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Savall Bofill

Fuegos artificiales

Para culminar una gran semana musical en Barcelona, Jordi Savall, con sus acompañantes habituales, en este caso Le Concert des nations, ha propuesto, para culminar su ciclo anual en el Auditori, un programa con dos de las más importantes y festivas obras orquestales de Georg Friedrich Händel: la Música Acuática y la Música para los reales fuego de artificio.

Si hay dos elementos que son dignos de elogio en la trayectoria de Jordi Savall, no hay duda que son, por un lado, su capacidad para crear, a través de sus programas, siempre estudiados hasta el último detalle y estructurados con un rigor extraordinario, relatos que van más allá del simple elemento musical para retratar el espíritu intelectual y artístico de una época. Y, por el otro, el talento y los medios para rodearse, siempre, de muchos de los mejores especialistas en música barroca del panorama internacional. Algo que, una vez más, se puso de manifiesto en este concierto.

Entre la Música acuática, escrita en 1717 para disfrute y exhibición del Rey Jorge I en su paseo por el Támesis, desde el Palacio de Whitehall hasta Chelsea, y la Música para los reales fuegos articiales, obra encargada para conmemorar la Paz de Aquisgrán de 1748, que ponía fin a la Guerra de Sucesión, transcurren 30 años en los que la carrera de Händel se consolida en Inglaterra. La Música acuática se escribe en los complicados primeros años del compositor en las Islas británicas, y en ella se percibe una influencia importante de la música francesa, con Minuets y Bourrées de indescriptible elegancia e inventiva melódica. En 1949, en cambio, Händel es ya una leyenda. El preestreno de la obra (el estreno fue un auténtico caos, con incendio incluido) paralizó Londres y constituyó un éxito fenomenal, uno más en la carrera del dios alemán de la música inglesa. 

Además, el carácter de ambas obras, a pesar de una disposición instrumental con elementos en común, difiere en su planteamiento. Si para el paseo por el Támesis, la música de Händel, más camarística, parece fluir elegantemente entre danzas, los fuegos artificiales parecen enunciar, a bombo y platillo, la ruidosa irrupción de un nuevo Imperio, el Británico, que controlará el mundo en el siglo siguiente.

Esta diferencia se puso de manifiesto en el planteamiento de Savall, aunque siempre tamizada por la visión personal del músico catalán. Las versiones de Savall, en comparación con las de muchos de sus colegas, destacan por la elegancia en el fraseo y el equilibrio en la exposición, pero a menudo adolecen del de la energía de otras formaciones. En la Música acuática me pareció percibir, más que en otras versiones, la elegancia de las danzas de Lully y de Rameau, autores tan queridos por Savall, mientras que en Los fuegos artificiales, en esta ocasión, el director no escatimó esfuerzos y medios para ofrecer, a través de una formación orquestal opulenta, una versión llena de contrastes, apuntando claramente a realzar el sentido espectacular de la pieza.

Como siempre en el caso de Savall, el equipo instrumental fue de auténtico lujo, con Manfredo Kraemer encabezando una sección de cuerdas que lució precisión, elegancia y un sonido oscuro bellamente coloreado. Pero en ambas obras, quienes están claramente más exigidos son los solistas de metales y maderas. Hay que resaltar que, en esta ocasión, se exhibieron, destacando muy especialmente Alessandro Pique al oboé, el sensacional flautista Marc Hantaï y las exigidas trompas de Thomas Müller, Javier Bonet y Lars Bausch.

 

 

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