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Ray ChenJulian Hargreaves 

Novedades y costumbres

Barcelona. 2/4/17. Auditori. Granados: Tres Danzas españolas. Bernstein: Serenade. Ray Chen, violín. Bartók: Concierto para orquesta. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Simone Young.

La directora Simone Young y el violinista Ray Chen, ambos por primera vez invitados y ambos australianos (Chen nacido en Taiwan, fue criado en Australia) eran los dos factores de atracción del último programa de la OBC. La primera, tristemente aún noticiable por el hecho de abrirse paso en el mundo de la dirección orquestal siendo mujer (la última vez que la orquesta fue dirigida por una mujer fue en 2009), pero más allá de esto una directora de indiscutible oficio. El segundo, por formar parte de esa nómina de “jóvenes prodigiosos” que recorre el mundo tras haber asombrado en algún concurso internacional; en este caso, por partida doble en el Reina Isabel de Bélgica (2008) y en el Yehudi Menuhin (2009).  

A diferencia de otras ocasiones, el programa lograba sin grandes piruetas trazar un discurso coherente que reuniera todas las obras. En este caso, todos frutos de una relectura creativa y “moderna” de una tradición, entendiendo dicha modernidad de diferentes manera dependiendo de cada época y estética, y por supuesto del distinto impulso creativo que existe en Granados, Bernstein y Bartók. Las Doce danzas españolas para piano de Granados pertenecen a su primera etapa,  antes de marchar a París. Se trata pues, de una obra temprana, pero más allá de eso en la versión orquestal que escuchamos de tres de las doce (Oriental, Andaluza y Rondalla aragonesa), destaca por encima de todo la magnífica comprensión de la mano del compositor y director Joan Lamote de Grignon, excelente orquestador en esta selección, con gran brillantez y efectismo particularmente convincente en la Rondalla aragonesa, que tuvo en la batuta de Young el vigor y soltura que requiere, y el lirismo de la mano derecha bien cuidado en las maderas. Sin dejar de ser equilibrada la dirección, en muchas de las secciones sobró sin embargo algo de cautela y faltó subrayar con más frescura quizás en muchos momentos el carácter evocador del folklore imaginario de Granados. Desde una perspectiva más amplia y que atañe a los gestores culturales de nuestro país, por muchos motivos todo esto sigue sin pasar del mero trámite para el homenaje que merece la obra del compositor, tanto en un 2016 muy parco con el centenario de su muerte, como en este 2017 con el 150 aniversario del nacimiento. 

El bellísimo sonido que Chen arranca de su brahmsiano Stradivarius Joachim de 1715 se pudo apreciar desde el expresivo solo que abre la Serenade de Bernstein, antes de establecer un diálogo en un pasaje fugado primero con violines y después con violas. Es precisamente ese inicio uno de los pasajes más inspirados de esta obra concertante, escrita para una orquesta reducida y formalmente inspirada en el Banquete platónico (aunque no exista ninguna asociación específica con su contenido y podría inspirarse en otro diálogo platónico sin grandes alteraciones). Sobresale la administración de los recursos orquestales y el muestrario virtuosístico que requiere del solista, así como una misma comprensión de las frases y las dinámicas en la integración con la orquesta, cosa que fue tratada al detalle por Young, logrando un meritorio resultado en el segundo movimiento allegretto (“Aristófanes”) y en el cuarto adagio (“Agatón”), reapareciendo el tema que proyectaba Chen con un mismo carácter en las cuerdas. Pasando las páginas de su partitura con un pedal conectado vía bluetooth a su tablet, el desparpajo de Chen es uno de sus principales valores, asentado lógicamente, en una solidez técnica fuera de discusión, enriquecida por un amplio muestrario de recursos y un “músculo” interpretativo que encajaba con este repertorio. Sólo así se puede ofrecer como propina el Capricho “amoroso” nº 21 de Paganini con la solvencia con la que lo abordó, con un control del arco y una precisión deslumbrante. O el finale de la Cuarta Sonata para violín solo de Ysaÿe con una rotundidad que dejó sin palabras al auditorio. Nos queda el interrogante de escuchar su recorrido con otros repertorios, cosa que por su juventud tendrá tiempo de hacer y es entonces, no antes, cuando se podrá valorar en su justa medida el devenir de su carrera.  

El Concierto para orquesta de Bartók, es el fruto sinfónico más popular de este húngaro universal, que convierte la orquesta en un sutil instrumento repleto de sutiles células sonoras, aunque sin llegar a la maestría de obras anteriores como las Cuatro piezas o en el terreno camerístico su Música para cuerda, percusión y celesta, donde despoja todo hasta que resplandece lo esencial. Young eligió una conducción austera y efectiva, y la orquesta logró la atmósfera de sonido misterioso y vigoroso desde el primer movimiento. Fue precisamente la mesura en la dirección lo que permitió que tanto la agresividad, como lo grotesco de la poliédrica pieza sonaran convincentes y nada afectados. La estabilidad y nobleza de sonido de los metales fue lo más destacable en una buena lectura de la obra.

Buena fue también la recepción de la sala hacia el desempeño de Chen y de la orquesta bajo la batuta de Young, con una entrada sin embargo muy discreta en lo que viene siendo últimamente una costumbre y una inercia preocupante. Es de agradecer la mención al compositor catalán Miquel Roger en los programas de mano, fallecido el pasado 24 de marzo. Dicho esto, sorprendentemente no se imprimieron suficientes programas de mano para los asistentes y muchos nos quedamos sin él, detalle negativo que no es propio ni de una audición de conservatorio.   

 

 

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