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Lucia Met18 Yende Fabiano Tichler

 

Juventud, bendita locura

Nueva York. 25/04/2018. Donizetti: Lucia di Lammermoor. Pretty Yende, Michael Fabiano, Quinn Kelsey, Alexander Vinogradov y otros. Dir. de escena: Mary Zimmerman. Dir. musical. Roberto Abbado. 

De hace exactamente una década, en la temporada 2007/2008, data la producción de Mary Zimmerman para esta Lucia di Lammermoor del Metropolitan de Nueva York, por la que ha pasado ya nombres tan célebres como los de las sopranos Anna Netrebko o Diana Damrau, amén de Natalie Dessay, quien la estrenó. Este título se ha representado más de 600 veces en el escenario del Metropolitan de Nueva York, sumando las funciones en su antigua sede y en la actual, incluyendo la actuación de grandes intérpretes del rol titular como Lily Pons, Nellie Melba, Maria Callas, Joan Sutherland, Beverly Sills o Renata Scotto, entre otras. Cantar Lucia en el Met, pues, no es ninguna tontería.

La producción de Mary Zimmerman funciona pero no entusiasma. Es ideal para un público como el norteamericano, poco dado a vueltas de tuerca con la dramaturgia. Producción clásica, en suma, bien resuelta por la escenografía de Daniel Ostling. La propuesta juega especialmente, de un modo recurrente, con “il fantasma”, con esa aparición espectral que parece perseguir a Lucia en todo momento, como relata ella misma en su primera intervención. De hecho en la última escena, yacente ya Edgardo, la propia Yende transmutada en espectro de Lucia, aparece para reunirse con él, fundidos en un abrazo.

Al frente del elenco, en esta reposición, dos voces jóvenes, en el apogeo de su más temprana madurez, si se me permite el oximoron: la soprano sudafricana Pretty Yende (1985) y el tenor estadounidense Michael Fabiano (1984). Pretty Yende lleva ya casi un lustro despuntando por los principales escenarios de medio mundo. Ha paseado ya su Lucia, de hecho, por la Ópera de París o la Deutsche Oper de Berlín. La presente función era su primera Lucia en el Met, un acontecimiento ciertamente esperado, como la propia soprano ha comentado en varias ocasiones. 

Se presentó Yende con sus mejores credenciales: una voz amable, homogénea y fácil, que tan sólo parece tener un límite esporádico en algunos ataques al sobreagudo. En cambio la coloratura es ejemplar, el canto spianato fluye con ejemplar soltura y su adecuación al estilo apenas admite puntualizaciones. Pudiera parecer que no es una actriz descollante, pero en su escena de la locura dejó claro que es capaz de apoderarse del escenario, generar una gran tensión y resolverla haciendo que el teatro se venga abajo. No hay duda de que Yende tiene por delante una gran carrera, un iceberg del que apenas hemos atisbado un trecho durante estas dos o tres últimas temporadas. En su horizonte más inmediato destacan compromisos notables, entre ellos la Elvira de I puritani, en la inauguración de la temporada 18/19 del Liceu.

Michael Fabiano tiene una de las voces de tenor más interesantes del panorama actual. Recientemente le hemos visto por partida doble en España, primero como Des Grieux en la Manon de ABAO y algo después como Corrado en Il corsaro de Les Arts. Precisamente en Bilbao causó impresión su Edgardo hace ahora diez años, en unas funciones con Diana Damrau como Lucia. Su voz ha cambiado un tanto de entonces a hoy, ganando en cuerpo, proyección y volumen (suena realmente grande en un teatro tan amplio como el Met), perdiendo quizá ese aire belcantista y más liviano que tenía entonces al transitar por el agudo, que es ahora más ancho, sí, pero quizá menos afilado, con puntuales problemas en algunas notas de paso.

Está Fabiano en un momento de transición, ampliando su repertorio, como dejó patente con su estupendo Don José de la Carmen de Aix-en-Provence, el pasado verano. En su horizonte están ya partes como Cavaradossi o Werther donde sin duda se podrá medir mejor su evolución. La mayor virtud de Fabiano, en todo caso, quizá sea su arrojo, su intensidad en el escenario, aferrándose al texto y buscando sonidos emocionantes. Prueba de ello fue su emotiva escena final, dándolo todo ciertamente, hasta arrancar gritos de "bis" entre el público neoyorquino, que lo considera ya casi un ídolo local, pues le han visto crecer como artista en este último lustro.

Gratísima impresión con el Enrico de Quinn Kelsey, otro cantante forjado en el Met. Kelsey recuerda de alguna manera al primer Sherrill Milnes, con una voz robusta y clara al mismo tiempo. Impetuoso, buen fraseador y apreciable actor, maneja una voz grande con soltura y con detalles de buen gusto. Sin duda, una voz a seguir, a la que sería interesante valorar en partes principales de mayor enjundia. Buena labor del resto del elenco, rematado por el sonoro Raimondo de Alexander Vinogradov, el estiloso Arturo de Mario Chang y la eficaz Alisa de Edyta Kulczak.

Estilizada aunque un tanto morosa la dirección de Roberto Abbado, de una corrección un tanto tediosa, ayuna ciertamente de intenciones e imaginación, hasta un punto en que resultaba previsible. Imagino que aporta seguridad a los cantantes con tal enfoque, pero al oyente no le aporta especial interés escuchar esta partitura con un acento tan anónimo y aséptico. Lo mismo cabe decir de una orquesta un tanto adocenada, capaz a buen seguro de llegar más lejos con una batuta más incisiva y estimulante. Fantástico, por cierto, el acompañamiento a Yende de Friedrich Henrich Kern con la armónica de cristal en la escena de la locura.

 

 

 

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