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Il segreto per esser felici

Bérgamo. 22/11/19. Teatro Sociale. Festival Donizetti. Donizetti: Lucrezia Borgia. Carmela Remigio (Lucrezia Borgia). Xabier Anduaga (Gennaro). Varduhi Abrahamyan (Maffio Orsini). Marko Mimica (Don Alfonso). Manuel Pierattelli (Liverotto). Alex Martini (Gazella). Roberto Maietta (Petrucci). Daniele Lettiere (Vitellozzo). Rocco Cavalluzzi (Gubetta). Federico Benetti (Astolfo). Edoardo Milletti (Rustighello). Coro del Teatro Municipale di Piacenza. Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. Andrea Bernard, dirección de escena. Riccardo Frizza, dirección musical.

Porque perdonar tiene que ser, necesaria y casi forzosamente olvidar, hay cosas en la vida que no se perdonan, simplemente se aprende a vivir con ellas... o no. Quizá ese sea il segreto per esser felici. Al menos uno de ellos junto al no pensar en lo que vendrá después. Eso sí, cuidado con el vino con que lo celebramos, porque siempre habrá quien no piense igual y nos puede ir "la vida" en ello. Del perdón y el olvido, de la venganza y la maldición unidas indisolublemente a sus contrarios, nos viene a hablar, de alguna forma, Lucrezia Borgia.

En la impagable labor musicológica que lleva a cabo el Festival Donizetti, junto a la Fondazione Teatro Donizetti di Bergamo, en este 2019 asistimos a una nueva edición crítica de Roger Parker y Rosie Ward sobre una de las seis "grandes" del compositor italiano, cuyo título aparece grabado en su tumba de Santa Maria Maggiore (Elisir, Lucia, Bolena, Favorita y Linda di Chamounix completan las elegidas). En esta edición escuchamos la versión con el final ofrecido en la capital francesa, en 1840, de gusto y corte más teatral, menos hedonístico en términos generales, tal vez. En la presentación de la Borgia se incluye la cabaletta "Si voli il primo a cogliere" y se introducen páginas para Gennaro como la romanza "Anch'io provai le tenere smanie" al comienzo del segundo acto (en vez de "T'amo qual s'ama un angelo") y al arioso "Madre, se ognor lontano" antes de la última escena de la ópera, con ese "È spento" de Lucrezia que tanto recuerda al "È spenta" de Fernando al final de La Favorita

Es pues evidente que la musicología, siempre necesaria, se hace indispensable en títulos como este, que tanto y tan agitados han vivido, sobre todo en sus primeros años de vida, con una historia particular casi tan enrevesada como su propia trama y con una literatura vertida sobre sus páginas que dificultan el saber qué es realidad y qué romanticismo. Claras están las vicisitudes a las que compositor y libretista (Felice Romani, con otras célebres intervenciones donizettianas: Elisir, Bolena, Parisina...) tuvieron que hacer frente en cuanto a la estricta censura de la época se refiere. Durante los primeros años de vida y respectivas revisiones (en las que el compositor estuvo involucrado), trama, personajes, localizaciones y título tuvieron que ir modificándose para superar las trabas de la política y la Iglesia (que la tildaban la obra de obscena e inmoral). Así, Lucrezia Borgiza pasó a llamarse Eustorgia da Romano, Dalinda, Alfonso, duca di Ferrara, o Giovanna I da Napoli, entre otros sugerentes epígrafes. Por si esto fuera poco, al llegar a París (ese París que Donizetti tanto ansiaba), presentándose en italiano en la versión escuchada en Bérgamo, el mismísimo Victor Hugo, autor de la obra original, se querelló contra los artífices de la paralela adaptación francesa y Lucrèce Borgia tuvo que desaparecer, motivando otro nuevo título: Nizza de Grenada, con argumento en Turquía. Curiosa, por cierto y por otra parte, la similitud de esta Borgia con otro de los títulos victorianos por antonomasia de la lírica: Le roi s'amuse - Rigoletto y curiosas también las coincidencias en ciertos aspectos entre la obra de Verdi (1851) y la de Donizetti (1833).

A la realidad o a la literatura dejaremos la otra "censura" vertida sobre la partitura, con nombre propio: Henriette Méric-Lalande, primera Lucrezia y quien no entendía como, según los planes de Donizetti, una ópera "de verdad" podía terminar con la muerte del tenor en vez de con una gran aria para la prima donna. El de Bérgamo trató de convencerla para que entendiese que bastante les había costado evitar las acusaciones y cortes promovidos por su supuesta sordidez, como para que una madre se pusiese a soltar gorgoritos frente al hijo que acababa de matar. Lalande ganó la batalla, pero nosotros, con el paso del tiempo, el estupendo broche de Era desso il figlio mio.

