
Paz, mujeres y música
LXIII Semana de Música Religiosa, de Cuenca 2026. 2 y 3/04/2025. Teatro Auditorio José Luis Perales y Espacio Torner.
Vespro de la Beata Vergine, de Claudio Monteverdi. I Gemelli. Dirección musical: Emiliano González Toro.
Recital de arpa de dos órdenes y voz. Obras de A. de Cabezón, L. Ruiz de Ribayaz, A. Mudarra, J. Del Encina, G. Frescobaldi, L. de Narváez y anónimas. Sara Águeda (arpa y voz).
Sant’Elena en el Calvario, de Marianne von Martínez. Jone Martínez (soprano, Elena), María Pujades (soprano, Eustazio), Marta Infante (mezzosoprano, Eudossa), José Pizarro (tenor, Macario), Elías Benito-Arranz (barítono, Draciliano), Orquesta y Coro de la SMR Cuenca. Dirección musical: Andoni Sierra.
Preámbulo
Viajar hasta Cuenca en jueves santo es un engorro. En las proximidades de Burgos, en las de Madrid y luego en Tarancón, al menos en estos tres lugares, ya sabes lo que vas a encontrar: filas interminables de coches parados, atascados entre los que van al Mediterráneo y el loco que va a vivir tres conciertos en La Mancha. Y uno llega cansado aunque al menos este año nos recibe un sol pleno, acompañado, eso sí, de un viento frío que te impide quitarte el abrigo.
La Semana de Música Religiosa de este año tiene como slogan principal Pax, Paz, en torno al cual se construye el programa; de ahí el título de la reseña. La paz, ansiada y hoy en día puesta en peligro, y con un protagonismo especial de las mujeres en distintas facetas. La SMR se construye con el protagonismo de un sexo al que históricamente se ha dejado de lado, con la excepción del interpretativo.
Cuenca es muy fotogénica. He repasado las fotos de los últimos años y siempre son las mismas: el casco histórico colgado de un precipicio y dueño de cuestas injustas para ciertas edades, la ribera del Huécar y las proximidades del auditorio. Cuenca se deja querer y fotografiar y por ello compensan los atascos. Además, las previsiones musicales son interesantes. Ya veremos cómo cerramos estas líneas dentro de dos días.
Concierto Monteverdi
Entre la mucha oferta propuesta por la Semana de Música Religiosa de Cuenca enseguida puse mis ojos y mi intención en el concierto del jueves santo; y es que poder escuchar a Claudio Monteverdi y sus Vespro de la Beata Vergine era una oportunidad a no desperdiciar. El compositor de L’Orfeo, la obra que es el simbólico portal del género de la ópera, es un grande de la música y, sobre todo, al menos para quien escribe estas líneas, de la música vocal. Y precisamente el esplendoroso nivel vocal del concierto fue la razón por la que, al final del mismo, solo podía alegrarme de haberme tragado los antes mencionados previsibles atascos en la carretera durante la misma mañana, solo con el objetivo de escuchar y vivir este concierto.
Los noventa minutos de esta obra está entre lo mejor de la época y más allá de la reacción que provoque en cada oyente, por aquello de cada sensibilidad y cada creencia, artísticamente Vespro de la Beata Vergine es una obra de obligada escucha para cualquier melómano, al menos una vez en la vida. I Gemelli era un atractivo más para la experiencia y lo cierto es que el nivel fue enorme. Pocas veces he sentido tal plenitud tras un concierto y es que tanto los doce cantantes –todos ellos sin mácula- como los catorce instrumentistas mantuvieron un nivel extraordinario.

