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Petrenko Berliner agosto19 S.Rabold 

Una nueva energía

Kirill Petrenko y la Filarmónica de Berlín inauguran una nueva era

Berlín. 23/08/2019. Philharmonie. Obras de Berg y Beethoven. Berliner Philharmoniker. Rundfunkchor Berlin. Marlis Petersen, soprano; Elisabeth Kulman, mezzosoprano; Kwangchul Youn, bajo; Benjamin Bruns, tenor. Dir. musical: Kirill Petrenko.

Cuando en el verano de 2015 los Berliner Philharmoniker escogieron a Kirill Petrenko como su nuevo director titular apostaron por un rumbo diverso, dando un giro al timón de su historia reciente. Con Simon Rattle la orquesta había ampliado sus horizontes y vivió días felices pero su idilio venía agotándose poco a poco. De modo que con honestidad, valentía y arrojo decidieron adentrarse en una nueva era, dejando a un lado a una amplia panoplia de candidatos -unos más reales (Thielemann, Nelsons, Barenboim) y otros más ficticios (Dudamel)-. Aún a riesgo de equivocarse, querían descubrir otros horizontes, otra manera de hacer y comprender la música, en suma. Y eso es precisamente lo que Petrenko trae consigo, como bien sabemos quienes llevamos más de un lustro siguiendo de cerca sus andanzas, singularmente en Múnich, en el foso de la Bayerische Staatsoper.

Kirill Petrenko no es exactamente un revolucionario, porque en su manera de proyectar la música hay también una indudable regresión al origen, una búsqueda que indaga en los principios más elementales. Más bien, pues, es un raro hechicero que fascina sin recurrir a los focos, sin seducir a las masas. Simplemente encandila por cómo se enfrenta a las partituras y también, qué duda cabe, por su gesto enfático y sumamente teatral, comunicativo como pocos. Pero si algo fascina en él es esa impresión que siempre traslada al oyente de estar escuchando una partitura, por conocida que sea, como si fuese la primera vez. Petrenko es el signo de un nuevo amanecer en el mundo de la dirección orquestal, el síntoma más acabado y revelador de un recambio generacional que se está culminando.

El presente concierto, inauguración de la temporada 2019/2020 y toma de posesión oficial de su puesto como maestro titular de los Berliner, representaba un día histórico. Y quizá nada mejor que lo que sucedió al final para sintetizar en pocas palabras lo que se vivió en la Philharmonie. Y es que todo el público en pie saludó como un triunfo indudable la llegada de Petrenko a Berlín -el regreso más bien, si atendemos a sus días en la Komische Oper-. Créanme, nunca había visto allí a toda la sala alzarse al unísono como activada por un resorte, ipso facto, apenas acabó el concierto. Como tampoco recuerdo a los músicos aplaudiendo a su director con entusiasmo, cuando el público reclamó a Petrenko con más aplausos para ovacionarle a escenario vacío. 

La presión era palpable aunque había algo de indudable y ansiosa celebración en el ambiente. La expectativa es grande y viene preñada de confianza: tanto los músicos como la audiencia berlinesa parecen convencidos de haber escogido bien. Viéndoles hacer música juntos, pareciera hoy que el encuentro entre Petrenko y los Berliner era inevitable. El maestro ruso se antoja ilusionado y convencido. A priori, nada puede salir mal.

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Dicho lo cual, quizá la Novena de Beethoven que escuchamos ayer en Berlín no fuera la mejor (qué demonios querrá decir eso, por cierto…) pero sin duda fue única. Y aun lo será más con el rodaje propio de la gira que ahora emprende la Filarmónica de Berlín por diversos festivales europeos (Salzburgo, Lucerna, Bucarest). Petrenko es un maestro  minucioso hasta lo obsesivo, ya lo ha demostrado en numerosas ocasiones. Y su Beethoven posee una intensidad extraordinaria. No se contenta simplemente con plantear tiempos más o menos ágiles, o dinámicas más o menos marcadas; lo que Petrenko busca es un sonido nuevo, aletargar la partitura hasta hacerla sonar como nunca antes y al mismo tiempo tal y como está escrita. No hay en su Beethoven esa grandiosidad grandilocuente de antaño. Pero hay una precisión, una contundencia y una transparencia inusitadas. Y un aire liviano e ingravido que nadie se esperaba en estos acordes.

Su manera de trabajar con maderas y metales, por ejemplo, es reveladora. Jamás se habían escuchado algunas notas, como si yacieran ahí escondidas entre una maraña de sonidos, sepultadas bajo las grandes líneas de las cuerdas. Petrenko las rescata y las restituye con un color y un valor musical asombrosos. Y todo ello dentro de una construcción enormemente fluida, con unas transiciones resueltas con verdadero virtuosismo por los filarmónicos, incluído el violista murciano Joaquín Riquelme y el violinista madrileño Luis Esnaola. Hubo momentos terroríficos, tempestuosos, como en el primer movimeinto y en el arranque del cuarto; instantes trascendentales y emotivos, en el Adagio; y pasajes delirantes, como ese esperado final con la intervención de coro y solistas, con los atriles desatados, con Petrenko al borde del paroxismo. Una Novena sin igual.

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Tanto el cuarteto vocal reunido para la ocasión (Marlis Petersen, Elisabeth Kulman, Kwangchul Youn y Benjamin Bruns) como el Rundfunkchor Berlin rindieron a un nivel espléndido. El concierto se había abierto con al Suite de Lulu de Alban Berg, seguramente en un guiño del propio Petrenko a su clara vocación por la ópera. No en vano él mismo es un maestro forjado en el foso, desde la Volksoper de Viena a la Bayerische Staatsoper de Múnich, pasando por el Staatstheater de Meiningen y la Komische Oper de Berlín. Petrenko siempre ha dirigido la música de Berg, como en general la de los autores del primer tercio del siglo XX, con un enorme convencimiento, con el mismo empeño que si se tratase de grandes clásicos del repertorio romántico, asumiendo que de algún modo ellos mismos son ya por derecho propio nuestros clásicos, a cien años vista. Esta Suite de Lulu es enormemente compleja, desde cualquier punto de vista: atonalismo y dodecafonismo, el influjo postmahleriano, un raro romanticismo, la audacia sinfónica y la contención teatral...  Y quizá pasase algo inadvertida de hecho al lado nada menos que de la Novena de Beethoven, pero lo que Petrenko y los Berliner hicieron con esta partitura ayer fue extraordinario, devolviendo a la obra un perfume fascinante, incluyendo la intervención de Marlis Petersen, artista residente de la Filarmónica de Berlín durante esta temporada y con quien Petrenko ha colaborado recientemente con la Salome de Múnich, además de la Lulu de 2015. 

Larga vida pues a este nuevo matrimonio artístico, que arranca lleno de empuje y energía. No hay mejor receta que esa para que las cosas lleguen a buen puerto. Dedicación, confianza y aprecio mutuo. De eso nos hablaron ayer los Berliner y Petrenko a través de un concierto memorable.

 

 

 

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