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DonCarloDresde

Siempre nos quedará Verdi

Dresde. 21/02/2016. Semperoper. Verdi: Don Carlo. Massimo Giordano (Don Carlo), Barbara Haveman (Elisabetta), René Pape (Felipe II), Ekaterina Gubanova (Éboli), Christoph Pohl (Posa). Dirección de escena: Eike Gramss. Dirección musical: Paolo Arrivabeni.

Cuando no existe nada susceptible de llamarse puesta en escena y cuando la voz titular de un reparto flaquea, sólo cabe buscar luces en el resto de cantantes y concentrarse en la música. Afortunadamente, siempre nos quedará Verdi. Su Don Carlo es tan sensacional que prácticamente lo aguanta todo. En esta función que nos ocupa en Dresde, en el foso y en reemplazo de Myung-Whun Chung, Paolo Arrivabeni se mostró como un concertador solvente, con un conocimiento firme de la partitura, administrada con mesura, atinando a resaltar los momentos más líricos y sin cargar las tintas en demasía en los más dramáticos. Cabe destacar la inclusión, dentro de la versión italiana en cuatro actos, del breve fragmento “Mandoline, corde d'or” que precede al terceto del jardín y en el que se explica precisamente la ulterior confusión de Don Carlo con Éboli y Elisabetta, que intercambian sus vestimentas en esa citada escena previa.

La producción de Eike Gramss, fallecida el pasado julio de 2015, es casi un insulto a la inteligencia: poco, muy poco más que una versión en concierto con vestuario, recurriendo todo el tiempo a una caja vacía, en negro, en la que la acción se sucede sin pena ni gloria, quedando todo a merced de la fortuna o desgracia de los intérpretes en su hacer. 

En la parte titular, la fonación del tenor Massimo Giordano es insostenible, con una verdadera ensalada de sonidos desiguales (abiertos unos, nasales otros, de afinación desigual la mayoría…). Y es una pena, porque el material en origen no es despreciable. Pero entre la falta de firmeza de su emisión y la histeria de su fraseo, lo cierto es que no hay por donde coger su Don Carlo, que interpretaba aquí en lugar del previsto Tomislav Mužek. 

Como Elisabetta, la soprano Barbara Haveman es dueña de un instrumento consistente en el centro, manejado con gusto, abundando en un fraseo de buena factura aunque un tanto inane. El mayor inconveniente en su caso, amén de una respiración entrecortada y escueta, tiene que ver con un registro agudo irregular, firme tan sólo de tanto en tanto. Su Elisabetta adoleció así de una falta general de consistencia, siendo más una sucesión de páginas más o menos estudiadas que un personaje construido de principio a fin.

Por fortuna, René Pape continúa ofreciendo un Felipe II impecable, cada vez más maduro y autoritario en su retrato del rol, coronado esta vez por una lectura muy matizada del “Ella giammai m´amo”. En plena forma vocal, Pape se yergue hoy sin duda como la primera opción del panorama mundial para interpretar este papel. 

La segunda mejor voz de la noche, elegante y muy medida en todas sus intervenciones, fue la mezzo Ekaterina Gubanova como Eboli. Aunque algo menos suntuosa de medios al principio, fue a más durante toda la función, resolviendo con sobrada soltura la canción del velo y entregándose con denuedo en un vibrante “O don fatale”. Siempre teatral, compone una Eboli plausible y con contrastada emotividad.

Christoph Pohl es un barítono honrado, de medios poco cálidos pero de entonación voluntariosa. Algo sobrepasado a veces por la escritura vocal verdiana, su Posa se yergue noble y franco, elegante las más de las veces, aunque no pase en suma de ser correcto y cumplidor.

 

 

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