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Elektra Munich

Lo inexorable

Múnich. 17/02/2017. Bayerische Staatsoper. Strauss: Elektra. Nina Stemme (Elektra), Ricarda Merbeth (Chrysothemis), Doris Soffel (Klytämnestra), Ulrich Reß (Aegisth), Johan Reuter (Orest) y otros. Dir. de escena: Herbert Wernicke. Dir. musical: Simone Young.

Una representación de Elektra funciona cuando transmite un aliento inexorable, cuando traslada una suerte de pulsión liberadora que se desencadena sin freno. Toda la representación se convierte entonces en un ritual que conjura el destino infausto de la protagonista y su estirpe. Todo ello cuajó, por fortuna, en esta reposición muniquesa de la producción de Herbert Wernicke estrenada en 1997 y que camina ya hacia su liquidación.

El principal atractivo de estas funciones venía dado por la voz protagonista de Nina Stemme. Si inexorable es la partitura de Strauss que nos ocupa, no lo es menos el paso del tiempo y la voz de Stemme acusa ya, es inevitable, algunos puntuales desgastes, fruto sin duda del tremendo y exigente repertorio que viene asumiendo durante la última década, de Salome a Brünnhilde pasando por Turandot o Elektra. En to caso, quien tuvo retuvo y Nina Stemme sigue siendo una artista con mayúsculas, imperial, de las pocas que se comen hoy el escenario apenas con un gesto, una mirada, un sonido. No posee, para Elektra, la animalidad sobrecogedora que transmite Evelyn Herlitzius, pero la voz es tan extraordinaria… A pesar de ese citado desgaste y un comienzo más cauteloso, no tardó en calentar la voz hasta un punto en que subía al agudo con sonidos que se clavaban como auténticas cuchilladas, o como hachazos mejor dicho. Stemme sigue siendo hoy en día una de las artistas más completas y espectaculares del panorama lírico internacional.

A su lado Ricarda Merbeth ofrece una Chrysothemis que por momentos se antoja más dramática que lírica, con un empuje un tanto desmedido, menos vulnerable de lo que el personaje original prefigura, como si se plantease echar un pulso -vocal y temperamental- a la protagonista. La veterana Doris Soffel firma una Klytämnestra de aúpa, teatralísima e impetuosa, exhibiendo un oficio consumado a sus casi setenta años de edad y con cuatro décadas de trayectoria profesional a sus espaldas. Ulrich Reß (Aegisth) y Johan Reuter (Orest) sirvieron sin mácula a sus respectivos roles, en un cartel que se redondeaba con un excepcional plantel de sirvientas, con las voces de Okka von der Damerau, Rachel Wilson, Heike Grötzinger, Daniela Köhler y Golda Schultz.

Simone Young es quizá la batuta femenina más reconocida y contrastada de las últimas décadas. Con su respetable y firme trayectoria ha abierto sin duda la senda que hoy recorren nombres preeminentes y de indudable potencial, como Oksana Lyniv, Karina Canellakis, Mirga 

Gražinytė-Tyla o Speranza Scappucci, entre otras. Su Elektra tuvo todo lo que cabe pedir a una gran lectura: capacidad analítica, claridad estructural, pulso vibrante, infinidad de contrastes, lirismo y violencia a partes iguales y sobre todo un fraseo inteligente y ambicioso. Un gran trabajo sin la menor duda, exprimiendo al máximo las capacidades de una orquesta sobresaliente y que nunca defrauda, aún menos si cabe en este repertorio donde sus virtudes lucen redobladas.

La producción del fallecido Herber Wernicke (1946 - 2002), que ya había visto anteriormente, me atrevo a decir que no ha envejecido demasiado bien. Frente al otrora impactante código cromático (negro/rojo), la propuesta palidece hoy atendiendo a su parca dirección de actores, seguramente esquilmada ya tras las sucesivas reposiciones. El impresionante dispositivo escénico giratorio que da paso a la larga escalera por la que desciende Klytämnestra sigue impresionando, lo mismo que convence el uso inteligente de un fragmento del propio telón de la Ópera de Múnich a modo de capa, primero sobre los hombros de la citada Klytämnestra y más tarde coronando a Orest. Prácticamente toda la acción se sitúa en el proscenio, recurriendo incluso a uno de los palcos para propiciar la intervención de Orest. El trabajo sobre esta partitura del también desaparecido Patrice Chéreau, recientemente visto en Barcelona, es un ejemplo de cuán lejos se puede llegar con una rica e intensa dirección de actores, sin necesidad de un espectacular juego de luces o una escenografía epatante. En el caso de Wernicke, en cambio, la acción por momentos se asemeja a la de una versión en concierto con decorados y vestuario, con Elektra interpretando tres cuartas partes de su papel encaramada a una plataforma al borde del foso. El final previsto por Wernicke muestra a Elektra ejecutándose a sí misma con el hacha, en el paroxismo de su danza y encajando aquí los “Orest” de Chrysothemis como gritos aún más horrorizados si cabe ante el destino aciago de su hermana. 

 

 

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