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Petrenko Berliner 2020

Theatrum mundi

Berlín. 24/01/2020. Philharmonie. Mahler: Sinfonía no. 6. Berliner Philharmoniker. Kirill Petrenko, dirección musical.

Corría el mes de diciembre de 2014, hace ahora poco más de cinco años, cuando estaba previsto que Kirill Petrenko dirigiese su primer Mahler con los Berliner Philharmoniker. No era por aquel entonces, por descontado, el nuevo director titular de esta mítica formación. De hecho, aquella tanda de conciertos -precisamente con la Sexta de Mahler en el programa- tenía ecos de examen final, como si se quisiera poner a prueba su candidatura para el puesto que hoy ostenta. Y sin embargo, apenas un par de días antes de iniciarse los conciertos, Petrenko anuló su presencia y dejó Berlín súbitamente. Aquel episodio, hoy más o menos aclarado, pareció ser una espantada de dificil digestión. Pero la coherencia de los Berliner es contundente y al final Petrenko fue escogido para liderar su destino en los próximos años. Sea como fuere, podría decirse así que estaba pendiente que el maestro ruso y los Berliner se desquitasen tocando su primer Mahler juntos. Y parece evidente que ha merecido la pena esperar.

La trayectoria de Petrenko con la obra de Mahler viene desde muy atrás. De hecho lleva ya varios años acometiendo la integral de sus sinfonías con la Sinfónica de Vorarlberg, una formación con la que le ligan vínculos familiares, al ser la orquesta donde su padre encontró acomodo como violinista después de dejar Rusia. En mayo de 2019, Petrenko dirigió allí, sin ir más lejos, una asombrosa Octava de Mahler. Este director ha dedicado también a Mahler algunos de los programas sinfónicos más interesantes durante su paso por la Bayerische Staatsoper de Múnich. Es imposible olvidar aquella memorable Canción de la tierra que puso en pie junto a Christian Gerhaher y Peter Seiffert, en marzo de 2016, o una Quinta dificil de comparar, en junio de 2017.

Si tuviera que escoger una palabra para definir esta Sexta de Mahler que nos ocupa recurriría a un adjetivo: desconcertante. Verdaderamente incomparable, distinta a cualquier otra escuchada anteriormente. Petrenko ha demostrado que ha llegado a Berlín precisamente para cumplir con el mandato, no expreso, que todos entendimos que le había traído hasta aquí y que no es otro que el de sacudir nuestras referencias acostumbradas. Pero no por un prurito de originalidad, no por hacer de la excentridad su bandera; a Petrenko no le interesa gesticular, ni literal ni figuradamente. Hablo ya desde mi experiencia personal, en todos estos años siguiendo a Petrenko en Múnich. Si hay algo único en su batuta es esa impresión de entrega y dedicación sin contemplaciones. No importa lo que espere el público, ni siqueira importa lo que esperen los músicos. Para Petrenko no existen las expectativas. No hay más referencia que la verdad de la partitura. Pero no desde un plano historicista; no hablamos aquí de la verdad de la partitura como referente musicológico. Eso se da por supuesto y Petrenko es un mago a la hora de descubrirnos pasajes desapercibidos, con un manejo verdaderamente genial de los balances entre secciones. La verdad de la que nos habla Petrenko es emocional. La música es para él una cuestión puramente visceral. La música, desde su óptica, no se agota ni en el recorrido técnico (la pura ejecución) ni en el discurso intelectual (los academicismos no son su estilo).

Por eso el Mahler de Petrenko es tan especial. Porque seguramente no haya otro compositor tan visceral como el de Kaliste. Toda su música está atravesada por conflictos, tragedias, contradicciones. Quizá nunca antes, como con Mahler, la música había sido una vivencia. Y es ahí donde el encuentro con Petrenko tiene algo de sobrecogedor. Se ha insistido mucho en la clave psicoanalítica y autobiográfica como clave de bóveda para explicar e ilustrar la música de Mahler, como si tuviese siempre un desarrollo programático. Es evidente que hay algo de esto en sus sinfonías y su biografía nos ayuda a contextualizar la composición de cada una de ellas. Pero lo que hace universal el legado mahleriano, como el de todo gran talento, es su capacidad para trascender las glorias y tragedias particulares de su autor, hasta hacernos sentir la impresión de que su música habla de nosotros, con nosotros, para nosotros. Esa es precisamente la misma virtud que tiene Petrenko cuando empuña la batuta. Es tal su entrega emocional que la música se convierte en una vivencia que es imposible agotar en los términos de una mera ejecución instrumental. No hay lugar ya para el asombro; con Petrenko todo es conmoción, a veces hacia la tragedia, a veces hacia la celebración, en muchas ocasiones hacia el desconcierto, de un modo tal que cuesta identificar lo que sentimos, más allá de la certeza evidente de que se apodera de nosotros una emotividad fuerte, dificil de explicar.

Se ha repetido hasta la saciedad la idea de que Mahler aspiraba, con cada sinfonía, a contener el mundo en toda su complejidad. Petrenko asume esta premisa pero con un imperativo añadido en términos de teatralidad. En cada sinfonía hay una sucesión de vivencias emocionales y en consecuencia la partitura es el teatro del mundo. Y ese Theatrum mundi se refleja en la música de tal manera que ya no hay espacio para la mera ejecución musical. No es posible el asombro, no hay lugar para la espectacularidad, la vanidad no encuentra su sitio. Lo único que queda es un sentimiento trágico de una intensidad desconcertante, por momentos irónica, por momentos engañosamente desenfadada, casi triunfal, pero en realidad devastadora y honda, que invita a la reflexión y al cuestionamiento.

Más confiado que en la Novena de Beethoven que abrió su etapa como director musical de la Filarmónica de Berlín, Kirill Petrenko empieza a mostrar sus cartas. Ha venido para aquello para lo que le eligieron, ni más ni menos: se trata de enfrentarse a la música sin prejuicios ni expectativas, a tumba abierta. No siempre nos va a convencer pero siempre será auténtico. Y eso mismo es lo que parece adivinarse en el rostro de los músicos, con quienes la complicidad no deja de crecer, como en el punto álgido de una fascinación mutua que en realidad no ha hecho más que empezar. Escuchando a los Berliner, en ocasiones uno tiene que pellizcarse para salir del asombro. No es ya el descollante nivel técnico, ni siquiera la entrega denodada; se trata de algo más, verdaderamente dificil de nombrar, relativo a su compromiso ético y estético con la música. Es una cuestión de implicación, un factor diferencial que hace resaltar a los Berliner por encima de cualquier otro conjunto sinfónico. No es ya que sean los mejores, es que son los más auténticos y genuinos. Su apuesta no es por la excelencia -que va de suyo- sino por la verdad. 

Este concierto, como es habitual, se encuentra disponible en el Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín.

Foto: © S. Rabold

 

 

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