
Monumental
Salzburgo. 31/03/2026. Festival de Pascua. Grossestespielhaus. Mahler: Sinfonía no. 8. Filarmónica de Berlín. Coro de la Radio de Berlín. Coro Bach de Salzburgo. Salzburger Festspiele und Theater Kinderchor. Tölzer Knabenchor. Kirill Petrenko, dirección musical.
La Octava sinfonía de Gustav Mahler no se parece a ninguna otra de sus partituras. No ya por sus imponentes dimensiones, requieriendo una orquesta inmensa y un coro masivo; en realidad su singularidad es más bien de naturaleza estructural, al hacer pie en dos textos tan dispares como un himno latino y la escena final de la segunda parte de Fausto de Goethe. Es curioso, en este sentido, que Mahler nunca terminase por cuajar un proyecto operístico con todas las de la ley. Así las cosas, esta Octava -una suerte de cantata-, junto con la Segunda sinfonía y La canción de la tierra, son lo más cerca que podemos estar del registro lírico de este compositor. La Octava, además, supone un cambio abrupto en el estilo compositivo de Mahler, adentrándose en una abstracción casi metafísica que se plasmará de manera evidente en su inolvidable Novena sinfonía, lejos ya de los guiños constantes al folclore bohemio y a la música hebrea.

Tuve la ocasión escuchar ya la Octava de Mahler en manos de Kirill Petrenko, en mayo de 2019, en Vorarlberg, la región austríaca donde creció tras trasladarse allí sus padres desde su Rusia natal. Desde entonces -ha pasado un lustro- Petrenko ha asentado su titularidad al frente de la Filarmónica de Berlín, ampliando cada vez más su repetorio con ellos y haciendo de Mahler, precisamente, uno de sus autores de cabecera. En el caso de esta Octava en el Festival de Pascua de Salzburgo me ha impresionado particularmente la capacidad de Petrenko para hacer orgánica y coherente una partitura, lo confieso, con la que siempre he tenido una relación dispar. La Octava tiene, a mi parecer, una serie de altibajos y una inercia no siempre evidente, que pueden hacer su escucha un tanto indigesta, al menos que se cuente -como fue aquí el caso- con una batuta experimentada.

Petrenko acredita, desde luego, una gran experiencia en el manejo de grandes masas -nunca olvidaré Die Soldaten en Múnich bajo su batuta-, logrando que todo suene en su sitio, transparente y equilibrado, con un balance nítido de volúmenes y dinámicas. Al mismo tiempo el titular de los Berliner saber donde iluminar la partitura para que surja la magia, como fue el caso de la entrada de la Mater Gloriosa, un pasaje de una belleza estremecedora con las arpas sonando sobre una melodía de los violines en pianissimo; un momento extarordinario y subyugante, de esos que ponen la piel de gallina.
Pero Petrenko también sabe jugar la baza de la indudable espectacularidad que anida en una obra tan monumental, con semejante artefacto coral; en este sentido el final de la obra fue de esos que te dejan literalmente pegado al asiento, con una tensión interna y con una teatralidad absolutamente admirables, sin retazo alguno de artificio o banalidad. De igual manera fue realmente impresionante contemplar a Petrenko dirigiendo vuelto hacia al auditorio, tanto en las intervenciones de los metales situados en el piso superior como en la entrada de Liv Redpath en el Mater Gloriosa. Qué gesto, qué control, qué intensidad... Memorable.

Y qué decir de la Filarmónica de Berlín... Después de tantas crónicas glosando sus virtudes se le agotan a uno los adjetivos. Así, aún a riesgo de sonar redundante insistiré una vez más en la consistencia de su refinadísimo sonido y en la admirable precisión técnica de cada una de sus intervenciones. Pocas orquestas, apenas cuatro o cinco a lo sumo en todo el mundo, son capaces hoy en día de ofrecer un sonido así de reconocible, con textura, con color, con alma. Y se percibe ya, de una manera manifiesta, una conexión íntima y bien labrada entre los atriles de los Berliner y la batuta de Petrenko, de quien son verdaderamente una prolongación natural, conformando un todo. La Filarmónica de Berlín, por cierto, hacía década y media que no interpretaba esta partitura.

El cartel de esta interpretación se completaba con la participación del Coro de la Radio de Berlín y el Coro Bach de Salzburgo, amén del amplio coro de niños, aquí integrado por el Salzburger Festspiele und Theater Kinderchor y el Tölzer Knabenchor. Petrenko se afanó en regular una y otra vez los volúmenes de sus intervenciones para que cada una de las secciones corales tuviera el debido protagonismo, algo especialmente notorio en el coro de niños, que corrió el riesgo de verse sepultado por la marea sonora en un par de ocasiones.
Petrenko sabe siempre rodearse de elencos vocales de suma solvencia. Esta Octava de Mahler no fue una excepción, contando con voces ya experimentadas como las del tenor Benjamin Bruns -extraordinario en su intrincada parte-, la estupenda soprano Sarah Wegener -en reemplazo de la prevista Golda Schultz- y una inspiradísima Jacquelyn Wagner, junto a talentos emergentes como los de Fleur Barron -gran musicalidad-, Beth Taylor -un material muy interesante-, la citada Lev Redpath o las dos voces graves masculinas, ambas bien sonoras, con el baritono coreano Gihoon Kim y el bajo chino Le Bu.

Fotos: © Monika Rittershaus