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Maravilla y costumbre

Verona. 04/07/19. Arena di Verona. Verdi: Il trovatore. Yusif Eyvazov (Manrico). Anna Netrebko (Leonora). Luca Salsi (Luna). Dolora Zajick (Azucena). Riccardo Fassi (Ferrando). Elisabetta Zizzo (Ines), entre otros. Orchestra e Coro dell'Arena di Verona. Franco Zeffirelli, dirección de escena. Pier Giorgio Morandi, dirección musical.

No muchos días antes de presenciar su Trovatore en la Arena de Verona, el director de escena - y cinematográfico - Franco Zeffirelli nos decía adiós. Su firma es parte indeleble de la historia escénica de la ópera. Un sentir y una forma de entender el teatro (sobre su forma de entender la libertad y la vida, mejor dejarlo pasar aquí) que han marcado toda una época. Los amantes del cartón piedra y la fidelidad máxima al libreto vibran aún con él, en unas puestas en escena hiperrealistas, donde la opulencia siempre ha sido marca de la casa. Algunos de sus montajes son tan históricos como impresionantemente bellos: Bohème, Turandot, tal vez Carmen u Otello... Un teatro que siempre debería tener su espacio sobre los escenarios, aunque para quien firma (ya lo he comentado en redes sociales y es justo que lo indique aquí también) haya una cada día más lejana maravilla en ello. Reconozco haberme dormido tan sólo en dos ocasiones en la ópera; una de ellas con su antiguo montaje de La traviata. Eso no quiere decir absolutamente nada, ni para el mal de Zeffirelli, ni para mi propio bien. En realidad, en una tercera ocasión en la que caí en los brazos de Morfeo, con Carmen en el Teatro de la Zarzuela a los siete años de edad, caí prendado de una voz y de un género que me acompañan ahora día a día. El caso es que en los montajes del italiano, a cada día que pasa, lo maravilloso como hecho consuetudinario tiene más y más peso, convirtiéndose casi en una pieza de museo a la que admirar, que nos hable de historia, pero que ya no participe de ella.

En concreto, esta puesta para Il trovatore goza de los grandes fastos de la Arena de Verona, con un despliegue impresionante en los números de los zíngaros (ojalá algún día sin caballos sobre el escenario), una dirección de actores muy básica, muy a la antigua y en pro de la voz, con algunas decisiones no muy acertadas sobre la cultura española, totalmente erradas y un vestuario por momentos bellísimo y por momentos horterísimo; lo que viene a resumir la labor de Zeffirelli a grandes rasgos. Con todo, una escena mucho más disfrutable que la que se solapó durante los mismos días en el Teatro Real de Madrid, firmada por un regidor que precisamente viene a renegar un tanto del italiano.

Para maravillosa costumbre, la que viene realizando Anna Netrebko. Su Leonora es estratosférica, incluso cuando se muestra reservada e incluso, por momentos, rutinaria. Un timbre suntuoso, pastoso, oscuro, con un registro grave portentoso y una inteligencia y musicalidad a la altura de las más grandes. Su página de salida bipartita tuvo muchos quilates (aunque no sobreagudos, como tampoco en el terceto que le sigue) y vino a demostrar cómo su voz iba a llevarse por delante a todos sus compañeros y al campanero de la catedral si se le ponía a tiro. Netrebko es un portento. No hay más. Y en el Cuarto acto saltó la banca. Su fraseo, ese registro grave tan sólido y sus vaporosos ascensos, su fiato incólume... dibujaron no sólo un Miserere y un D'amor sull'ali rosee antológicos, sino todo un acto que los arcos de la Arena no van a olvidar en mucho tiempo.

A su lado, Yusif Eyvazov presentó un Manrico de ida y vuelta. Quiero decir, por momentos convencía hasta a la lámpara (o el foco, aquí), y sin embargo, en otros presentaba un personaje desdibujado. Su acento y el fraseo en ocasiones estaban por debajo de lo requerido, mientras que en las páginas más conocidas, como el Ah si ben mio y la consiguiente Pira, dejó constancia de un trabajo pormenorizado, un tanto al estilo de las divas y los divos antiguos de teatro, que sabían dónde lucirse más para recibir el aplauso del público. Con todo, el timbre carece del brillo necesario para resular completamente atractivo, nada que no supere su intencionalidad; eso sí, cuando la pone. Quien desde luego sabe perfectamente que teclas, botones y mecanismos pulsar para resultar eficientísima y teatralísima es Dolora Zajick. Algo de ello pudimos comprobar recientemente en su Laura de La Gioconda en el Liceu y con su Azucena, un personaje que ha rodado por medio mundo, encontramos un estilo similar. El registro medio cada día más mermado a causa de la edad, aunque esta última, a la escucha está, sea un valor seguro. Por su parte, Il Conte di Luna de Luca Salsi no tuvo su mejor noche, con una emisión afectada y una línea de canto no del todo homogénea, aunque pudo disfrutarse de un timbre siempre sugerente y un músico honrado en su quehacer.

Si durante la misma semana, Ciampa creó una Aida atmosférica y sutil y Oren una Carmen intensa y colorista, Pier Giorgio Morandi jugó la carta del servicio al canto, plegándose a las necesidades de los cantantes y las vicisitudes del enorme espacio, resultando una lectura siempre correcta.

 

 

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