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Sondra Liceu 2

Christmas Diva

Barcelona. 22/12/2016, 20:00 horas. Gran Teatre del Liceu. Recital de Sondra Radvanovsky. Obras de Donizetti, Vivaldi, Rachmaninov, Massenet, Bellini, Dvorak, Copland, Giordano, Cileà, Puccini, Loewe y Jurmann. Sondra Radvanovsky (soprano). Anthony Manoli, piano.

Siempre hay ganas de escuchar grandes voces en cualquier teatro de ópera, pero es cierto y sabido que en el Liceu, un teatro de reconocida tradición por el amor de su público por las voces, estas citas con figuras como la de Sondra Radvanovsky son esperadas con especial atención. Después de su debut en el teatro como Aida en 2012, tras su carismática Tosca en 2014, pero sobretodo con una inolvidable Norma en febrero del 2015, la cantante estadounidense firmó con este recital en fechas navideñas una de esas actuaciones que crean afición y que consiguen que el liceísta adopte a la cantante como favorita del teatro. Así ha sido y sigue siendo con nombres como los de Edita Gruberova, Eva Marton, Juan Diego Florez o Natalie Dessay por mencionar algunos. 

Ya en los pasillos se comentaba la posible indisposición de Sondra. La aparición en el escenario de la directora artística del Liceu, Christina Scheppelmann, confirmó que la soprano padecía un constipado, por lo que cantaría pero no en plenitud de facultades. Es cierto que en su aria de Maria Stuarda donizetiana, O nube, la voz no sonó fresca, con una emisión un tanto empañada, y que su legato se resintió visiblemente en alguna ocasión, pero Sondra tiene un instrumento privilegiado y es una artista valiente y honesta, pues acometió la cabaletta del aria, Nella pace, con temperamento y haciendo gala de esa voz de soprano lírica de color característico para cerrar una primera intervención generosa y atrevida. 

Seguramente para acomodar una voz tocada por la indisposición anunciada, Sondra anunció un añadido al programa incluyendo el aria de la ópera Bajazet de Vivaldi, Sposa son disprezatta, donde con la tesitura más bien central de la pieza, ayudó a aposentar la voz, calentando el instrumento y haciendo gala de esos resonadores y sonido en máscara, con una voz siempre presente y afilada. Con gran expresividad y una interpretación sentida y que mostró la madurez de una artista que se en encuentra en un momento dulce de su carrera, el público pudo comprobar a partir de aquí como la soprano se iba creciendo con cada pieza.

Las canciones de Rachmaninov, hermosas y de un encantador lirismo, sirvieron para que Sondra demostrara también su faceta con el lied, aunque en este caso el género del romance ruso sea de carácter más cercano a la ópera que al lied propiamente dicho. La Radvanovsky se destapó sobretodo con la melancolía expansiva de Ne poi, krassàvitsa y la frescura contagiosa de Vessènnie vodí. La voz sonó más desahogada, más homogénea y libre, pero sobretodo más segura y haciendo gala de ese timbre algo metálico pero con ribetes brillantes a pesar de la afectación vocal.

El final de esta primera parte donde la calidad fue in crecendo y se cerró con la gran aria de Massenet, Pleurez! Pleurez, mes yeux, de la ópera Le Cid, donde Sondra anunció que la dedicaba a Canada por su reciente nueva nacionalización a ese país de habla y tradición francófona. La densidad lírica y amplitud de registro de la escritura massenetiana se antojó idónea para las facultades de la soprano, quien supo matizar, frasear y dosificar con dramatismo y expresividad esta joya del romanticismo francés.

Con un ambiente totalmente entregado a la diva, quien apareció con nuevo traje, de un color verde muy navideño, comenzó la segunda parte del recital con tres preciosas canciones de Bellini. Piezas ideales para mostrar el control de la respiración, la intención de un fraseo cuidado y sobretodo la administración del sonido, con un uso espléndido de los reguladores y un gusto más que notable en el dominio de las armas canoras del belcanto más esencial. Brilló sobretodo en la reconocida La ricordanza, con el tema melódico del aria de la Elvira de I puritani.

Cuando la conexión de la audiencia y el artista se palpa en el ambiente, como fue el caso, siempre se crean momentos de una magia especial, como sucedió con el aria de la luna de la Rusalka de Dvorak. Ya sea porque es una de las arias favoritas de Sondra, que se la dedica siempre a su padre, que le dió su ascendencia checa, o porque la introspección de la interpretación se produjo aquí de manera esencial, fue sin duda uno de los momentos cumbre de la noche. La belleza de la nostalgia de la melodía, el sentimiento de la cantante, traspasó la sala del Liceu que aplaudió en cerrada ovación el canto hondo, sentido y de gran calidad de una soprano inspirada.

Bonito el contraste con la selección de las Old American Songs de Copland, que Radvanovsky incluyó en un variado programa que también sirvió como presentación de una personalidad cercana, pues habló, explicó y se rió con la audiencia del Liceu con una familiaridad desarmante. Aquí demostró con el repertorio de su país, que sensibilidad y sencillez no están reñidas con una teatralidad empática y el siempre difícil y ansiado canto natural sin imposturas ni amaneramientos. 

Cerró el programa oficial una sentida y dramática La mamma morta, del Andrea Chénier de Giordano, próximo rol que debutará en escena, donde acabó de mostrar las excelencias de su arte con un color idóneo, control y equilibrio de toda la tesitura, además de dramatismo exacto sin excesos ni sobreactuación. Pulcro pero algo aséptico, siempre atento a la cantante, acompañó con suficiencia y sensibilidad al piano, Anthony Manoli.

Público rendido a los encantos de la diva, simpática y muy comunicativa, la ovación final y los bravos, dieron como resultado cuatro bises, como cuatro soles. Un Io son l’umile ancella elegante y con un fraseo de primera, valiente, pues en ‘casa’ de La Caballé, cantar esta aria es virtud de gran artista. Siguió en contraste I Could Have Danced All Night del musical My fair Lady, donde Sondra demostró personalidad y carisma. Con un ambiente caldeado y excitado, llegó un hermosísimo Vissi d’arte de la Tosca pucciniana, otra vez un dechado de virtuosismo en la respiración y control de la tesitura. Por último, y en calidad de cierre navideño, ofreció la canción Beneath The Lights Of Home, de Walter Jurman, clausurando un éxito de audiencia y la sensación de que Sondra Radvanovsky ya es, por derecho propio, favorita del público del Liceu.

 

 

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