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Hrusa 

Rumor de patrias en tiempo de nacionalismos 

San Sebastián. 09/11/2017. Kursaal. Obras de Sibelius y Smetana. Viktoria Mullova, violín. Orquesta Sinfónica de Bamberg. Dir. musical: Jakub Hrůša.

En unos días en los que el independentismo catalán preside los titulares de los medios, jornada tras jornada, me parece oportuna la siguiente reflexión, que compartí con unos amigos que residen en San Sebastián: cuánto han cambiado las cosas en esa hermosa tierra vasca, después de tanto padecimiento, y sin que haya obstáculo para que los naturales del lugar se sientan orgullosos de sus orígenes y todo cuanto empapa su ser autóctono. Precisamente los responsables de la Sinfónica de Bamberg se preguntaban, entre curiosos y circunspectos, por la estabilidad y el ambiente que iban a encontrar en Barcelona al día siguiente, al proseguir allí su gira por España. Por mucho que nos afanásemos en tranquilizarles, en el fondo la incertidumbre ha cundido hasta un punto que va a costar revertir.

Y digo todo esto porque a menudo nos empeñamos equívocamente en separar el arte y la política, la cultura y la pura actualidad de una nación. A modo de contraste, es elocuente comprobar que hay lugares y comunidades, caso de Bamberg y su orquesta, donde es posible poner en valor unos orígenes y unas raíces sin necesidad de hacer de ello una bandera, una causa y en fin un problema. Y es que el de Bamberg, como ya escribí en la edición impresa de Platea Magazine, es el caso de una ciudad que vive alrededor de una orquesta. Con una población de apenas 70.000 personas, aproximadamente un diez por ciento de ellas -unas 6.000- poseen un abono para la temporada de conciertos de la orquesta de su cuidad. Un fenómeno extraordinario, digno de estudio y propio del Guinness de los récords.

La ciudad se siente orgullosa de su orquesta y ésta a su vez se siente orgullosa de su ciudad. Y es más, juntas ponen en valor una personalidad con raíces checas y genealogía alemana, por cuanto los orígenes de esta formación se remontan a 1946, a la entonces llamada Orquesta Filarmónica Alemana de Praga. Los avatares de la Segunda Guerra Mundial propiciaron un flujo de gentes tal que un notable contingente de músicos alemanes se vio forzado a trasladar su actividad a Praga, recalando más tarde de nuevo en territorio alemán, esta vez en Bamberg. La entonces Filarmónica del Estado de Baviera, título que aún hoy ostenta, atesora desde entonces su corazón checo como un patrimonio propio, sin duda uno de los hechos que la distinguen y que se refleja asimismo en ese color tan singular de su sonido, acolchado y corpulento al tiempo que terso y hondo. Con su nuevo titular desde septiembre de 2016, el checo Jakub Hrůša (Brno, 1981), quizá el más digno heredero del trono que dejó vacante Jiří Bělohlávek con su fallecimiento, se diría que la Sinfónica de Bamberg ha cerrado el círculo, volviendo a situar el alma bohemia en el centro de su idiosincrasia. He aquí un ejemplo de cómo es posible exaltar los orígenes y los ecos patrios sin necesidad de caer en beligerancias nacionalistas.

El programa presentado en esta gira por España, de hecho, era un buen ejemplo de esta realidad, con un tributo evidente a la figura de Dvorak y con una primera parte dedicada a Sibelius, a ese norte de Europa tan presente en la realidad musical de las latitudes centroeuropeas, singularmente en tiempos de Mahler y Dvorak. Aunque un tanto aterida, la batuta de Hrusa diseccionó segura y clara la esmerada partitura del compositor finlandés, aportando un suelo firme a Viktoria Mullova (Moscú, 1959), uno de los nombres evidentes para el violín durante las últimas décadas, una intérprete que ha consolidado un camino propio, ajeno a los impulsos comerciales de las discográficas y con un carácter genuino, el que le aporta una técnica sólida de indudable escuela rusa. Fue en 1980 cuando Mullova ganó precisamente el Concurso Sibelius, cuyo concierto para violín defendió en el Kursaal con intachable magisterio, sin que se apreciase un declive significativo desde su ya mítica grabación con Ozawa y la Sinfónica de Bostón, allá por 1985. El sonido de Mullova es hoy menos exultante, más herido, quizá más gélido aunque más auténtico, de un romanticismo menos tópico en suma.

Para cerrar la velada Hrusa y sus músicos ofrecieron los cuatro primeros números de Mi patria de Smetana, una emblemática partitura que el director checo conoce y domina como su propia mano y que grabó de hecho en 2016 para el sello Tudor, precisamente con la Sinfónica de Bamberg, en un registro que es ya una referencia. La interpretación fue brillante, hermosa y auténtica. No en vano la relación de Hrusa y su orquesta con el patrimonio musical checo va a crecer en un futuro muy próximo, pues juntos -y de nuevo con Tudor- van a emprender un original y ambicioso proyecto, emparentando varias de sus sinfonías con las cuatro que componen el ciclo de Brahms, ahondando así en el vínculo real que hubo entre ambos compositores.

 

 

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