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Volle Frittoli Falstaff Berlin2018 Matthias Baus

Feliz debut

Michael Volle debuta como "Falstaff" en Berlín, bajo la batuta de Daniel Barenboim

Michael Volle es un cantante espléndido, que ha dejado ya más que suficientes muestras de su imponente hacer con el repertorio alemán: desde Wotan y el Wanderer en el Anillo -que tiene previsto protagonizar de nuevo en la nuevo tetralogía que Tcherniakov firmará para la Staatsoper de Berlín- hasta Mandryka en Arabella o el protagonista de Der fliegende Holländer, sin olvidar por descontado su extraordinario Hans Sanchs en Meistersinger. Sin embargo, su recorrido por el repertorio italiano ha sido quizá menos brillante; aunque ha cantado partes como el Rodrigo de Don Carlos o el Scarpia de Tosca, Volle no ha brillado tanto aquí como en su repertorio “natural”. De ahí que se viera con interés, casi con sorpresa, su debut en la parte titular del Falstaff de Verdi, abriendo la presente edición de la Festtage berlinesa.

Hay que aplaudir a Volle sin remilgos. Su Falstaff lo tiene casi todo para ser tenido en consideración como una creación tan notable como personal. Su esfuerzo para manejarse con soltura con la prosodia italiana es evidente y el resultado apenas deja que desear, escuchándose el texto con suma nitidez en sus manos. La voz, aunque no es redonda ni posee una sonoridad a la italiana, sí tiene una enorme personalidad y eso cuadra muy bien con el carácter de ese genial vividor que es Falstaff. La tesitura del personaje no le supone la más mínima tensión vocal a Volle, que se demuestra singularmente brillante en los pasajes más líricos, donde sabe recoger la voz “Sul fil d'un soffio”. En resumen, logradísimo debut para un cantante ya veterano al que se aclamó con afecto por parte del público. Volle estaba visiblemente satisfecho con su gesta personal; quizá jamás imaginó poder cantar esta parte y ahora su nombre se suma al de los pocos barítonos alemanes que han logrado hacer suya esta genialidad verdiana, como hiciera Fischer-Dieskau sin ir más lejos.

Del resto del reparto, ante todo, hay que aplaudir la sensación de compañía homogénea que trasladaron sus voces. Celebramos encontrar en buena forma a Barbara Frittoli, con un timbre hermosísimo y una emisión genuina; una voz italiana por los cuatro costados (reemplazando, por cierto, a Maria Agresta, anunciada en origen para esta producción). Su actuación en escena no pudo ser más ácida y pícara. Bravissima. Lo mismo cabe decir de las demás protagonistas femeninas: imponente la joven Nadine Sierra en su debut como Nannetta, exhibiendo una capacidad sin límite para regular el sonido a placer. Daniela Barcellona parece haber nacido para cantar Quickly, disfrutando y haciendo disfrutar con su interpretación de este simpático personaje. Y grata sorpresa la Meg Page de Katharina Kammerloher, por su material bien dispuesto y su estupenda desenvoltura escénica.

Alfredo Daza, un cantante que ha crecido con la compañía estable de la Staatsoper de Berlín, se hacía cargo finalmente de la parte de Ford, originalmente atribuida al barítono italiano Simone Pianola. Daza se reivindicó como un cantante con oficio y más que dignos medios, amén de una teatralidad intachable. Muy notable, por último, el Fenton de Francesco Demuro, de nuevo una voz italianísima, de bello y claro timbre, con un ascenso a veces algo comprometido al agudo, pero de bella y sostenida línea de canto. Intachables, en fin, más allá de algún puntual atropello a la lengua de Petrarca, el Pistola de Jan Martiník, el Bardolfo de Stephan Rügamer y el Dr. Cajus de Jürgen Sacher.

A decir verdad, lo menos interesante de esta nueva producción es precisamente la propuesta escénica de Mario Martone. Un tanto superficial, apenas busca recrear el libreto en un contexto más próximo a nosotros en el tiempo, dentro de una estética contemporánea, con recursos demasiado fáciles y vacuos, como la piscina que preside la casa de Ford. Tampoco convence demasiado la resolución del cuadro final, con el gran roble convertido aquí en una torre en ruinas, con todo el ritual reducido a una suerte de fiesta erótica. Todo se antoja demasiado fácil, poco consistente y apenas respaldado por una dramaturgia en condiciones. Martone pretende mostrarnos a Falstaff bajo una estética más contemporánea, pero no nos conduce a ninguna parte haciendo hincapié en ese recurso ya tan visto y manido. La dirección de actores, al menos, salva una propuesta que por lo demás resulta muy poco ambiciosa.

Daniel Barenboim dirigía por vez primera esta partitura. Su repertorio verdiano no es menor: su batuta ha recorrido ya las notas de Simon Boccanegra, La traviata, Macbeth o Il trovatore. Le faltan no obstante aún algunas partituras verdianas notables, como Otello, Nabucco o Rigoletto. Todo llegará... En el caso de este Falstaff su enfoque, dentro siempre de la excelencia, pecó si acaso de recurrir a unos tintes algo más sinfónicos que teatrales, pintando un Falstaff demasiado serio, en el que la comicidad apenas surgía de la orquesta, donde por descontado también reside la ironía de esta obra maestra del género. Imponente, una vez más, la Staatskapelle de Berlín en el foso, destacando el brillantísimo trabajo de las maderas y los metales.

 

 

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