradición rusa. Bajo la dirección de Gemma New, el programa adquirió una coherencia interna muy marcada: cada obra exploraba una forma distinta de fijar la memoria y de convocar presencias —reales, evocadas, soñadas— en la escucha.

Soñar que se sueña: el umbral sonoro de Carme Fernández Vidal 

La velada se abrió con el estreno absoluto de Se sueña que se está soñando, partitura de la compositora mallorquina Carme Fernández Vidal, un encargo de la Orquesta Nacional de España que reafirma su valiosa apuesta por dar voz a la creación española contemporánea. En tiempos en que los grandes escenarios suelen repetir repertorios consagrados, resulta especialmente significativo que la ONE reserve espacio a obras nuevas que amplían su identidad y su memoria sonora.

El título de la pieza remite a una idea de Eugenio Trías sobre la conciencia del acto de soñar: esa frontera en la que el pensamiento intuye que está soñando y, sin embargo, no despierta. Desde esa imagen liminal, Fernández Vidal construye una música que parece surgir entre la lucidez y el delirio. Su escritura, minuciosa y contenida, evita el gesto gratuito; cada sonido parece tener el peso simbólico de un signo, cada silencio, el valor de una respiración.

La obra avanza por contrastes que no rompen la continuidad interna: zonas de calma suspendida conviven con impulsos vehementes, texturas translúcidas con breves estallidos de energía. En su orquestación se perciben ecos de un Mediterráneo filtrado por la modernidad centroeuropea: la claridad tímbrica de Mompou o la densidad estructural de Gerhard, pero sin artificio ni doctrina. Todo responde a una idea de orfebrería sonora, de pulido paciente y exactitud emocional.

Gemma New abordó la partitura con una serenidad analítica, ordenando las transiciones con claridad y dejando que los silencios respiraran como parte activa del discurso. La Orquesta Nacional de España respondió con una atención exquisita al color y a las dinámicas, logrando que la materia sonora adquiriera una transparencia casi táctil.

El resultado fue un estreno de sutil intensidad: una obra que no busca deslumbrar, sino insinuar; que no explica, sino sugiere. La compositora, presente en la sala, fue aplaudida con justicia porque Se sueña que se está soñando dejó en el aire esa impresión de misterio que acompaña a las músicas verdaderamente personales, y confirmó que el presente creativo español puede —y debe— encontrar su espacio natural en los grandes programas sinfónicos.

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La música como amanecer: Copland y la esperanza de un pueblo 

La suite que Aaron Copland extrajo de su ballet Appalachian Spring se ha convertido en uno de los emblemas más perdurables de la identidad musical norteamericana. Nacida a la sombra de la Gran Depresión, esta partitura encarna la aspiración de un país que quiso reconocerse en valores de sencillez, dignidad y comunidad. Frente a la grandilocuencia sinfónica europea, Copland optó por un lenguaje de líneas abiertas, armonías diáfanas y melodías que parecen respirar el aire de las montañas.

La obra evoca, más que describe, un asentamiento rural en los inicios del siglo XIX. Cada una de sus escenas —la calma inicial, el despertar de la vida cotidiana, la danza nupcial y la cita final del himno Simple Gifts— proyecta un ideal de pureza espiritual y de esperanza colectiva. Esa melodía popular no actúa como mero folclorismo, sino como símbolo de una fe compartida en lo esencial.

Gemma New ofreció una lectura de notable equilibrio, delineando con precisión los planos sonoros y sosteniendo siempre la arquitectura interna. Las cuerdas respiraron con serenidad suspendida, las maderas emergieron con transparencia casi fotográfica y los metales aportaron una luz contenida, nunca heroica. La Orquesta Nacional de España respondió con cohesión ejemplar, especialmente en los vientos, donde la homogeneidad del color amplificó la atmósfera de quietud y amplitud que recorre toda la obra. 

Sin embargo, en una obra que invita a explorar los márgenes entre lo espiritual y lo humano, se echó de menos un punto más de riesgo interpretativo, un impulso que buscara “más música”, más respiración interior. Todo estuvo en su sitio, quizá demasiado. Faltó ese leve temblor que convierte la serenidad en emoción y la claridad en revelación. Aun así, la interpretación recordó que Appalachian Spring sigue siendo una música que transforma la sencillez en trascendencia y convierte la claridad en una forma de esperanza.

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Entre dos mundos: Gershwin y la modernidad

Estrenada hace un siglo en el célebre concierto An Experiment in Modern Music de Paul Whiteman, la Rhapsody in Blue de George Gershwin logró lo que su autor se propuso: integrar el lenguaje del jazz en la sala de conciertos sin diluir su pulso urbano. Más que un concierto al uso es una rapsodia de episodios contrastantes: del célebre glissando del clarinete al lirismo expansivo de sus secciones centrales, pasando por los ritmos sincopados y la coda jubilosa que funde al piano y la orquesta en un mismo gesto.

