© Rafa Martin
No el impacto, sino la huella
El Auditorio Nacional de Música acogió el recital de Martín García García dentro del ciclo extraordinario de Ibermúsica con un programa que, sobre el papel, planteaba un arco ambicioso: del refinamiento introspectivo de F. Chopin (1810-1849) a la expansión visionaria de F. Liszt (1811 -1886) Dos universos que comparten exigencia técnica, pero que reclaman naturalezas expresivas radicalmente distintas.
Interpretar a Chopin es entrar en un territorio donde la técnica no es más que el ticket de entrada. La dificultad real no reside en acertar las notas, sino en todo aquello que ocurre entre ellas: el peso del silencio, la respiración del rubato, la elegancia del gesto contenido. Decía el gran Ricardo Requejo que la “única” similitud entre ambos compositores era que los dos empezaba su nombre con la letra “F”, puesto que, frente al atletismo expansivo de Liszt, Chopin exige una aristocracia del detalle, una pasión que nunca se desborda. En este terreno, García García mostró luces y sombras.
La Balada nº 2 en Fa mayor, op. 38 se presentó con una línea melódica excesivamente plana. El 6/8, más que decantar desde la danza implícita que propone Chopin, quedó privado de la agógica necesaria para que el pulso respirara con naturalidad. Tras la explosión central, el tormento que debería emerger con claridad emocional se mostró difuso. Con todo, el contrapunto de la sección intermedia fue expuesto con limpieza, y la transición hacia la coda final se articuló con coherencia estructural, aunque sin lograr un desembarco verdaderamente fiero y sensible en el desenlace.
En el Scherzo nº 4, en Mi mayor, op. 54, técnicamente resuelto con una digitación sorprendentemente fácil, surgió una pregunta inevitable: ¿hacia dónde quería llevarnos el intérprete más allá de la partitura? Hubo carácter, proporción y un uso inteligente del pedal izquierdo en busca de color y textura, especialmente en las secciones más cantables. Sin embargo, el discurso no terminó de atravesar al oyente. Chopin detestaba la exageración; su música, elegante y rigurosa, exige una pasión contenida, casi bachiana en su arquitectura interna. Aquí, pese a encontrar serenidad al final, falló la idea discursiva: hubo brillantez efectista, pero no verdaderamente efectiva.
El Scherzo nº 3 en Do sostenido menor, op. 39, planteó otro desequilibrio. Chopin no es Liszt, y las dos fuerzas en pugna que habitan esta obra deben equilibrarse sonoramente. La técnica, sin duda, estaba ahí. Pero una respiración más lógica en el rubato habría permitido comprender mejor la disposición de los motivos. Por momentos, el canto vocal del propio pianista parecía buscar una referencia gouldiana —pero no era Glenn Gould—, y la premura, la excesiva prisa, terminó por erosionar la claridad del discurso.
Las tres Mazurkas op. 63 ofrecieron, quizá, el tramo más convincente del Chopin presentado. La primera, en Si mayor, fue elegantemente cantada, con una propuesta sincera, aunque el contrapunto habría agradecido mayor sensualidad, un dolor más expuesto, más descarnado. La segunda, en Fa menor, logró con acierto el carácter pizpireto, con un buen juego de intercambio melódico entre ambas manos. Y en la tercera, en Do sostenido menor, por fin, apareció un verdadero dolor cantabile: canto claro, musical, una belleza más honda y natural de la que se había escuchado hasta entonces.
Para finalizar esta primera parte del programa, en la Balada nº 4 en Fa menor, op. 52, buscó su inicio en la belleza sonora del pianismo chopiniano y, al menos, logró establecer una dirección clara del discurso. La línea melódica fue seria, austera, sobria. ¿Faltó romanticismo? Probablemente. Pero hubo un valor indiscutible en ese respirar contenido, en esa voluntad de contar y cantar sin adornos. García García optó aquí por una turbulencia más agónica y sonora que contemplativa. La preparación de la coda —interrumpida por aplausos indebidos— reveló una lectura que priorizaba la claridad de los motivos sobre la tormenta emocional, una elección legítima, aunque no plenamente conmovedora.

Tras el intermedio, Liszt ofreció un terreno donde el pianista pareció moverse con mayor naturalidad expresiva. La celda de Nonnenwerth fue presentada con un sonido esmerado y bello, una agógica más concentrada y un fraseo lógico. García García se sintió cómodo en esta música: la dijo y la transmitió con mayor acierto. La textura fue clara, la exposición buscó hacerse entender, respetó e inspiró, conduciendo al oyente por el relato implícito de la obra. El final, delicadísimo, cerró con una sensación de verdadero recogimiento.