FDT DO 2019 Lucrezia Borgia ph Rota GFR3254 1

Todo aquello sobre lo que puso el dedo la censura, Andrea Bernard viene a resaltarlo con una puesta en escena que hace hincapié en los escándalos del XIX. Vemos a la Iglesia, vemos un sueño de Gennaro inducido por opiáceos, borracheras, pechos de mujer al descubierto, peleas, sangre, vemos la (B)orgía a la que se hace referencia en el libreto... vemos una relación que va a mayores entre el joven protagonista y Maffio Orsini y le vemos intentando violar a su propia madre (se recupera también que esta aparezca con la máscara puesta en su primera escena); todo ello, por lo demás, en una propuesta minimalista, que juega al historicismo con la introducción de elementos modernos, como cunas de cadenas suecas o palos de golf.

La labor de recuperación, obviamente, no se queda en la remodelación de la trama y los números escogidos, sino que se escucha, también, en la forma que Riccardo Frizza tiene de llevar a la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. No me voy a cansar de repetirlo: si hablamos de bel canto en la actualidad, tenemos que hablar de ciertas voces, evidentemente, pero tenemos también que hablar de Riccardo Frizza. Ya sólo la forma de entender el Preludio del prólogo o en el concertante que lo cierra, los primeros compases del Tranquilla ei posa, el tempo di mezzo en la página de Don Alfonso, o la introducción al aria final de la Borgia, con una excelentísima cuerda grave en el proceder y en el concepto... El balance de Frizza en una música que se disfraza de noche y de baile para hablar oscuridad, amor y venganza, es ejemplar y verdaderamente disfrutable. El maestro italiano es garantía. Ahora acudirá hasta Chicago para acompañar a Sondra Radvanovsky en un tres recitales dedicados a la trilogía (tetralogía en realidad) Tudor de Donizetti y con ella, a continuación, se presentará en París, con Il pirata de Bellini cuya música llegó a escucharse en alguna reposición de Lucrezia, impuesta como aria de baúl, y al que servidor asistirá para contárselo a ustedes en Platea.

Sobre el escenario, la nueva participación en el Festival (tras Il castello di Kenilworth del año pasado) del tenor vasco Xabier Anduaga, en esta ocasión como Gennaro, fue lo más aplaudido de la noche. En este personaje que, a mi modo de ver, es complicado ya sólo por el anticlimax que representa (¡salir a escena para ponerse a dormir!), el conjunto inverosímil de acciones que le confiere el argumento y, obviamente, la belleza de una refinadísima particella, el donostiarra prosigue en su andadura belcantista, de nuevo con un centro de lo más sugestivo y unos agudos brillantes, además de una sobresaliente proyección que pone a prueba, incluso, a la acústica del Teatro Sociale. Es de esperar que, con el paso del tiempo, pueda ofecer mayor variedad en la acentuación y el fraseo, además de en su vis actoral, redondeando una labor, en cualquier caso, extraordinaria. Por su parte, el Don Alfonso de Marko Mimica presentó una voz noble y rotunda, estimable especialmente en Nel veneto corteggio... vieni la mia vendeta, que tanto recuerda a los momentos solistas de personajes verdianos que vendrían después. Dentro de la tónica de la corrección todos los comprimarios y muy adecuada Varduhi Abrahamyan como un Maffio Orsini que fue ganando enteros a medida que la función avanzaba (a pesar de algún traspié con el texto: "Maffio Orsini son io, son io"). Muy aplaudida en el brindis y regalando su mejor momento en el dúo con el tenor, con frases excelentemente construidas y de impecable belleza.

El personaje de Lucrezia Borgia tiene que dar mucho respeto (como todos, imagino), cuanto no cierto miedo. Aparecer en sus contadas ocasiones y barrer para casa. No sólo requiere un instrumento privilegiado, sino que además necesita de la fuerza del mejor teatro. Que fuese, además, el rol con el que descollase nada más y nada menos que Montserrat Caballé, por fueza ha de imponer (y no comparo artistas, hablo del personaje). Con estas premisas, Carmela Remigio (quien también destacó el año pasado en el anteriormente enlazado Kenilworth) terminó convenciendo en su debut, gracias sobre todo a su valentía y honestidad como música. Por delante su entrega dramática y su canto sincero, sin recurrir en ningún momento a lo espúreo y en el debe una protagonista que requiere mayor resolución en los pasajes más comprometidos vocalmente.

FDT DO 2019 Lucrezia Borgia ph Rota GFR3442 1

 

Fotos: Gianfranco Rota / Festival Donizetti.

 

 

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