Sublimar el costumbrismo

Madrid. 15/04/2026. Teatro Real. Smetana: La novia vendida. Svetlana Aksenova (Marenka). Pavel Cernoch (Jeník). Günther Groissböck (Kecal). Mikeldi Atxalandabaso (Vasek). Toni Marsol (Micha). María Rey-Joly (Ludmila). Manel Esteve (Krusina). Rocío Pérez (Esmeralda). Ihor Voievodin (Indio). Jaroslav Brezina (Comediante principal). Laurent Pelly, dirección de escena. Gustavo Gimeno, dirección musical.

Hace poco más de un siglo, en marzo de 1924, el Teatro Real acogió las primeras representaciones de La novia vendida de Smetana. Desde entonces la obra había estado ausente en Madrid a excepción de un par de representaciones en el Teatro de la Zarzuela, en el año 1973. En su primera temporada como director musical titular del coliseo madrileño, Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) ha puesto en valor una partitura que amalgama las raíces bohemias de su autor con las influencias de un romanticismo musical en boga. 

Ópera fundacional del nacionalismo musical checo, la partitura de Smetana fue estrenada en 1866  y su historia escénica está ligada a una idea generalmente costumbrista, como si la obra fuese poco más que un cuento con final feliz, adornado por los ribetes del folclore checo. Estas funciones en el Teatro Real contribuyen, sin duda alguna, a elevar el tono de una partitura muy valiosa y que bien merece ser redescubierta.

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Haciendo gala de una comicidad limpia y clásica, Laurent Pelly (París, 1962) -protagonista de nuestra última edición impresa- lidera una producción de indudable ingenio, elegancia y plasticidad. Todo funciona en manifiesta conexión con el foso, con diversos números coreografiados y con una dirección de actores minuciosa y esmerada. 

Lo cierto es que hay en la producción de Pelly un aire de familiaridad con otros trabajos suyos anteriores. Vemos así nuevamente un recurso a la cartografía como en La fille du régiment, vemos una casa sacada directamente de la escenografía de Los maestros cantores… Y eso mismo sucede con unos figurines, sobre todo en el caso del coro, que llevan el sello indudable del director francés. No en vano el Teatro Real ha explicado que la propuesta se ha llevado a término reciclando y reutilizando algunos elementos escenográficos de producciones previas.  

Hay, no obstante, un aire naíf bañanado toda la representación, a la que se le podría haber sacado seguramente un poco más de partido incidiendo en el lado oscuro de una historia que remite a un tema, el arreglo de matrimonios por dinero, de penosa actualidad en algunas sociedades actuales. Pelly evita por completo la lectura social y prefiere contribuir a generar un espectáculo liviano, muy bien hilado, dirigido con buen pulso, pero con poco poso.

La puesta en escena se beneficia de la excelente la iluminación de Url Schönebaum, que sabe sacar partido a una escenografía casi ausente, con la firma de Caroline Ginet.

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Nuevamente el gran triunfador de la noche fue el maestro valenciano Gustavo Gimeno, aclamado por su labor al frente de la orquesta titular del teatro madrileño, como ya sucediera hace unos meses con el programa doble consagrado a Bartók.  

Si bien la Sinfónica de Madrid no tiene -ni en cuerdas ni en maderas- el color bohemio que pide la obra, es encomiable el esfuerzo por insuflar a la partitura un aire de grandeza sinfónica que aleja cualquier tentación de una burda caricatura folclórica. Las danzas sinfónicas que cuajan la partitura y las subyugantes melodías que Smetana perfila encontraron en la batuta de Gimeno un aliado indudable. 

El director español llevó la función con pulso y tensión teatral ya desde la misma obertura, sostenida a un ritmo vertiginoso. Hubo instantes realmente brillantes y gozosos en una lectura musical que se intuía trabajada con ahínco. Los pasajes de mayor lirismo, ya en la segunda mitad de la función, fueron sin duda aquellos donde orquesta y batuta dieron lo mejor de sí, con un fraseo sentido y genuino.

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Mención aparte merce el coro titular del Teatro Real, debidamente preparado por José Luis Basso para unas funciones en las que se les exige un gran esfuerzo: idiomático, vocal y escénico. El conjunto coral estuvo a la altura del reto, cosechando de hecho los mayores aplausos de la velada. 

El rol protagonista estaba encomendado a la soprano Svetlana Aksenova, ya presente en el Real en las representaciones de El zar saltán. De emisión algo dura e inestable durante la primera mitad de la función, la soprano rusa se resarció no obstante con su intervención solista, encontrando ahí sí un tono expresivo y melancólico. 

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Pavel Černoch fue un solvente Jeník, aunuqe seguramente este rol se podría haber defendido con una voz de mayor empaque lírico. Sorprendió la vis cómica de Günther Groissbock en el rol del casamentero Kecal. Y genial el Vašek de Mikeldi Atxalandabaso, protagonizando algunos de los momentos más risibles de la velada. 

El resto del elenco estaba integrado por un equipo de comprimarios de indudable solvencia, incluyendo a Manel Esteve (Krušina), María Rey-Joly (Ludmila), Monica Bacelli (Háta), Rocío Pérez (Esmeralada), Toni Marsol (Micha) e Ihor Voievodin (Indio). Mención aparte también para Jaroslav Březina, como comediante principal, liderando una compañía circense de gran comicidad.

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Fotos: © Javier del Real