En “San Francisco de Paula caminando sobre las olas,” la segunda de las dos leyendas de Liszt, conviene recordar que el santo camina, no corre, sobre ellas. El tema de San Francisco es noble, lento y coral. El reto es tocar ese coral con una calma absoluta mientras el resto de la mano ejecuta pirotecnia técnica a toda velocidad. Es una disociación mental y física extrema. Se trata de una de las obras más difíciles de pedalear. Si se usa mucho pedal, la tormenta se convierte en ruido; si por el contrario se usa poco, se pierde el efecto orquestal. Es preciso un "medio pedal" muy refinado para mantener la resonancia del bajo sin ensuciar la melodía. El intérprete mantuvo con solvencia la exposición del tema principal, con la mano izquierda desarrollando la turbulencia narrativa. Se explayó, sin pudor, en su capacidad técnica, y aun con un tempo exigente logró sostener la tensión. Sin embargo, hubo más percusión que grandeza en el sonido: un legato cuidado, sí, pero una sonoridad más rotunda que profunda.
La Sonata en si menor cerró inicialmente la velada. Estamos hablando no solo de una obra para piano sino de un "Everest" del repertorio romántico. La dificultad interpretativa no se encuentra sólo en la posibilidad de desentrañar las dificultades técnicas, sino en la narrativa. Aquí es donde muchos intérpretes equivocan la mirada. La sonata es un prácticamente un "poema sinfónico" para piano que utiliza la técnica de la transformación temática. El reto es que el espectador no sienta que son piezas sueltas sino un solo arco dramático. Es preciso pasar de lo demoníaco y violento (Allegro energico) a lo celestial y lírico (Andante sostenuto) en cuestión de segundos. Es, en definitiva, una lucha entre Fausto, Margarita y Mefistófeles. Capturar esa ambigüedad moral y emocional requiere una sensibilidad artística muy elevada, que no siempre se encontró esta noche a lo largo de la interpretación de la obra.
El tema inicial se expuso con austeridad, serenidad notable y un refinado uso del pedal derecho. La tempestad llegó sin perder claridad, aunque los forte resultaron en ocasiones excesivamente fieros. Cuando emergen las “campanas” en la mano izquierda, el pianista logró cantar esa esencia lisztiana tan difícil de sostener. Aun así, hubo más brillo que grandeza, más efectismo que esa mirada lejana al horizonte trágico que plantea Liszt. La sección lenta en Fa sostenido mayor apareció con belleza sonora, casi demoníaca en su lirismo, pero el fraseo no llegó a cortar la respiración ni a conmover profundamente. No faltó lógica en la propuesta, aunque los contrastes entre forte y piano resultaron agrestes, escarpados. Excelente la transición hacia la fuga, con un inicio certero y un contrapunto claro, bien sostenido por el uso combinado de ambos pedales. La lectura final fue contenida, buscando desembarcar en la declamación última con claridad cristalina. Hubo fogosidad, sí, pero más discurso que oratoria, más razón que psique. Y, aun así, un intento honesto, pero fútil, de entroncar contemplación y tragedia.

El público respondió con atención y reconocimiento, lo que llevó al intérprete a obsequiarnos con cuatro encores de alto nivel interpretativo. La primera de las piezas, un estupendo estudio de Scriabin, op. nº 4, en Si mayor, fue declamado con rigor y sensibilidad, seguido del famoso nº 12, en re sostenido menor, del mismo opus, conocido como “Patético”, en una interpretación quizá en exceso contenida. Prosiguió con el Preludio nº 17 en La bemol de los 28 preludios de Chopin, para finalizar con una magnifica propuesta del, por desgracia poco interpretado, Vals op. 38 en La bemol mayor de Scriabin, que fue abordado con pulcritud, sentido y aún mejor fraseo y sonido.
El recital dejó la impresión de un pianista con recursos formidables, visión estructural y una personalidad en construcción. Posiblemente el siguiente paso no sea tocar más, sino decir más con menos. En Chopin, sobre todo, esa es la verdadera frontera. Quizá ahí resida la clave de la velada: en la constatación de que el virtuosismo ya no es el destino, sino el punto de partida. Martín García García posee la herramienta, el oficio y la inteligencia musical necesarios para habitar estos repertorios mayores. Lo que queda por conquistar no es la dificultad, sino el silencio que la rodea; no el impacto, sino la huella. Chopin y Liszt no piden ser deslumbrados, sino comprendidos. Y cuando eso ocurre —aunque sea de manera intermitente— la música deja de avanzar hacia delante para empezar a calar hacia dentro. Esa noche, en el Auditorio Nacional, se intuyó ese umbral. Cruzarlo del todo será cuestión de tiempo, escucha y riesgo interior.
Fotos: © Rafa Martín