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Fanciulla Scala Carsen

Amor e intelecto en el lejano oeste

Milán. 06/05/2016. Teatro alla Scala. Puccini: La Fanciulla del West. Barbara Haveman (Minnie), Roberto Aronica (Dick Johnson), Claudio Sgura (Jack Rance), Carlo Bosi (Nick), Gabriele Sagona (Ashby), Alessandro Luongo (Sonora) y otros. Dir. escena: Robert Carsen. Dir. musical: Riccardo Chailly.

Si por algo se recordarán estas funciones de La Fanciulla del West de Puccini en el Teatro de la Scala de Milán es sin duda por el absoluto capolavoro que Riccardo Chailly desarrolla en el foso del teatro. Absolutamente prodigiosa su dirección musical, refinada y colorista, propia de un intelectual que no se limita a diseccionar la obra con guantes y gafas de pasta sino que asume el reto de revitalizar a Puccini como un orfebre minucioso, lejos de esa imagen banalizada del genio de Lucca que ha llegado a nuestros días, convertida su música en ocasiones en un pálido y grueso reflejo de la suma y compleja riqueza que de hecho atesora.

De entrada Chailly acierta al situar la partitura en los albores del siglo XX, esto es, en el horizonte nuevo que se abría durante esas décadas, con un Puccini en el que se anticipan los discursos de Schönberg o de Mahler al tiempo que se recogen los ecos de Debussy o Strauss. La orquestación es de una riqueza y complejidad que asombran. Y sin embargo Chailly vuelve todo ese tejido transparente y lúcido, subrayando la propia narratividad que anida en la música, que no es un mero sustento o acompañamiento para la línea vocal sino que tiene una personalidad propia casi inédita en Puccini. Chailly va del ímpetu a la caricia y consigue transmitirnos la idea de que todo eso está ya escrito y predeterminado en la música.

El componente folclórico, ese mismo que preside también Butterfly, Turandot o Tosca, en cada caso a su manera, encuentra en manos de Chailly la dosis justa, el equilibrio perfecto para resaltar lo pintoresco de las coordenadas del libreto pero sin caer en el exceso de la caricatura. Por otro lado, Chailly sabe respirar con los cantantes y los mima (prodigioso el sonido acolchado que consigue en torno al aria principal del barítono), construyendo una teatralidad que fluye constante, generando una cadencia intrínseca, como un torrente de sonido que se pliega y se despliega como si fuese un acordeón, cuando en realidad es producto del centenar de atriles dispuestos en el foso -con una orquesta titular de la Scala en estado de gracia, dicho sea de paso-.

Se ha comentado mucho, asimismo, la decisión de Chailly de restituir el original de Puccini, sin los cortes incorporados por Toscanini para el estreno en el Met y asumidos desde entonces por la tradición. En una entrevista con el propio Chailly en el programa de mano de la velada, éste afirma que en total se trata de 1.000 cambios, entre mínimos y significativos, que afectan tanto a la orquestación de algunos pasajes como a la recuperación de otros previamente suprimidos. Se elimina también la cadenza que cierra el “Or son sei mesi” del tenor, en el segundo acto, y que Caruso había añadido de su propia cosecha, quedando también desde entonces como un fragmento que nadie ha cuestionado. En conjunto el oyente no advierte, sin embargo, cambios significativos, más allá del indudable valor filológico que tiene la apuesta de Chailly, dentro de su apuesta por Puccini, iniciada el año pasado con Turandot y que proseguirá con Madama Butterly en la apertura de la próxima temporada.

Dicho todo lo anterior, el resultado final es una versión musical para el recuerdo, de una capacidad analítica propia de un intelectual y con una sutileza singularísima para la emotividad, lejos de la brocha gorda que preside tantas veces las representaciones de las óperas de Puccini. Parece que Chailly sabe bien, como dice la propia Minnie, que “l´amore è un´altra cosa”.

Entregada, segura y voluntariosa, Barbara Haveman firmó con su debut en la Scala, a buen seguro, una de sus mejores noches. Muy por encima de su reciente Elisabetta de Don Carlo en Dresde, aquí Haveman se movió con más familiaridad por el complejo recitado pucciniano, que ciertamente no le pone tan contra las cuerdas como lo hacía el belcantismo verdiano, donde sostener el aliento es conditio sine qua non. Aquí no es menos importante, desde luego, aunque la teatralidad se construye desde otros parámetros, sobre todo en comunicación con un Chailly tan estimulante, con el que la soprano parecía entenderse a pesar de ser un recambio para la prevista Eva-Maria Westbroek. Haveman no posee, por descontado, unos medios singularmente atractivos ni potentes. Voz digna, sí, pero un tanto anónima, su Minnie convenció pues por sus arrestos, por darlo todo sin perder el control y aclimatándose al singular discurso planteado desde el foso.

No diremos que renacido, porque sería exagerar, pero sí muy por encima de las expectativas encontramos al tenor Roberto Aronica prestando su voz al papel de Dick Johnson. La voz sigue teniendo un timbre por momentos ingrato, aunque de reconocible color italiano y se despliega con soltura en el tercio agudo, que es precisamente donde más se espera del solista que asume este papel pucciniano, de escritura escarpada, con frases tan memorables como ese “Amai la vita e l´amo, e ancor bella m´appare”. Aronica resuelve el papel con solvencia, incluso con desahogo, lo que no es poco en el caso de un papel como este y un teatro como la Scala. Su próximo Calaf en el Festival de Peralada puede salvar los muebles con soltura.

A su lado se antojó mas bien discreto el Jack Rance de Claudio Sgura, con una voz situada más atrás y menos arriba de lo que debiera. Del extenso aunque discreto equipo de comprimarios destacó por méritos propios el buen hacer de Carlo Bosi como Nick y de Gabriele Sagona como Ashby. El coro masculino, tan importante en esta partitura, brilló como se esperaba.

En la dirección de escena, en recambio de Graham Vick -originalmente previsto y apartado del proyecto, según los rumores, por su intención de escenificar la ópera en un bar de ambiente gay- Robert Carsen apuesta sin embargo por un planteamiento clásico, nunca pretencioso, tampoco rancio, que vuelve a sugerir el parentesco, tan evidente, de esta ópera con el género cinematográfico del Western. Su propuesta, de hecho, se abre y se cierra en torno al cine, asistiendo el grupo de mineros a la proyección de “The Girl of the Golden West”, como si el celuloide de John Ford y compañía fuese para ellos ya el único medio para recordar a su añorada Minnie. La propuesta es poco estimulante pero tampoco transmite la idea de no aspirar a ser otra cosa que un trabajo convencional y poco reprochable, como de hecho se antoja.

 

 

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