Comenzando con los cantantes, liderados en lo musical y vocal por Emiliano González Toro, solo me queda reconocer la inusitada adecuación artística y la enorme capacidad de transmitir que lo que se nos ofrecía era el resultado de mucho trabajo, de ser dueños de una técnica irreprochable y de tener la capacidad de vivir la música por el placer de transmitirla al oyente. Los melismas monteverdianos se dibujaban en el aire del auditorio y uno solo podía asistir perplejo a la eficacia de cada uno de los cantantes y del conjunto. En varios de los números se jugó con el espacio, saliendo cantantes e instrumentistas fuera del escenario para crear sensaciones de distancia muy bien coordinadas. Lo más justo sería apuntar los doce nombres, lo que no deja de ser prolijo, pero permítaseme un ligero acto de injusticia al apuntar los del tenor Pierre Gennal, excelente en sus partes, así como el del bajo Julien Segol, de imponente presencia vocal. Y, sin embargo, la mejor voz, la más proyectada y rica en esmalte fue la del tenor y director ya mencionado, que asumió bastantes de las páginas solistas.
En cuanto al grupo orquestal –cuatro en la cuerda, tres flautas, tres sacabuches, tiorba, archilaúd, arpa y órgano- solo caben parabienes. Vuelvo a ser injusto por mencionar solamente a Marie Domitille Murez y el sonido hermoso de su arpa o al trío de sacabuches, de una afinación impecable porque lo cierto es que podríamos viajar de familia en familia orquestal sin que ninguno de ellos desmereciera un solo ápice.
Tras la larga hora y media el público, que había asistido con enorme y envidiable respeto al desarrollo de la obra, respondió con exuberante alegría, puesto en pie y con bravos sinceros y bien merecidos, que conste. En resumen, que nuestro primer concierto de la SMR2026 no pudo resultar más brillante.
Sara Águeda
A fuerza de ser sincero, me dirigí al espacio Torner, sito en un lateral del Parador Nacional de Cuenca, con muy relativo interés. A priori, las 12 del mediodía de un día frío pero soleado no era el más adecuado para escuchar un programa monográfico de arpa y voz; no, no parecía el mejor de los planes pero una vez más la música me puso en mi sitio. Y para decir toda la verdad, fueron la música y la inteligencia de un programa relativamente breve pero inteligente y muy bien construido, además de sutilmente interpretado por una artista. Una vez más me di cuenta del poder omnímodo de la música.
No llegó a llenarse el recinto y ellos se lo perdieron. Unas cien personas nos reunimos en torno a un arpa y tres campanas sitas bajo una escultura vanguardista de Gustavo Torner, que esperaban a la intérprete protagonista del concierto, Sara Águeda. Ella nos fue narrando una novelada biografía del bíblico rey David y complementando cada una de sus características (pastor, poeta, pecador, músico, rey, etcétera) por una obra del Renacimiento español, con la intromisión de Girolamo Frescobaldi, italiano del primer barroco. Un programa de unos cincuenta minutos de carácter pedagógico, ágil y coherente que discurrió con frescura y que nos permitió disfrutar de obras de compositores cimeros del momento: Antonio de Cabezón, Luis de Narváez, Alonso Mudarra o Juan del Encina junto a Lucas Ruiz de Ribayaz, para mí un desconocido. Otras obras eran anónimas, las que mostraron quizás un mayor tono popular que invitaban casi a acompañar cantando a la intérprete. Y es que Águeda canta, además, con intención y bonita voz y así lo hizo en cuatro o cinco ocasiones.
Ante el arpa, Águeda se nos aparece sonora, virtuosa y entregada, hasta que nos identifiquemos con un instrumento que, no nos engañemos, puede ser recurrentemente calificado de hermoso pero rara vez protagonista de un concierto. Cuando abordó el anónimo Dindirindin Águeda se acompañó de tres campanas afinadas en tres notas distintas, creando un ambiente realmente mágico. El concierto terminó con unas folías anónimas que nos mostraron la intérprete más virtuosa e íntima. Todo un éxito.
La respuesta del público fue muy sincera: bravos y aplausos por doquier, petición de bis –una canción sefardí- y menciones al ambiente bélico que algún loco ha despertado por distintas partes del mundo por su santa y cruel voluntad.
