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 oteiza eslava navarra

BENDITA PERPLEJIDAD

09/05/2019. Museo de la Universidad de Navarra. Juan José Eslava: Oteiza. Nicholas Isherwood (bajo-barítono), Alexandra Rombolá (flautas), Antonio Jiménez (trombón), Ander Telleria (acordeón), Salva Tarazona (percusión), Ludwig Carrasco (violín), Rosa San Martín (viola), Daniel Morán (contrabajo), Juanjo Eslava y Ángel Faraldo (electrónica). Dirección escénica: Pablo Ramos. Dirección musical: Nacho de Paz.

Asistir al estreno absoluto de una ópera es siempre agradable; y es que a pesar de llevar cientos de funciones encima, miles de horas sentado ya en casa ya en la butaca de un teatro escuchando música, el estreno de una ópera te permite acercarte al teatro dispuesto a ser sorprendido, a descubrir algo de lo que desconoces todo, incluida su hipotética trascendencia. Vas a un teatro, escuchas una obra nueva y quizás nunca más tengas oportunidad de vivir una experiencia similar con esa obra. Quieres y deseas descubrir. Y no negaré que tras los más de ochenta minutos de obra un servidor no podía ocultar su perplejidad.

Eso sí, para quien firma estas atrevidas líneas la perplejidad misma comenzó minutos antes de dar inicio la ópera porque pude descubrir en plena capital navarra un auditorio mediano precioso, el que se sitúa en el Museo de la Universidad de Navarra. Es más, con la lectura del folleto que me dieron a la entrada descubrí un ciclo de música que se organiza en tal auditorio y que presenta, bajo el título Cartografías de la Música, un ciclo de seis conciertos, a cada cual más atractivo, con obras corales, de cámara, sinfónicas y esta ópera, estreno absoluto. Bendita estulticia la de quien vivía en tal ignorancia; ni auditorio, ni ciclo de conciertos ni nada parecido. ¡Y uno que creía tener bajo control la música de su entorno!

Como ya queda apuntado la obra que nos lleva a escribir estas líneas está inmersa y culmina un ciclo de música en el que lo infrecuente parece ser el denominador común. Oteiza, pues es éste el título de la obra, queda definida por su compositor como un monograma para ser interpretado por un cantante y un grupo instrumental de nueve músicos que aparecen detallados en la ficha inicial. El Oteiza del título no es sino Jorge de Oteiza Enbil (Orio, 1908 – Donostia, 2003), escultor que aunque guipuzcoano de origen tuvo una ligazón histórica con Navarra, viviendo gran parte de su vida en la pequeña localidad de Alzuza, donde hoy se encuentra su museo.

Este monograma trata de recoger, siquiera testimonialmente, parte de las reflexiones del escultor acerca de la materia, del material, de las sensaciones vitales y del final de la vida. Unir Oteiza y reflexión en la misma frase es abrir la caja de Pandora pues es bien conocido que Jorge de Oteiza fue iconoclasta, rupturista diría yo, incluso disruptivo en todo aquello que tuviera que ver con su arte, con su relación con otros compañeros de oficio, con su vasquidad y con su visión de la política y la filosofía.

Jorge de Oteiza quiso recoger en su obra escultórica la naturaleza misma a través del uso de materias elementales que se convierten en una constante en los textos que se narran y/o cantan en la ópera: la piedra, el hierro, la madera, el agua o el aire. Y para trabajarlos, para tocarlos, para sentirlos, la mano, esa mano que mece y que aprecia la piedra y el muro con ella construido; y a través de la mano, el ser humano en perpetua relación con la naturaleza. Junto a estas materias elementales, los sonemas (sic), esa fusión entre sonido y fonema que parece querer abarcar una nueva forma de escritura sonora: imágenes de sonido que se concretan a través del uso del euskera en el uso peculiar de alguna de sus consonantes.