La entrada de Juan Floristán cambió el clima del Auditorio. La obra exige un pianista capaz de habitar dos universos —la libertad improvisatoria del jazz y la elocuencia formal del sinfonismo europeo—, y Floristán resolvió esa dualidad con naturalidad, sin imposturas. Su interpretación combinó precisión rítmica y lirismo espontáneo, un fraseo vivo que convirtió el teclado en narrador. Se podría decir que se movió entre ser un Herbie Hancock y Alexis Weissenberg. Había riesgo, atrevimiento y originalidad, y eso es siempre de agradecer, puesto que esta obra de alguna manera se presta a ello: buscar más allá de la partitura. Y así afrontó la obra donde en los pasajes más íntimos, su sonido se volvió flexible y humano; en los más vertiginosos, su ritmo interior mantuvo casi siempre la claridad, aunque en algunos momentos la pasión le llevó a cierta precipitación.

Gemma New acompañó con una dirección tan alerta como maleable, permitiendo que el solista respirara sin perder cohesión. Su control del color y del tempo sostuvo la arquitectura cambiante de la obra, cuidando los contrastes entre secciones líricas y episodios sincopados. La Orquesta Nacional de España, especialmente en clarinetes y metales, ofreció una respuesta vibrante y precisa, con un brillo controlado que evitó el exceso. Hubiera estado quizá de recibo por parte de ambos – orquesta y dirección - un tanto más de jazz, de baile, de swing, rompiendo cierta rigidez sinfónica; y acoplarse más al compromiso de Floristán de acercarse a la línea roja entre lo serio y lo popular, entre lo que hubiera sido el estreno del Aeolian Hall de Nueva York en 1924, y el Cotton Club frecuentado por figuras como Count Basie, Louis Armstrong o Ella Fitzgerald. Porque sin duda eso fue lo mejor de la propuesta del solista, el logro de saber circular por ambos mundos. 

Cien años después de su estreno, la Rhapsody in Blue sigue resonando como símbolo de una América que aprendió a reconocerse moderna y plural. En esta interpretación, ese espíritu de mestizaje volvió a cobrar sentido: un diálogo entre continentes, entre estilos, entre formas de entender la libertad. El final, radiante pero sin artificio, encendió la sala con la misma energía con la que Gershwin imaginó en aquellos felices años veinte: el sonido de una nueva era. 

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Rimski-Kórsakov: el color y su espejismo

Compuesto en 1887, el Capricho español de Nikolái Rimski-Kórsakov se alimenta de melodías populares recogidas por José Inzenga, que el compositor ruso reelaboró tras una breve estancia en Cádiz durante su juventud. Más que un retrato realista, la obra es la evocación idealizada de una España soñada desde San Petersburgo: un territorio mítico que combina exotismo, nostalgia y virtuosismo orquestal.

Sinceramente, de los cinco movimientos de la obra, quizá solo el cuarto, basado en un canto gitano y recogido por Inzenga en Cantos y Bailes populares de España, de 1878, podría evocar a lo español gracias a las cadencias y escalas andaluzas. Esta estructura en cinco movimientos encadenados —dos Alboradas que enmarcan un núcleo de variaciones, una Scena e canto gitano y un Fandango asturiano final— permite a Rimski desplegar su maestría en la orquestación. Cada sección es una exhibición de color y energía rítmica donde el timbre se convierte en protagonista tanto como la melodía: un auténtico escaparate de técnica y fantasía sonora. 

Gemma New abordó la partitura con claridad y control, cuidando los empastes y la transparencia del conjunto. Los metales brillaron sin estridencia, las cuerdas fueron ágiles en las danzas y las percusiones precisas en su articulación. Los solistas —especialmente en maderas y violines— ofrecieron intervenciones notables, bien dibujadas y elegantes. Todo estuvo, en efecto, en su sitio: equilibrado, medido, correcto.

Y quizá ahí residió también su límite. La interpretación, impecable en su factura, dejó entrever una cierta distancia emocional: faltó ese riesgo que convierte el color en emoción, la precisión en relato, el virtuosismo en discurso. El Capricho español brilló, y mucho, con pulcritud, pero sin el fulgor imprevisible que la música de Rimski-Kórsakov reclama cuando deja de ser mera pintura para volverse sueño. El concierto concluyó así con un final radiante, sí, pero más contemplativo que arrebatado: una página perfecta en forma, aunque escasa en magia.

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La ONE, entre la elegancia y la contención

La noche ofreció en definitiva un programa bien estructurado: la obra de encargo generó expectativa, Copland aportó paisaje, Gershwin energía y tránsito intercultural, y Rimski-Kórsakov cerró con esplendor. Gemma New demostró que maneja tanto el detalle como la vis vista panorámica de la orquesta; Juan Floristán entregó una lectura de Gershwin que combinó técnica y emoción auténtica. 

En términos de interpretación, la ONE respondió con cohesión notable: hubo unanimidad en el articulado, uniformidad en dinámicas y una sonoridad general de cuidado. Desde la platea, se pudo apreciar que la instrumentación fue aprovechada sin estridencias, y que los giros de color fueron manejados con sensibilidad. 

Este concierto confirma que la Orquesta está en sólido estado de forma, y que invitaciones como la de Gemma New —directora de clara proyección internacional- abren interesantes vías de programación. Sin duda, lo vivido en esta sesión “Sinfónico 04” será recordado por su brillantez, su pulso firme y su musicalidad franca.

Fotos: © Rafa Martín