© Markenfotografie / Jörg Simanowski
Giro de guión
Madrid. 20/05/2026. Auditorio Nacional de Música de Madrid. Ciclo Ibermúsica. Obras de Wagner, Saint-Saëns y Debussy. Sächsische Staatskapelle Dresden. Director, Daniele Gatti.
No debería existir duda alguna sobre la capacidad de algunas orquestas para interpretar extraordinariamente la obra de determinados autores. Este es el caso de la Sächsische Staatskapelle Dresden y Wagner, una relación que tiene casi dos siglos de vida y que comenzó con el propio compositor dirigiéndola. Si además a esto le sumamos a una batuta como Daniele Gatti, que ha demostrado excelencia en este repertorio —recordemos su icónico Parsifal del Met de hace más de una década—, el éxito debería estar asegurado. Pero la magia de la interpretación en directo es, en gran parte, que no se puede dar nada por descontado.
El programa que nos trajo Ibermúsica con este equipo de reconocido renombre parece una confrontación entre lo alemán y lo francés, una reflexión sobre lo que supuso la música de Wagner que sacudió a Europa como un terremoto, y de su influencia o reacción en Francia. Pues curiosamente, los de Dresde ofrecieron una interpretación mucho más redonda del repertorio galo que del germánico.
El Parsifal inicial, aunque impecablemente ejecutado, resultó algo falto de intensidad dramática y, lo que es más chocante, de espiritualidad. El preludio del tercer acto se ejecutó de una manera comedida, casi tímida, con cierta ausencia de tensión subyacente. Los clímax fueron brillantes y espectaculares, pura luminosidad y potencia, pero se resintieron de una falta de preparación narrativa: parecieron surgir de la nada en lugar de formar parte de un relato coherente. Algo similar ocurrió con la pieza que cerró la noche, el preludio y la Muerte de amor de Tristán e Isolda. El preludio comenzó de una manera severa, con tiempos dilatados, recreándose en los silencios y con unos ritardandi muy evidentes. Los fraseos tendieron a apoyarse fuertemente en los ritmos, lo que dio a la interpretación un curioso aire de himno. Así, la pieza pareció encarnar más el espíritu del tercer acto que el del primero, más un lamento herido que un anhelo amoroso. El Liebestod fue ejecutado de una manera primorosa, con un hermoso pero recogido lirismo, algo que también choca con lo que se supone que es un momento de éxtasis in crescendo. En definitiva, fue un Wagner que resultó algo corto en expresión, y no hablamos aquí de decibelios, sino de tensión y dramatismo.

En el repertorio francés, sin embargo, los de Dresde ofrecieron un espectáculo soberbio. En el Concierto para violonchelo n.º 1 de Saint-Saëns, el violonchelista Gautier Capuçon nos dio una lección magistral de versatilidad, expresividad y camaradería. La interpretación de sus tres movimientos fundidos en uno nos sumergió en un viaje de contrastes bien hilados. A un intérprete de su categoría se le supone el virtuosismo que demostró, pero lo mejor fue una interpretación que pareció salir directamente del alma. El arco atacaba las cuerdas con algo parecido a un microfraseo, sutiles dinámicas estudiadas al detalle y notas que recordaban inflexiones vocales. El minueto fue una exhibición de filigranas y delicadezas bailables, con unos staccati que jugaban a esconderse. Muy notable.
También destacó la integración con la orquesta, en la que el solista apareció como un auténtico primus inter pares. En ningún momento la formación ahogó el sonido de Capuçon, y él tampoco cayó en exhibiciones banales. Esta compenetración continuó aún más en la deliciosa propina que nos ofrecieron. La sección entera de chelos acompañó al primer violonchelo y al solista en una adaptación del Dúo de las flores de Lakmé. Fue una pequeña joya, una pieza de encuentro en la que las cuerdas, a través de sus voces y miradas, se entrelazaban en una complicidad que destilaba respeto y afinidad.
La otra gran ejecución de la noche fue La Mer de Claude Debussy. Un deleite pictórico que invitaba a la imaginación, pero que, sobre todo, sirvió para la exhibición del dominio de los colores y la riqueza tímbrica de la formación. Cabe destacar la sección de vientos, tanto maderas como metales en la creación de una atmósfera majestuosa que presidió los tres movimientos. Capturando certeramente el espíritu del impresionismo, las pinceladas sonoras de instrumentos cobraron sentido individualmente, pero contribuyeron también a un relato coherente en su conjunto.
En definitiva, esta fue una noche satisfactoria, con algún giro en el guion esperado. Y es que Alemania jugaba en casa, pero perdió dos a cero frente a Francia.

Fotos: © Markenfotografie / Jörg Simanowski