Se nos advirtió antes de la primera interpretación de la obra del carácter experimental de la misma, como si se quisiera minimizar el hipotético impacto que Oteiza iba a tener en el oyente. No hacía falta. Juan José Eslava nos lleva a un mundo en el que el sonido, bien a través de los instrumentos bien a través de la voz humana, aparece proyectado en microunidades que van golpeando al oyente, como si del transcurrir de gotas de agua casi independientes se tratara. Aparentemente no hay en el grupo instrumental una línea continua, como no la hay en la voz del cantante, sino multitud de pequeñas unidades que en forma de golpeo de arco, de aspiración de la flauta, de instante de la percusión o cualquier juego vocal con el sonido s o r en boca del barítono-bajo.

En justo equilibrio la voz de Oteiza nos narra, nos recita distintos textos que vienen a dar estructura a una forma de entender la vida, esa misma forma que Oteiza usó -¿y abuso?- en vida para acabar rodeado de una aureola de eterno polemista y hombre insatisfecho. Y para tratar de cerrar el círculo, en una pantalla adosada el cielo, la tierra, el muro del caserío, la eternidad del mar,…

A la izquierda del espectador, en penumbra, los instrumentistas. En el centro, el árbol como símbolo de la naturaleza; de un lado a otro, Nicholas Isherwood cantando y actuando como si de un Oteiza poseído, sumiso a la naturaleza, se tratara. Un cantante que tiene que hacer frente a una partitura inclemente, en la que se busca más el sonido mismo que la nota musical académica y donde se traslada al cantante a los extremos de la tesitura, buscando lo incómodo, lo antinatural. Ello obliga al cantante a notas abisales que se dan con solvencia y a momentos extra-agudos que le obligan a un canto casi caricato. Y ello mientras rueda por el suelo, mientras salpica agua, mientras busca en la oscuridad, mientras penetra en el fondo de la tierra. Un canto dificultoso en condiciones poco ventajistas. Casi desnudo, extraño a convencionalismos, buscando el contacto directo con la naturaleza a través de la piel misma.

¿Es Oteiza una ópera? No seré yo quien enmiende la plana al señor compositor. ¿Es una ópera convencional? Bien lejos está de serlo. Después de haber visto durante mi vida de aficionado algunos estrenos puedo afirmar que ésta es, quizás, la obra más radicalmente vanguardista que recuerdo. Por supuesto, desconozco el futuro que tendrá Oteiza. De hecho, ni siquiera se si busca futuro aunque doy por sentado el deseo último del compositor de cierta trascendencia. En cualquier caso el espectáculo fue digno de ser no ya visto sino vivido. Solo cabe felicitar a quienes han impulsado un proyecto tan enriquecedor como –previsiblemente- minoritario pero que consiguió reunir a más de trescientas personas en torno al escenario. Mérito que, conviene apuntar, se debe a Ópera de Cámara de Navarra, el Colectivo E7.2 y el mismo Museo de la Universidad de Navarra. 

Gran parte del público braveó al cantante y a los músicos. Labor enorme la de estos, especialmente la de Alessandra Rombolá que además de alardear por su dominio de flautas bien diversas pudo enseñarnos como era capaz de interpretar su instrumento con la mano izquierda mientras, en el centro del escenario, sacaba con la mano derecha y con simple percusión o roce sonido de un bloque de madera. Todo un ejemplo de implicación con el proyecto.

Otro punto a valorar es el poder escuchar en una ópera el instrumento vasco arcaico por excelencia si hablamos de naturaleza misma: la txalaparta, la que a través del simple golpeo de madera contra madera nos lleva a tiempos pretéritos. Todo ello coordinado por Nacho de Paz, de gesto sumamente expresivo tanto a la hora de coordinar a todos los intérpretes como a la de apuntar a los meritorios en los saludos finales. Y la labor escénica de Pablo Ramos, propuesta que, ¡cómo no!, usa de elementos naturales para dibujar las obsesiones del escultor.

El siglo XXI conoce un nuevo título. Que el tiempo decida su futuro aunque uno piensa que Oteiza, esté o no en cursiva, bien merece otra oportunidad.

 

 

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