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dudamel mahler2 Palau 

Apoteosis final

Barcelona. 27/06/2019. Palau de la Música Catalana. Mahler: Sinfonía no. 2. Filarmónica de Múnich. Orfeó Català. Tamara Mumford, mezzosoprano. Chen Reiss, soprano. Dir. musical: Gustavo Dudamel.

Cuenta la leyenda que, cuando Gustav Mahler le mostró el primer movimiento de lo que acabaría siendo su segunda sinfonía, en aquel momento titulado Totenfeier, al director Hans von Búlow, éste, comentó que, a su lado, Tristán e Isolda parecía una sinfonía de Haydn. Sin duda, el tiempo de los gloriosos años (y dolorosos, todo hay que decirlo) de colaboración entre el director y Richard Wagner habían pasado y la evolución del lenguaje musical había emprendido una acelerada e imparable evolución a la que von Bülow empezaba a ser ajeno, pero también es evidente que, ya en el arranque amenazador del Allegro Maestoso inicial, la Segunda Sinfonía de Mahler en Do menor, conocida popularmente como Resurrección, se muestra como una composición de complejidad superlativa. 

Una complejidad que hace todavía más admirable que Gustavo Dudamel se presentase en el Palau de la Música sin partitura y mostrase un dominio absoluto de esos pentagramas y un conocimiento al detalle de la obra. Es obvio que el director venezolano mantiene una relación especial con esta sinfonía, con la que se siente profundamente identificado desde hace muchos años. Un dominio y conocimiento que no siempre, empero, garantiza unos resultados artísticos plenos o indiscutibles. Al frente de una suntuosa Orquesta Filarmónica de Múnich que, si bien durante la maratoniana sesión sufrió de algún pequeño error solista dejó constancia del empaque sonoro, el poder tímbrico y la capacidad expresiva de una de las más grandes orquestas del mundo, el director venezolano se mostró atento y conocedor de los detalles, los mil detalles de esta suerte de marcha fúnebre inicial, pero sin llegar a conseguir el ensamblaje perfecto de todos los elementos, tan diversos, que confluyen para construir este complejo edificio mahleriano.

Una tendencia que, pese al maravilloso rendimiento de flautas, maderas y, en general de toda la orquesta, se mantuvo en un segundo movimiento que empezó con ligereza en el Ländler inicial, de marcado carácter clásico, fraseado con mimo por Dudamel. El equilibrio entre los diferentes materiales y sus tensiones, los diferentes humores o la ironía contrapuntística son claves en este Andante moderato, como también en el transicional y obsesivo tercer movimiento, de origen liederístico. Ambos movimientos centrales fueron expuestos con buena respuesta instrumental y cuidado detalle, pero poca incisividad en la lectura musical, lo que se tradujo en una cierta distancia y falta de emoción.

Pero el rumbo de la noche cambió radicalmente en la parte final de la sinfonía, concretamente en los dos últimos movimientos, de marcado carácter místico e innegable grandilocuencia expresiva, en los que Dudamel se mostró mucho más identificado y convincente, firmando una de las mejores interpretaciones que le hemos podido escuchar en Barcelona. Director y orquesta firmaron algunos momentos absolutamente sobrecogedores, como un Urlicht emocionante, cantado con expresividad y un timbre cálido y aterciopelado por la mezzosoprano Tamara Mumford. Fue el arranque de un final apoteósico, con un cuidadísimo y efectivo juego espacial entre orquesta y dos distintas secciones internas que crearon esa tensión característica de las grandes veladas musicales. Con el ambiente caldeado, una orquesta entregada y un Dudamel en su salsa, apareció, en su primera intervención y con un sonido milagroso, el Orfeó Català reforzado por el Cor de Cambra, ambos brillantes, así como la soprano Chen Reiss, a pesar de una entrada dubitativa.

La apoteosis mahleriana, en forma de Resurrección, se apoderó de un Palau que vivió los últimos compases con devoción para estallar, al final, en estruendosa (y sin duda precipitada) ovación que homenajeó durante largos minutos a los intérpretes y a un Dudamel que, a pesar de las objeciones expuestas, va creciendo lenta pero inexorablemente como director. Afortunados los barceloneses, que hemos podido, durante estos años, contemplar de cerca su evolución. Y más afortunados aún si esta vinculación permanece y se refuerza en los años futuros.

 

 

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