© David Ruano
De lo exótico a lo político
Barcelona. 13/04/2026. Gran Teatre del Liceu. Nijinsky. Ballet by John Neumeier. Alexandr Trusch (Nijinsky), Anna Laudere (Romola Nijinska), Ida Stempelmann (Bronislava Nijinska), Francesco Cortese (Stanislav Nijinski), Edvin Revazov (Serge Diaghilev), Charlote Larzelere (Eleonora Bereda), Matias Oberlin (Thomas Nijinsky), Xue Lin (La Bailarina), Evan L’Hirondelle (El nuevo Bailarín/Joven Nijinski en “Jeux). Alter ego Nijinski: Louis Musin (Arlequín en el Carnaval/Espíritu en “Spectre de la rosa”), Artem Prokopchuk (Esclavo de oro en “Scherezade”/Fauno en “L’Après-midi d’un faune”), Javier Monreal (Petrushka), etc. Dir. y Coreografía: John Neumeier. Escenografía y vestuario: John Neumeier, basados en esbozos de Léon Bakst y Alexander Benois. Producción Hambuerg Ballet. Orquesta del Gran Teatre del Liceu. Jonathan Nott, dirección musical.
Prometedor debut al podio frente a la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu de Jonathan Nott, en una estimulante función de danza con el espectáculo Nijinsky by John Neumeier.
Vaya por delante que esta crítica se basa en la dirección musical de Nott. El firmante no es ningún especialista en danza y las circunstancias del propio teatro a la hora de escoger, anunciar y programar el debut del nuevo director musical del Liceu, relevo de los largos años con Josep Pons como director titular al foso del teatro, han ocasionado que esta sea la ocasión en que Nott dirija por primera vez a la Orquesta del Liceu.
Elprograma incluyó el Preludio número 20 de Chopin al piano, el Faschingsschwank aus Wien op. 26, 1. Fantasiebild de Schumann y la Sonata para violín y piano opus 147, 3, de Dimitri Shostakovich, con la interpretación de músicos cuyo nombre no consta en el programa de mano y tampoco incluidos en el código QR del mismo. Cosa bastante sorprendente.
Jonathan Nott dirigió los movimientos 1º, 3º y 4º del poema sinfónico Scheherezade de Rimsky-Korsakov, en una primera parte del espectáculo con un alarde de imaginación, colorido y sensualidad idóneos para una pieza que desborda melodismo y exotismo ruso.
La comunicación del la Orquesta del Liceu y el director británico sorprendió por la facilidad del sonido, el idiomatismo de la pieza rusa, archiconocida por su cromatismo y hermosura sinfónica, sonó fresco, elegante y juguetón. La brillantez de los instrumentos solistas de vientos y maderas, flauta, clarinete, oboe o fagot, enzarzados en los vistosos arabescos de la orquestación, la belleza del sonido del concertino en su solo y una interpretación fresca y melosa de gran homogeneidad de todas las secciones, hicieron de esta primera parte un festín sinfónico.
El gesto de Nott, expresivo, atento a todas las secciones y con miradas concretas, supo aderezar el orientalismo de la obra con un juego de dinámicas mórbido y con un uso del tempi teatral y de gran efectividad con glissandi e intenciones rítmicas que fueron perfectas para la danza recreada en el escenario.

La segunda parte fue toda coreografiada sobre la intensa Sinfonía número 11 de Dimitri Shostakovich. Un cambio de estética y sentido que contrastó de manera escalofriante con la fiesta orientalista de la primera parte.
Una sinfonía programática en la que Shostakocich quiso rememorar el Domingo Rojo o Domingo Sangriento de 1905, en las que las tropas del Zar dispararon indiscriminadamente sobre la población rural que se manifestaba pacíficamente frente al Palacio de Invierno de San Petesburgo.
El cambio de sentido expresivo y el uso de la sinfonía para dibujar, casi cinematográficamente una escena como fresco histórico, exigen de la orquesta un uso de la melodía que escapa de lo ornamental para ser incisiva y sustancial.
Aquí la lectura del maestro británico y la respuesta de la orquesta cambio de color y la flexibilidad tornasolada de la que hicieron gala con Rimsky-Korsakov, se tornó reflexión y temor expresivo siguiendo el carácter político de una obra donde memoria histórica y ejecución instrumental se tornan uno.

Nott administró con ejemplar control las sordinas iniciales del primer movimiento que anticipa los cantos populares, sin ningún atisbo de concesión lacrimógena, con unas cuerdas de sonido pastoso y potente, y esos ataques de metales que prefiguran con incisión el aplastante poder jerárquico de una sociedad en plena ruptura revolucionaria.
La sección de percusión y los solos de trompeta incidieron en el estallido de la represión del segundo movimiento, donde Nott ejecutó el ritmo siempre característico y afilado de la pluma de Shostakovich con un sabio uso del control dramático. Aquí destacaron la generosidad de las cuerdas graves y unos timbales que impusieron rotundidad y precisión.
Los grandes contrastes que siempre exige el compositor, entre quietud, temor y misterio, y el estallido de los tutti, tuvieron su gran efecto gracias a los contrastes y una flexibilidad del sonido de la orquesta que ya es marca de la casa. Este fue el resumen perfecto de los dos últimos movimientos.
En definitiva, un debut ilusionante, donde el entendimiento musical de orquesta y director se tornó en una danza, floclórica y vistosa en la primera parte, tensionada y sugerente en la segunda, donde las intenciones y los logros apuntan a un futuro más que prometedor.
En el escenario destacar el trabajo magnífico del solista Alexandr Trusch como Nijisnki, por entrega, elegancia y precisión técnica de gran expresión artística. También destacaron, Louis Musin en su solos como Arlequín del Carnaval y el espíritu del Spectre de la rose, y la sensualidad corporal y efusiva de Artem Prokopchuck como Esclavo de oro en Scheherazade y sobretodo como Fauno en l’”Apres-midi d’un faune”.
Una coreografía inteligente y psicológica de John Neumeier que merece ser vista servida en una visual y estética producción del Ballet de Hamburgo.
