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Italiana Varduhi Liceu18

 

L’italiana in Groenlandia

Barcelona. 13/12/2018. Gran Teatro del Liceu. Rossini: L´italiana in Algeri. Varduhi Abrahmyan, Luca Pisaroni, Maxim Mironov, Sara Blanch, Giorgio Caoduro, Lidia Vinyes-Curtis, Toni Marsol. Dir. de escena: Vittorio Borrelli. Dir. musical: Riccardo Frizza.

Casi cuarenta años ha tardado en volver al escenario del Liceu la primera gran opera buffa de Gioacchino Rossini, L’italiana in Algeri, estrenada en Venecia en 1813 y que supuso, junto a Tancredi, creada en La Fenice pocos meses antes, el impulso que llevaría al compositor a dominar el panorama operístico internacional hasta su retirada, en 1929. Stendhal, primer biógrafo de Rossini calificó las funciones de L’italiana en Venecia como un auténtico delirio, describiendo las reacciones, incluso fisiológicas, de los espectadores tras el estrepitoso Finale Primo, sin duda uno de los más grandes y originales de la historia, y definió la ópera como una “locura organizada”.

Un poco de esta locura es lo que faltó en el estreno de la producción, firmada por Vittorio Borrelli, en el Liceu. Un director de escena al que apenas conocíamos, que colabora habitualmente con el Teatro Regio de Turín. Borrelli propone una producción visual y conceptualmente clásica, enraizada claramente en el subgénero de opera di serraglio al que pertenece la obra. Pero a su propuesta le faltó mucha pimienta y un trabajo más fino en el desarrollo de las hilarantes situaciones, así como en la construcción de gags. Poner a bailar a los cantantes la música de Rossini, como hizo Borrelli en varias ocasiones, es un recurso demasiado básico. Esto hizo que, especialmente en el segundo acto, los intérpretes pusieran más de su parte y cargaran un poco más las tintas en el aspecto cómico, percibiendo la sorprendente frialdad con la que se estaba desarrollando la función.

Una función que, en el aspecto musical, tuvo un buen nivel. Buena "culpa" de ello la tuvo la dirección de Riccardo Frizza, experto traductor de este repertorio, que mantuvo cohesionados, en líneas generales, foso y escena, consiguiendo una lectura equilibrada, pero a cambio de una cierta falta de brío. Tanto maderas y metales se mostraron seguros durante toda la función y las cuerdas transparentes y cohesionadas. Acompañó bien a los cantantes y supo articular bien los tempi de los conjuntos. La dirección escénica de Borrelli no le ayudó en el gran final del primer acto. Este situó, en la ripresa, a los cantantes alejados del director y sentados en un gran cojín, con lo cual el sonido y la precisión se perdieron, obstáculo insalvable para conseguir ese efecto de arrolladora estupefacción que es marca de fábrica de L’italiana in Algeri.

A la cabeza del reparto, se presentaba en Barcelona una de las mezzosopranos más descollantes del momento, la armenia Varduhi Abrahamyan, que ya había dejado destellos de especial talento rossiniano en papeles como Arsace, de Semiramide o Malcolm, de La donna del lago. Y la verdad es que Abrahamyan no decepcionó, con un timbre oscuro, ideal para la tesitura de Isabella, de epicentro especialmente grave, un fraseo elegante y una coloratura impecable. Lo que más sorprende de esta cantante es la facilidad con la que aborda los pasajes más difíciles, así como la variedad de roles que, a estas alturas de su carrera, va asumiendo, de Händel a Verdi, de Dalila a Carmen. Pero la sensación es que lo hace con naturalidad e inteligencia y que esta amplitud de repertorio no está perjudicando un instrumento de gran calidad. Contundente e impecable desde Cruda sorte hasta el Rondó final mostró, además, una considerable presencia escénica y buen sentido de la comedia, firmando, sin duda, la interpretación más completa de la noche y un debut más que interesante en el Liceu. Esperemos que su presencia en Barcelona, a partir de ahora, sea habitual, pues está llamada a ser una de las grandes mezzos de su generación.

A su lado, Luca Pisaroni demostró, una vez más, que es un intérprete muy inteligente que sabe llevar los papeles que interpreta a su terreno. No tiene la vis cómica del mítico Paolo Montarsolo, último Mustafá del Liceu, ni la rotundidad vocal de un Ramey o un Raimondi, quedándose un tanto corto en el registro grave, pero el italiano, de notable experiencia mozartiana, sabe jugar sus cartas. Estuvo presente y preciso en los conjuntos, solventó sin problemas su aria de bravura, Già d’insolito ardore, e hizo crecer su papel a base de musicalidad y entrega escénica. Cosas similares se pueden decir del Taddeo de Giorgio Caoduro, un Taddeo que recuerda por ciertas sonoridades al legendario Bruscantini. Un cantante que siempre deja la sensación de máxima eficiencia, pero al que nos gustaría ver y escuchar alguna vez fuera de la zona de confort. Los medios técnicos y vocales los tiene para intentarlo y, sin duda, para hacer un Taddeo de alto nivel, como el que hizo.

Del cuarteto protagonista, el elemento más decepcionante fue el Lindoro de Maxim Mironov, tenor especialista en Rossini, como se puso de manifiesto en unas agilidades limpias y un fraseo de buena escuela, pero la voz, pequeña de por sí, sonó con poco brillo y menos proyección, especialmente en los agudos sostenidos, que en ningún momento lograron el squillo requerido. En el segundo acto, interpretó Concedi amor pietoso en lugar de Oh come il cor di giubilo, detalle que se agradece pero que hizo sin especial brillo. 

El resto de la compañía, con habituales de la casa, rayó a muy buen nivel, a pesar de que la errática producción de Borrelli no les ayudaba en absoluto. Sara Blanch confirmó lo que ya viene siendo un secreto a voces, que es una cantante de indiscutible proyección y llamada a papeles protagonistas. Lidió con el ingrato rol de Elvira con su habitual brillantez escénica y se hizo escuchar en los números de conjunto, algunos de ellos, como el Finale Primo, llenos de peligros. Muy adecuada también Lidia Vinyes, musical, con buena proyección y buen sentido teatral, así como el Haly de Toni Marsol, que interpretó una impecable Le femmine d’Italia.

Un estreno, en definitiva, que tuvo una respuesta gélida por parte del público. Y eso no es un buen diagnóstico tras una función de L’italiana in Algeri. Es muy probable que la tensión del estreno se notase en una función que, a la que la compañía se olvide un poco de las indicaciones de la dirección escénica y tanto orquesta como cantantes se suelten y se olviden de Borrelli, ganará muchos enteros. 

 

 

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