Onegin_Paris_26_k.jpg© Guergana Damianova | OnP 

Clasicismo ruso

París. 26/01/2026. Palais Garnier. P. I. Chaikovski: Eugenio Oneguin. Boris Pinkhasovich (Eugenio Oneguin), Ruzan Mantashyan (Tatiana), Bogdan Volkov (Lenski), Marvic Monreal (Olga), Alexander Tsymbalyuk (Príncipe Gremin), Susan Graham (Madame Larina), Elena Zaremba (Filipievna), Peter Bronder (Monsieur Triquet), Amin Ahangaran (Zaretski). Orquesta y Coro de la Ópera de París. Ralph Fiennes, director de escena. Semyon Bychkov, dirección musical.

En las magníficas notas del programa de mano publicado por la Ópera de París con motivo del estreno de esta nueva producción de Eugène Oneguin, Ralph Fiennes cuenta que su obsesión por la obra de Pushkin se remonta a sus años de estudiante de arte dramático. Esa fascinación cristalizó en una película de 1999, dirigida por su hermana Martha en la que el actor interpretaba el personaje protagonista, y es también lo que le ha llevado a aceptar el reto de dirigir este montaje de la ópera de Chaikovski en el Palais Garnier. Su propuesta no apunta hacia lecturas psicoanalíticas ni simbólicas, sino que apuesta por una estética clásica y una narrativa convencional. El resultado es un espectáculo de corte clásico, pero bien hilvanado y orgánico, que a nivel visual va de más a menos. El primer actor, en el exterior de la finca de los Larin, se beneficia de un atractivo decorado, obra de Michel Levine, magníficamente iluminado por Alessandro Carletti, que se transforma con inteligencia en la alcoba en la que Tatiana escribe su famosa carta. En las escenas interiores, en cambio, la propuesta tiende a desembocar en un decorativismo un tanto vacuo y genérico.

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En lo que sí se percibe la mano del gran actor inglés es en la esmerada dirección de actores. Cada uno de los personajes está perfectamente perfilado y cada movimiento y cada gesto tienen un sentido, favoreciendo la labor de los actores y manteniendo permanentemente la tensión dramática. Ese trabajo redunda, obviamente, en el rendimiento de un reparto de campanillas sin fisura alguna. Incluso personajes secundarios como Filipievna y Madame Larina, interpretados maravillosamente por las veteranas Elena Zaremba y Susan Graham respectivamente -ambas en un notable estado vocal- adquirieron una dimensión y personalidad poco habitual. Todo ello le reportó a Fiennes, principal reclamo de esta producción, la gran ovación final de la noche, pero lo cierto es que donde estuvo la auténtica crema de este Oneguin fue en el apartado vocal y orquestal.

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El personaje titular fue encarnado por el barítono Boris Pinkhasovich, poco conocido por estos lares, pero que cuenta ya en su currículo con papeles protagónicos en teatros como La Scala, el Met o la Ópera de Viena entre muchos otros. No es sorprendente pues se trata de un intérprete de enorme clase, poseedor de un instrumento de bello color lírico que maneja con indudable maestría. La suya fue una lección de reguladores, matices y acentos expuestos con una elegancia belcantista sorprendente. En ningún momento buscó recursos de patetismo fácil o impostado, más bien todo lo contrario. Su concepción de Oneguin fue interiorizada, casando perfectamente con la visión de un Fiennes que pone el foco del drama en la fatalidad de unos hechos fortuitos más que en la personalidad oscura o atormentada del personaje. Él no es solo verdugo de Tatiana y Lenski, también es víctima de unos acontecimientos que se le escapan de las manos.

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El otro gran triunfador de la noche en el aspecto vocal fue el estupendo tenor ucraniano Bogdan Volkov. Estamos hablando, probablemente, de uno de los mejores tenores de su generación por capacidad técnica y recursos expresivos. La voz se caracteriza por sus texturas claras, pero se desenvuelve bien en el centro y de manera suficiente en el grave, pero su gran baza es un fraseo absolutamente cautivador. En su célebre aria desplegó una cantidad de matices y medias voces literalmente embriagadoras, con sfumature que en algunos momentos recordaban las del mítico Serguei Lemeshev. Un Lenski de altísimos vuelos que difícilmente tenga competencia hoy en día.

Al lado de estos dos fenómenos la soprano Ruzan Mantashian se vio obligada a dar lo mejor de sí misma. La cantante armenia ya dejó muestras de su talento en el explosivo recital que ofreció el pasado verano en la Schubertíada de Vilabertran, elogiado en estas mismas páginas. En esta ocasión volvió a demostrar que es una soprano con mucha personalidad, de timbre peculiarmente atractivo e incisivo fraseo, pero en algunos pasajes, especialmente los más apasionados, se echó en falta esa mayor expansión lírica de las grandes Tatiana de la historia. La sensación es que la voz de esta joven cantante aún tiene margen de crecimiento, pero la materia prima ahí está y es de primera calidad.

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Alexander Tsymbalyuk sentó cátedra en la gran aria del Príncipe Gremin con voz de bajo rotunda y emotiva línea de canto, mientras que Marvic Monreal y Peter Bronder fueron una Olga y un Monsieur Triquet de manual. Muy remarcable fue la homogeneidad estilística de todo el reparto, algo no demasiado habitual. Este fue un Oneguin, a nivel vocal, de una elegancia mozartiana, alejada de cualquier tendencia verista, algo que encaja a la perfección con la escritura del compositor ruso, por otro lado declarado admirador del salzburgués, y que potencia toda la belleza de esta gran partitura.

Algo tendrá que ver en todo ello la sabia dirección de Semyon Bychkov al frente de una excelente Orquesta de la Ópera de París. La lectura del director ruso, flamante nuevo titular de la casa, fue también en esa dirección de fluidez y elegancia, extrayendo una amplia paleta de colores del conjunto instrumental y concertando con absoluta precisión foso y escena, incluidas las numerosas y complejas escenas corales. Bychkov supo adaptar el sonido de un importante aparato orquestal a la acústica del Palais Garnier, tarea nada fácil y, si en algún momento los metales tuvieron más preponderancia de lo deseable, ello no fue obstáculo para firmar una función de estreno prácticamente redonda.

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Fotos: © Guergana Damianova | OnP