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La aspiración intemporal de lo clásico

La música de Benet Casablancas. Arquitecturas de la emoción. Javier Pérez Senz (ed.) Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.

En un año vertiginoso para Benet Casablancas en el que se suceden las novedades de un autor hiperactivo que cuesta de seguir, especialmente en un contexto cultural tan perezoso como el nuestro, este volumen destila una voluntad eminentemente enciclopédica. O si cabe, compiladora de numerosos retazos recogidos con criterio. En este sentido consigue ofrecer una imagen unitaria convocando una gran pluralidad de textos (sesudos estudios, sinceras semblanzas, emotivos panegíricos, nutridas críticas, iluminadoras entrevistas) y de autores, entre los cuales el propio Casablancas. Se trata en definitiva, como el propio Javier Pérez Senz bien define en la introducción, de “un retrato de la personalidad, la filosofía vital y las convicciones artísticas de un creador”.   

Ya en las primeras páginas Jonathan Harvey formula una interesante síntesis de su música en filiación con Haydn y el “tercer Schoenberg”, mientras que Cerha subraya ese “viaje hacia sí mismo”, una de las lecciones capitales de su magisterio, y Kinderman pone el foco en el carácter irónico de su obra entendido desde la armonización de contrarios. Destaca también, en este apartado, el meticuloso texto de Yvan Nommick que define al compositor como “un arquitecto de formas expresivas”. Resultan muy valiosos los cinco escritos sobre música del propio Casablancas. Por destacar uno, “La música en la condición humana” donde se desliza, junto al “sortilegio demoníaco” de la música de tono fáustico, la reivindicación de ideales ilustrados con claridad palmaria. También el humanismo tiene un lugar preponderante en el programático “En defensa de las humanidades”, el mismo que se sitúa entre la civitas ciceroniana y el europeísmo erasmista, de más valor aún cuando vive hoy sus horas bajas.

Mención aparte merecen los estudios analíticos de Víctor Estapé– que arroja luz sobre la evolución de su obra– y de Germán Gan, una sugestiva aportación sobre las prácticas intertextuales de Casablancas, así como las elocuentes observaciones de Antoni Pizà. Lo mismo se puede decir del abrumador y casi definitivo análisis que Benjamin Davies hace del lenguaje armónico en Darkness Visible (2008) para orquesta. El capítulo dedicado a la relación con las artes plásticas abre numerosas ventanas de reflexión, y la correspondencia aporta tintes de color a la trayectoria personal y creativa del autor. La decisión eso sí, de incluir algunos de los manuscritos sin transcribir hace impracticable la lectura de las palabras de Joaquim Homs, Joan Guinjoan, Cristóbal Halffter, Luis de Pablo y Narcís Bonet.    

Si se puede definir en una palabra algo que caracteriza la obra de Casablancas y la distingue en su entorno es la de madurez. Lógicamente la aplicación del concepto no es mía sino de T.S. Eliot, quien hace casi una centuria identificaba en ella el principal requisito de todo lenguaje clásico. Sabemos que los auténticos creadores dibujan un horizonte que nunca llegan a atrapar: en ello radica su grandeza y su miseria. Pero una aspiración reiterada y constante termina por dibujar una trayectoria que con la suficiente perspectiva temporal, se termina pareciendo a dicha aspiración. La suya es la de un clasicismo siempre renovado y atemporal, una idea reguladora que vuelve una y otra vez como la resaca del agua en forma de contraola, fruto de una conciencia histórica. El acertado subtítulo de “Arquitectura de la emoción” recoge en una expresión esa búsqueda de equilibrio, esa búsqueda inagotable de elementos constructivos en la tradición –leída de modo nada reverencial y sí desde esa suerte de “presente eterno” del que habla la tradición hermenéutica– para seguir reencontrando en la actualidad la dimensión expresiva y comunicativa de la música. Un texto de 1999 que recoge este volumen (“Componer hoy”) es inapelable en esa dirección, al hacer balance del siglo XX y contemplar “una vertiginosa y no siempre razonable acumulación de desarrollos”.  

Más allá de una edición en muchos sentidos notable, se pueden hacer algunas observaciones. Desconocemos las razones de la editorial pero el formato del libro no es nada manejable (quizás porque un tamaño más reducido hubiera doblado el número de páginas que en este formato ya sobrepasa las trescientas). Menos lógico parece el emplazamiento de las traducciones españolas de los textos de Harvey y Kinderman junto a un resumen de la aportación de Davies, a una distancia de muchas páginas (es decir, al final del libro y no a continuación de los originales en inglés).

Por otra parte, si hay algo en particular valioso del volumen son los apéndices, que recogen una pormenorizada cronología biográfica de más de cuatro décadas, desde sus años de estudio en el Conservatorio Municipal de Barcelona en 1976 hasta el estreno de su primera ópera L’enigma di Lea en febrero del 2019 en el Gran Teatro del Liceo, además de una amplia selección de su catálogo (con espíritu didáctico, incluyendo las que se consideran “obras fundamentales”), su discografía y sus textos. En resumen, un punto de referencia al que siempre será útil acudir para acercarse a su legado.  

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