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DonGiovanni OpusLirica2020 

Las exigencias de Mozart

Donostia. 21/02/2020. Palacio Kursaal. W. A. Mozart: Don Giovanni. Marcelo Guzzo (Don Giovanni), Xavier Casademont (Leporello), Alessandro Tirotta (Comendador), Ainhoa Garmendia (Doña Anna), Francisco Corujo (Don Octavio), Miren Urbieta-Vega (Doña Elvira), Juan Laborería (Masetto) y María Martín (Zerlina). Coro Donostia Opera (Director, Jagoba Fadrique), Orquesta Opus Lirica. Dirección musical: Iker Sánchez.

Hace casi cuatro años pudimos escuchar Don Giovanni en la Quincena Musical donostiarra y ahora éste ha sido el título elegido por Opus Lirica para proponer ópera a la capital guipuzcoana y mantener viva la llama de una temporada estable que parece languidecer por momentos. Hay una cierta tendencia a creer que Mozart puede proponerse como “compositor fácil” cosa que considero que se encuentra lejísimos de la verdad pues la música transparente del genio austriaco tiene la virtud –o el defecto, depende desde donde planteemos la cuestión- de exponer a los cantantes y enseñar sus limitaciones. Además, en el caso concreto de Don Giovanni estamos ante una obra maestra de la lírica, sí, pero nada sencilla y de importantes dimensiones.

En los días previos a la función que nos ocupa se informó de dos aspectos escénicos en torno a los cuales se planteaba el espectáculo: por un lado la presencia en el escenario de esculturas de Tomás Murua, escultor zarauztarra fallecido en 2016; y por otro lado, el carácter feminista de la versión propuesta. Pues bien, la presencia de las esculturas mencionadas en un foso de escasa profundidad situado en el centro del escenario ha terminado por condicionar la colocación de los cantantes de suerte y manera que en muchas ocasiones, y especialmente en la escena final, los solistas se situaban detrás, perdiéndose sus voces de forma más que evidente. La presencia de las esculturas tenía su coherencia teniendo en cuenta la importancia de la del Comendador al final de la ópera pero a uno le ha quedado la sensación de que las obras han sido infrautilizadas.

Lo del carácter feminista quedó pálidamente reflejado en unos puños alzados al estilo de la iconografía comunista clásica y que fueron proyectados al comienzo de la escena final. Además, la presencia de un sexteto femenino de danza simbolizaba la presencia activa de la mujer en el castigo final a Don Juan, hasta el punto de que son ellas y no el Comendador quienes arrastran al crápula hasta los infiernos. Cabe apuntar que la propuesta venía firmada por Pablo Ramos y Carlos Crooke, quienes al menos fueron capaces de ofrecer algo novedoso con los escasos medios de que disponían.

Lo de reflejar el feminismo en Don Giovanni es un reto mayúsculo porque por suerte la situación de la mujer en la sociedad actual y aun más en comparación con la conocida por el compositor allá por finales del siglo XVIII se está transformando de forma contínua. Quiero decir que intuyo que hoy poco hay que hacer para demostrar que Don Juan no tiene defensa alguna y que muchas de sus ideas reflejadas en el libreto hoy apenas tienen defensores públicos. Pero no olvidemos que en esta ópera una mujer como Zerlina pide a su amado le golpee con el único objetivo de mostrar su amor y su sumisión (Batti, batti) para con Masetto, cosa que en los tiempos que corren nos provoca cierto repelús con tan solo oírlo.

Comentábamos al inicio de la reseña que la exposición que sufre el cantante y más en un recinto bastante descarnado para las voces como el auditorio Kursaal donostiarra hace que sea importante proyectar bien la voz para poder llenar tanto lo exigido por el personaje como el mismo recinto. Y quizás aquí recayó el mayor problema para que disfrutáramos de un buen Don Giovanni. Porque Marcelo Guzzo tiene planta y un color adecuado pero, ¡ay!, ese volumen, esa dignidad exigible al personaje… Por momentos su voz aparecía redonda mientras que en otros, sobre todo cuando la acción se situaba atrás, apenas era audible. El momento más interesante me pareció su Deh, vieni alla finestra. Su alter ego Leporello, encarnado por Xavier Casademont, apostó por lo cómico, por lo actoral frente a lo canoro. Fue muy aplaudido por el público pero a mí no terminó de llenar en el aspecto estrictamente vocal. Teniendo como tiene una particela más grave que la de su amo, su voz palidecía por color frente a la del italiano. 

El resto de voces masculinas cumplieron. Francisco Corujo trató en sus dos célebres arias de plegarse al estilo mozartiano. Me gustó más en Il mio tesoro aunque por momentos el ocasional vibrato parecía enmarañar su línea de canto; en cualquier caso, buenas prestaciones las del canario aunque en los conjuntos su voz quedara en segundo plano. Juan Laborería hizo un Masetto solvente mientras que Alessandro Tirotta fue víctima de la disposición escénica en su gran escena; se intuía una voz adecuada en color y potencia pero apenas era audible desde mi localidad.

En lo que respecta a las tres mujeres hay señalar que, en términos generales, su actuación resultó mucho más redonda que la de los hombres. A pesar de que se advirtió al inicio de la función la indisposición de la soprano, lo mejor de la noche salió de la voz de Miren Urbieta-Vega, quien fue Zerlina en 2016, ahora ascendida a Doña Elvira. Una voz impactante, bien proyectada y que aunque sufrió puntualmente en la franja aguda, supongo que por la enfermedad anunciada, nos ofreció las mejores prestaciones, con una voz carnosa, consistente, de bellísimo color y que se ofreció sin tapujos en un Mi tradi sobresaliente. 

Ainhoa Garmendia que, ya se sabe, es bastante más que una mera soprano en este proyecto, construyó una Doña Anna de una pieza. En el Non mi dir sufrió ligeramente con la coloratura pero Garmendia tiene recursos y experiencia y puede considerarse un lujo para Donostia su presencia constante. María Martín, joven local, pudo con Zerlina hasta el punto de no desmerecer junto a sus dos compañeras. Insisto, muchos mejores resultados los conseguidos por ellas que por ellos, en términos generales.

El Coro Donostia Opera en sus breves intervenciones actúo con suficiencia y ello a pesar del extravagante vestuario de los hombres en la escena del Comendador. Iker Sánchez llevó con buen pulso la obra. Quizás en algunos momentos hubo cierto atropello (escena de presentación de Zerlina y Masetto, por ejemplo) pero se supo llevar el barco a buen puerto, lo que no es fácil en una obra tan compleja y larga. Muy interesante la labor de Borja Rubiños en el clave durante los importantes recitativos, con referencia a la Marcha de San Sebastián incluída.

El público donostiarra llenó en dos tercios el auditorio. No son los días de carnaval los mejores para pedir a nadie que se meta casi cuatro horas en un recinto para parar el tiempo y entregarse a Mozart. Seguro que alguien se nos quedó por el camino, pensando más en fiestas y disfraces que en la ópera aunque también supongo que Opus Lirica no tendrá demasiado margen de elección a la hora de concretar las fechas.

En cualquier caso Opus Lirica ya ha anunciado que el proyecto sigue para adelante. Esperemos que en las próximas semanas se nos informe de aspectos más específicos.

 

 

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