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Un milagro

Múnich. 01/12/2019. Bayerische Staatsoper. Korngold: Die Tote Stadt. Jonas Kaufmann (Paul). Marlis Petersen (Marietta). Andrzej Filoncyk (Frank/Fritz). Jennifer Johnston (Brigitta). Mirjam Mesak (Juliette). Corinna Scheurle (Lucienne). Manuel Günther (Gaston/Victorin). Dean Power (Graf Albert). Simone Stone, dir. de escena. Kirill Petrenko, dir. musical.

Devastado como espectador, presa de una emoción intensa y rara, como necesitando que alguien me pellizcase para salir de la perplejidad. Así me econtraba al caer el telón de esta representación de La ciudad muerta de Korngold en la Bayerische Staatsoper de Múnich. En estas páginas, cada vez que escribo una crítica, intento evitar la referencia a mis propias emociones, quizá llevado por la equívoca ilusión de que es posible sostener argumentos sólidos y objetivables que vayan más allá de las impresiones personales. Pero no, es inutir negarlo: la única realidad está en las emociones y el teatro es su espacio natural. Cuando aceptamos el juego de sentarnos en una butaca es porque asumimos que lo que suceda sobre las tablas puede transformarnos en algún sentido, siquiera momentaneamente, por unos instantes. Y quizá estemos tan acostumbrados a que eso no suceda que, cuando pasa, no salimos del asombro. 

Les soy franco, sin trampa ni cartón, si les digo que me sentí desolado, contrariado y profundamente triste a lo largo de esta representación. Es tal la intensidad que se superpone por capas: la inquietante historia original de Georges Rodenbach (Bruges-la-Morte, 1892), la increíble e inspirada música de Korngold, la descollante batuta de Kirill Petrenko, la atinadísima producción de Simone Stone y las interpretaciones de Jonas Kaufmann y Marlis Petersen. Como una cebolla, inundándome los ojos de lágrimas conforme descubría sus capas.

Este obsesivo thriller psicológico, el mismo que daría lugar más tarde a la cinta Vértigo de Alfred Hitchcock, pocas veces se ha visto recreado en escena con semejante fuerza y acierto. Habría que remontarse a la icónica producción de Willy Decker para encontrar algo semejante. La propuesta de Simon Stone es fantástica y en contadas ocasiones puede decirse esto, de forma tan contundente. Aunque no sea estrictamente una nueva producción para Múnich, ya que un trabajo semejante a este pudo verse ya en 2016 en Basilea, en aquella ocasión el propio Stone no pudo estar tan encima de su propuesta como hubiera querido, de ahí que puedan considerarse estas funciones de Múnich como la première genuina de su intención original.

En muy contadas ocasiones una dirección de escena se ajusta de manera tan estrecha, íntima e intensa a la música y al libreto de una ópera. Con escenografía de Ralph Myers y vestuario de Mel Page, la acción se convierte en una espiral psicológica -por fin alguien saca partido de la tan manida idea de una escenografía giratoria-. Paul vive obsesionado con la muerte de su esposa, víctima del cáncer. Su casa es lo más parecido a un museo cuajado de sus recuerdos. La representación logra confundir el ensueño y la realidad de un modo verdaderamente torturador. El personaje protagonista, contrariado y apesadumbrado, se derrumba ante los ojos del espectador, presa de un soledad inconsolable con la que es inevitable empatizar. Stone dirige con sutileza, sin dejar el más mínimo detalle al azar. La producción es un genial engranaje donde libreto y música encuentran su horma perfecta.

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Jonas Kaufmann ha soprendido a propios y a ajenos con un rol, el de Paul, que se ajusta a sus medios como anillo al dedo. Pareciera verdaderamente que Korngold hubiera podido pensar en él para componer esta parte: la línea vocal, el color del timbre, la naturaleza de la emisión, todo se encamina hacia una encarnación histórica de este complejo y torturado personaje, que el tenor bávaro recrea con una intensaidad escénica extraordinaria. Inaudito. Increíble. Admirable. Todo lo que se diga de su Paul se quedará corto. Sin duda, uno de los trabajos más asombrosos de toda su carrera profesional, precisamente ahora que no deja de ser cuestionado por quienes parecen poner fecha a su ocaso. Este Paul es la mejor manifestación de su espléndida madurez.

A buen seguro Marlis Petersen no posee los medios que idealmente se requieren para cantar la parte de Marietta (es inevitable pensar en Anja Harteros, escuchando esta obra en Múnich, pero el destino es caprichoso). Dicho lo cual, lo que Petersen hace con su voz está lejos de poderse poner en cuestión. Rara vez una intérprete logra una mimetización tan íntegra y tan camaleónica con un rol, hasta un punto en el que verdaderamente desaparece toda sensación de estar ante una mediación. Petersen es Marietta y por sus poros transpira esa rara mezcla de extrañamiento y familaridad, esa amalgama de lirismo y fiereza. 

El encuentro entre estos dos artistas, Kaufmann y Petersen, roza lo milagroso. La maratón física y emocional a la que se someten mutuamente no suscita otra cosa que asombro y agradecimiento. La variedad de acentos, la infinidad de colores, la evolución dramática de de sus personajes... la lista de virtudes no tendría fin. Me quedo no obstante con dos momentos: por supuesto la canción de Marietta, donde sucede algo que no se puede expresar con palabras, una sensación que recorre al oyente de los pies a la cabeza, irrefrenable el llanto; y la última escena con el tenor bávaro desgranando su extenso monólogo, en sintonía memorable con el foso, Petrenko a sus pies y Kaufmann entregado a su servicio. Sin palabras. Excelente, por último, como es costumbre en es teatro, el plantel de secundarios y comprimarios, destacando sobre todo el buen hacer de las féminas: Jennifer Johnston (Brigitta), Mirjam Mesak (Juliette) y Corinna Scheurle (Lucienne). 

Como ya apuntaba, en el foso, una vez más el milagro a manos de Kirill Petrenko y la orquesta titular de la Bayerische Staatsoper. Esta compleja partitura se resuelve aquí con una naturalidad asombrosa, con un infinito caudal de dinámicas, un verdadero sube y baja emocional, que arrastra consigo al espectador, con una intensidad que no cesa. El particular expresionismo de Korngold, cuajado de vanguardia, se formula en manos de Petrenko como si fuese algo mágico. Y no lo digo por recurrir a un calificativo fácil; es que se tiene verdaderamente la impresión de estar asistiendo a un ritual, practicamente a un encantamiento.

Hacía mucho que no sentía una emoción tan honda y tan genuina en un teatro, de esas ocasiones que se cuentan con los dedos de una mano. La Bayerische Staatsoper ha vuelto a obrar el milagro, bajo la astuta tutela de Nikolaus Bachler y recurriendo a las combinaciones de éxito ya exploradas antes. Seguramente Kaufmann no se hubiera atrevido con este rol de no tener a Petrenko en el foso; y éste no se hubiera visto confiado en levantar esta obra de no contar con dos actores/cantantes tan consumados como el tenor muniqués y la soprano Marlis Petersen, con quien ya había obrado el milagro anteriormente en al menos dos ocasiones, con Lulu y con Salome. Los milagros existen y a veces suceden en Múnich.

 

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