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  • © Matthias Baus
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SUEÑOS CRUZADOS

Berlín. 20/11/2015. Staatsoper. Schiller Theater. Wagner: Der fliegende Höllander. Michael Volle (Der Holländer), Camilla Nylund (Senta), Peter Rose (Daland), Andreas Schager (Erik), Anja Schlosser (Mary), Joel Prieto (Steuermann). Dirección de escena: Philipp Stölzl. Dirección musical: Markus Poschner.

Se reponía en la Staatsoper de Berlín la afortunada producción de Philipp Stölzl para El holandés errante que se estrenase en 2013 bajo al batuta de Daniel Harding. Stölzl, responsable entre otras cosas del reciente programa doble con Cavalleria y Pagliacci visto la pasada Pascua en Salzburgo o del Trovatore con Domingo y Netrebko que se escenificó precisamente en Berlín, acierta a decir verdad apoyando su trabajo en una idea inspirada, ciertamente ocurrente, pero que al final se queda en eso, en poco más que una ocurrencia fugaz. La idea en cuestión, para esta producción procedente de Basilea, no es otra que plantear el desarrollo de la acción como la confrontación entre dos sueños irredentos, dos frustraciones que convergen y que son como espejos la una de la otra. Hablamos por supuesto de los sueños cruzados de Senta y del propio Holandés. Así, ya desde la brillante obertura, observamos a una joven Senta, apenas adolescente, fantaseando con la historia del Holandés en un libro tomado de su biblioteca. Como si toda su vida ulterior se viese lastrada por esa fascinación, asistimos más tarde a su fallida historia sentimental, legada por su padre Daland en manos de un viejo acaudalado, al que la propia Senta confunde con el propio Holandés, como en un turbador sueño en el que Erik es sólo un estorbo. Entre fantasía y realidad se mueve pues esta representación, aunque con más fortuna teórica que práctica, más en el plano del discurso que en el de una plasmación teatral verdaderamente lograda. Y es que más allá de este eje que lo vertebra todo, demasiados momentos de la función dejan en el espectador la impresión de asistir un Holandés clásico y corriente, sin más ambición. Ya Harry Kupfer, en 1978, planteó en Bayreuth la trama del Holandés como si de un psicodrama de aliento cinematográfico se tratase. Stölzl incide en esta veta, buscando una vuelta de tuerca más y que finalmente se queda a medio camino.

La voz más notable de la noche fue para nuestra sorpresa la de Camilla Nylund, precisamente prestando su voz a Senta y sin duda en la función más redonda y lograda de cuantas le hemos escuchado. Interprete a menudo anónima y taimada, resuelve con inusitada facilitad y brillo la exigente partitura, mostrando un instrumento grande, timbrado, fácil y homogéneo, al servicio de un fraseo intenso y cuajado de un lirismo francamente evocador. A su lado, el veterano Michael Volle se enfrentaba al rol protagonista, una parte corta pero exigente. Siempre teatral, su recreación fue de más a menos en términos vocales: tras un exultante monólogo inicial su interpretación fue decayendo poco a poco hasta mostrarse verdaderamente fatigado ya en el final del dúo con Senta, con una voz cada vez más esforzada y que no terminaba de resolver el tercio agudo con solvencia. Es una pena que teniendo los medios ideales para esta parte, parezca ya que al rendimiento de Volle le penalizan algunas excursiones algo temerarias por otros repertorios, como ese Scarpiaque le escuchamos hace varios meses. En cambio, Peter Rose, que anunció cantar aquejado de un fuerte catarro, se mostró más resuelto y convincente de lo que cabía esperar. El tenor Andreas Schager, dueño de un material ciertamente poderoso, abunda en un concepto atlético del canto, del que casi se diría que alardea. Toda su técnica está orientada a obtener un sonido robusto, grande y brillante en el agudo, reduciendo con ello significativamente sus habilidades para modular y frasear con mayor riqueza de inflexiones. Su Erik, casi considerado a peso, tuvo mucho sonido pero poco interés. Solvente trabajo, por último, como Timonel del tenor puertorriqueño Joel Prieto, galardonado en el certamen Operaria en 2008 y al que muy pronto veremos como Tamino en el Teatro Real de Madrid.

La batuta apenas conocida de Markus Poschner, bregado sobre todo en los más que solventes teatros de provincias de Alemania, dirigió la partitura con un sonido firme y decidido, siempre compacto, algo pasado de decibelios, sin demasiado espacio para filigranas, pero eficaz en suma dentro de un concepto de la obra más incisivo que dinámico, que no es precisamente el nuestro pero que tiene su vigencia. Intachable respuesta de la Staatskapelle de Berlín, a la que siempre es un gusto escuchar, con ese color tan genuino, con ese calor broncíneo tan suyo.

 

 

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