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 Gallo Real final

El monarca entre las sábanas

Madrid. 25/05/2017. Teatro Real. Rimsky-Kórsakov: El gallo de oro. Dmitry Ulyanov, Sergei Skorokhodov, Alexey Lavrov, Alexander Vinogradov, Olesya Petrova, Alexanders Kravets, Venera Gimadieva, Sara Blanch. Dir. musical: Ivor Bolton. Dir. de escena: Laurent Pelly.

A la derrota de Rusia a manos de Japón en 1904 se sumó un año después el conocido como Domingo Sangriento, una matanza ante las puertas del Palacio de Invierno que causó después sublevaciones y motines por todo el país. Fue el inicio de lo que se conoce hoy como la Revolución de 1905. Ese mismo año hubo también movilizaciones importantes en el Conservatorio de San Petersburgo, duramente reprimidas. Compuesta precisamente en ese ambiente, la última ópera de Nikolai Rimsky-Kórsakov parece ligada indisolublemente a ese clima de tensión y descontento, hasta tal punto que se diría una sátira del poder zarista y sus resortes. Conviene recordar que el compositor ruso llegó a dimitir de su cátedra en solidaridad con los estudiantes.

Con un libreto de Vladimir Belsky (1866-1946) basado en un relato de Alexander Pushkin (1799-1837), El gallo de oro pone en escena a un rey desnudo, es más, a un rey perezoso y dormilón, un rey dormido. Este rey entre las sábanas es el centro de una corrosiva propuesta, amalgamada de fantasía y ensueño, con un halo de fábula  que no deja de ser una treta -frustrada- para eludir la censura, con ese prólogo y ese epílogo en manos del astrólogo, confesándonos que sólo la zarina y él mismo son reales en todo lo que hemos visto en el escenario.

Puro humor negro, el trabajo de Rimsky-Kórskakov es también dardo contra la institución misma de la ópera rusa nacionalista, cuyos temas repasa uno por uno, sí, aunque aquí para sonrojo de la tradición y el alma rusas. La música, desde luego, oscila con brillantez entre el lirismo orientalizante y evocador del segundo acto y el ritmo marcial y típicamente ruso del último cuadro. 

Como bien recuerda en su artículo Joan Sebastiá Colomer, cuando la ópera se estrenó de forma póstuma en 1909, en el Teatro Solodovnikov de Moscú y un año más tarde de la muerte de su autor, "la dirección escénica corrió a cargo del coreógrafo Mikhail Fokin (1880-1942), el mismo que tuvo el honor de estrenar, al año siguiente y  junto con Igor Stravinsky (1882-1971), El pájaro de fuego (1910) y más tarde Petrushka (1911)”. Se trató así de una representación danzada con los cantantes interpretando sus roles desde fuera del escenario. Hay pues un reto escenográfico y coreográfico evidente a la hora de poner de nuevo en pie este título. 

La propuesta de Laurent Pelly, ya estrenada en La Monnaie hace unos meses, gira de nuevo en torno a los pilares fundamentes de sus propuestas anteriores más celebradas, desde la ya célebre producción de La fille du régiment a Hänsel und Gretel pasando por Giulio Cesare. Esto es, una escenografía vistosa -fantástico ese tanque-cama del final, por ejemplo-, un vestuario ocurrente, una caracterización divertida de los personajes y una dirección de actores viva y variada. El peligro con el código cómico en estos casos está en caer en lo fácil y casi lo infantil. Pelly bordea por momentos ese límite -es cierto que hay momentos que admiten una lectura aún más ácida- pero se mueve con astucia en el filo, poniendo de relieve el alma burlona de una ópera que ciertamente conviene reivindicar.

En su tercera ópera en el foso del Teatro Real durante esta temporada, tras el celebrado Billy Budd y una afortunada Rodelinda, Ivor Bolton dirige esta partitura con verdadera devoción. La entrega y el disfrute son evidentes y el resultado general es digno de elogio, más allá de puntuales pérdidas de tensión en el desarrollo musical, que a buen seguro tienen que ver más con la naturaleza misma de la obra que con la propia interpretación, en este caso. Bolton además se suma a la concertino invitada Germana Gergova para interpretar dos pieza al piano durante el breve interludio de la segunda mitad. Juntos recrearon -con indudable musicalidad y buen gusto- la “Concert Phantasy” de Efrém Zimbalist y el Hymn to the Sun de Fritz Kreisler, ambas inspiradas en los temas principales de El gallo de oro.

El reparto reunido para la ocasión, con numerosas concomitancias con el visto ya en Bruselas, es compacto, sólido y por descontado idiomático. Al lado del rotundo Dodon de Dmitry Ulyanov destaca por méritos propios la bellísima Zarina de Shemajá que ofrece Venera Gimadieva, con una emisión limpia, redonda, brillante y un color seductor, lo mismo que su actuación en escena, grácil y sensual. Sin duda la soprano rusa consigue robarse la función con su breve aunque intensa aparición durante el segundo cuadro.

 

 

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