Sant’Elena al Calvario
Si había un plato fuerte en esta edición del SMR era el concierto principal de viernes santo y que tanto revuelo informativo ha provocado. Andoni Sierra ha estado en distintos medios de comunicación presentado el primer concierto de una obra que se escribió hace doscientos años y que ha permanecido ignorada hasta ahora, probablemente porque es el resultado de la inspiración y trabajo de una mujer: Marianne von Martinez (1744-1812).
Sant’Elena al Calvario es un oratorio de dos horas de duración estructurado en dos partes de 65 y 55 minutos respectivamente. La orquesta tiene una plantilla de veinticuatro instrumentistas: dieciséis en la cuerda, siete en el viento más el clave. El coro ha estado compuesto por veintisiete voces, a los que hay que añadir cinco solistas vocales: dos sopranos, mezzosoprano, tenor y barítono-bajo.

El oratorio tiene 34 números, de los cuales doce son arias, muy repartidas entre los solistas. Solo por poner un ejemplo, Elena, la teórica protagonista, solo tiene tres en solitario más un dúo con la mezzosoprano, de hecho el único dúo de la noche. Los recitativos son a la antiqua –acompañados por clave y violoncelo, como bajo continuo- y solo dos son acompagnato con orquesta. El coro tiene una participación más bien escasa, con solo tres números, entre ellos los dos conclusivos de cada parte.
Todas las arias tienen una estructura idéntica: texto en dos estrofas donde la primera permite cierta licencia a la compositora con oportunidades para la coloratura y un fraseo más florido y tras el pertinente interludio orquestal, la segunda, más austera con la excepción del final de cada una de ellas, donde la imaginación musical corre algo más. El aria siempre concluye con la repetición de la melodía principal de la misma. Es una obra de estructura muy académica, rígida, sin menoscabo de la inspiración musical de la compositora.

El quinteto vocal ha estado a gran altura porque, aunque ponemos algún pero, estilísticamente ha sido muy adecuado. Jone Martínez ha enseñado la voz más densa e intencionada, con una coloratura acertada y precisa. Martínez nunca decepciona y una vez más ha caminado por un repertorio arriesgado y del que saca máximo provecho. Hermosa su coloratura y accesos al agudo límpidos y sin mácula. También a gran nivel María Pujades, de voz más ligera pero con una facilidad para caminar por la tesitura aguda sin pérdida de volumen. El timbre de la mezzosoprano Marta Infante tiene un punto desconcertante pero hay que reconocerle volumen y unos graves nada despreciables, con un color casi de contralto.
El tenor José Pizarro es dueño de una voz ligera pero es muy difícil tener un estilo más adecuado y con una coloratura más adecuada. Elías Benito-Arranz es el propietario de la voz más grande del quinteto aunque el papel, que se mueve en esa frontera –en la época de la composición estas diferencias eran inexistentes- resbaladiza entre barítono y bajo, es más grave que otra cosa y el barítono mostró solo cierta aproximación al estilo del primer clasicismo.
Andoni Sierra dirigió con mimo un concierto del que era muy consciente que era trascendente. La SMR se ha apuntado un tanto de enorme prestigio a nivel mundial y solo cabe esperar que este oratorio, que no es la obra más redonda del universo clásico, tenga cierto recorrido aunque solo sea por el desagravio que se le debe a la compositora y a su género.
Conclusión
Una nueva edición de la Semana de Música Religiosa, de Cuenca y una nueva oportunidad aprovechada para ofrecer algo distinto. Cualquier visita a la ciudad obliga a disfrutar de un ambiente dinámico, calles muy pobladas y procesiones que ocupan la ciudad de forma constante. Y en un extremo de la misma, un auditorio que se rodea de silencio entre el bullicio popular para vivir conciertos de mucho interés. Sorprendentemente, el nivel de ocupación del auditorio es bueno sin llegar a ser sobresaliente. Los dos brazos que rodean el escenario han estado prácticamente vacios y desconozco que ello ocurre porque no se ponen a la venta o porque no hay el suficiente interés. En cualquier caso, como siempre, visitar la ciudad y vivir el festival ha sido un placer.