© T+T Fotografie / Toni Suter + Tanja Dorendorf
La belleza de la madurez
Zúrich (28/04/2026) Opernhaus. Strauss. Arabella. Diana Damrau (Arabella), Michael Volle (Mandryka), Pavol Breslik (Matteo), Anett Fritsch (Zdenka). Coro y Orquesta de Ópera de Zúrich. Robert Carsen, dirección de Escena.Markus Poschner, dirección musical.
Uno de los mayores placeres del aficionado de ópera es oír a un gran cantante en la madurez de su voz y de su arte. Es verdad que también se disfruta con la briosa emisión y fuerza de la juventud canora, el descubrimiento de un gran artista, verle evolucionar y como va ganando terreno dentro de su tesitura. Pero cuando se escucha una voz en plena madurez, cuando la seguridad de emisión es palpable; cuando un papel se adapta como un guante a su carácter y su experiencia en el escenario; cuando toma un nuevo rol como suyo y se demuestra que le puede dar todo el sentido y la belleza que el compositor creó para ese papel, entonces se disfruta plenamente de un cantante de ópera. O de una cantante, como es el caso con la Arabella que ha debutado este abril Diana Damrau en la Ópera de Zúrich. La profesionalidad y la entrega de esta soprano siempre ha estado ahí, pero su Arabella supone un paso más. Richard Strauss volvió a demostrar en su última colaboración con el gran Hugo von Hofmannsthal, que ha sido, junto a Puccini pero en un sentido bastante distinto, el compositor que más ha profundizado en el alma de la mujer desde los cánones operísticos. Damrau supo entender perfectamente al personaje, además de estar espléndida vocalmente, como demostró en el bellísimo final del primer acto con Mein Elemer! También destacó esa delicia que es el dúo entre Arabella y su hermana Zdenka Aber der Richtige wenn’s einen, seguramente el pasaje más conocido de la obra.
Otro gran cantante, Michael Volle, le dio la réplica a Damrau. El barítono alemán está siendo en estos años el Wotan de referencia en cualquier Anillo del Nibelungo que se programe en un gran teatro. Por eso es un placer siempre escucharlo en otros papeles como este del arisco y montaraz Mandryka, al que amansa con amor Arabella. A Volle se le notó ciento cansancio al comienzo de la obra, quizá más físico que vocal, pero poco a poco fue afianzándose hasta mostrar todas esas cualidades que le hacen una referencia en la ópera alemana. Su bello timbre y su potente emisión tuvieron ocasión de lucirse en varios momentos como en dúo Der Richtige so hab’ ich still zur mir gesagt. Más irregular estuvo Anett Fritsch como Zdenka, la hermana de Arabella. Demostró un buen trabajo escénico pero en la zona aguda se vio más insegura, aunque en el resto de momentos estuvo a la altura que se exige a este rol. Muy bien el Matteo de Pavol Breslik, un tenor eslovaco que frecuenta los teatros centroeuropeos y cuya voz y expresión le van como anillo al dedo a su personaje. Impecable Yewon Han como Flakermilli (reina del baile de los cocheros) un papel de esos que te preguntas siempre si encajan en una ópera como Arabella. Pero la estupenda soprano soubrette estuvo muy resolutiva frente a las endiabladas coloraturas de su rol. Muy correcto el resto del reparto.

Strauss siempre será Strauss. Hace unos días publiqué una crítica sobre su Salome, la primera de sus óperas que ha pasado a la historia de la ópera. Muchos piensan que después de Salome y Elektra, con la excepción de La mujer sin sombra, Strauss se aburguesó, que su música se hizo “más fácil” a partir de El caballero de la rosa. Cuando vuelves a oír Arabella te das cuenta de cuánto hay en su partitura de sus primeras obras. Simplemente cambió su manera de enfocar los temas pero siempre sin perder ese sello tan personal, esas sonoridades tan propias, esos aires entre vanguardistas y clásicos que son solo suyos. Markus Poschner supo, como buen kapellmeister, interpretar el fondo de esta música, y fielmente y con el virtuosismo que la caracteriza le siguió la Orquesta de la Ópera de Zúrich.
La Ópera de Zúrich estrenó esta producción, que firma Robert Carsen, en 2020, a las puertas de las restricciones que se impusieron en el mundo a raíz de la pandemia del Coronavirus. El gran director americano nos presenta un solo espacio que representa el patio del hotel donde vive la familia de Arabella. El cambio más llamativo es que traslada la acción a la época hitleriana. Es destacable la iluminación y el vestuario, pero la historia que se cuenta se mantiene en pie por el buen hacer de los cantantes, porque el director mueve constantemente a los mismos, muchas veces, a mi parecer, sin mucho sentido, creando cierto caos con coro y figurantes. Tampoco llega a convencer la coreografía creada para interpretarse en el preludio del tercer acto, una parodia del nazismo que realmente resulta bastante insulsa. Como siempre, Carsen no desvirtúa el libreto, pero tampoco brilla como tantas veces lo ha hecho.

Fotos: © T+T Fotografie / Toni Suter + Tanja Dorendorf