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Reivindicarse

Barcelona. 26/01/21. Gran Teatre del Liceu. Offenbach: Les Contes d'Hoffmann. Arturo Chacón-Cruz (Hoffmann). Roberto Tagliavini (Lindorf / Coppélius / Miracle / Dapertutto). Marina Viotti (Nicklausse / La Musa). Ermonela Jaho (Antonia). Olga Pudova (Olympia). Adriana González (Stella). Ginger Costa-Jackson (Giulietta). Francisco Vas (Spalanzani). Aleksey Bogdanov (Crespel), entre otros. Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Laurent Pelly, dirección de escena. Riccardo Frizza, dirección de orquesta.

Sin pensarlo demasiado, uno pronto llega a la conclusión de que cualquier artista vive siempre en el alambre, pues lo suyo, quiera o no, es una reivindicación constante. Ha de serlo a fuerza de varias razones, alguna menos grata que otra. Se pone a prueba el compositor cada vez que crea una nueva obra. Ante ella o él mismo, ante los músicos, ante el público. Por supuesto ha de reivindicar su valía el cantante cada vez que sale al escenario. Casi como si empezase desde cero cada día. Los aciertos pueden marcar una noche, los errores todo su futuro. También la batuta, la dirección de escena, cada atril desde el foso o sobre las tablas. Y con ellos, todos los que orbitamos en rededor de la cultura; incluso aquellos que, permítanme la osadía, desde nuestro oficio también albergamos algo de arte, por residual que este les parezca, e incluso pueda serlo. Reivindicarse en la creación y la interpretación, para avanzar o sobrevivir, van siempre unidos de la mano.

Tras un puñado de piezas orquestales que no son apenas recordadas hoy en día y más de un centenar de operetas (entre proyectos, realidades y revisiones), el ya venerable Offenbach comenzó a componer la que se tiene como su única ópera: Les Contes d'Hoffmann (aunque ya estrenara Las hadas del Rhin en 1864). Un tanto por probarse, otro tanto por la ambición del creador, otro tanto por reivindicarse como compositor. Es un poco como le ocurría aquí a los compositores de zarzuela, a menudo subestimados por quienes se centraban en la ópera o lo sinfónico. A Offenbach, como a todos, le sobrevino la muerte. A él le llegó antes de terminar los Contes, cuya edición es un puzzle que a menudo rompe la cabeza de editores y críticos. En realidad, ni siquiera Offenbach parecía tener aún claro que pretendía con estos cuentos, que han quedado como pequeñas exquisiteces francesas, cargadas de sutiles ambientaciónes y melodías. 

Todas ellas han encontrado en el Gran Teatre del Liceu un traductor extraordinario en la batuta de Riccardo Frizza. Empaste, narrativa, color, un cuidado primoroso de los planos sonoros (esmerado el italiano en el equilibrio de masas y voces en el Primer acto)  y una lectura en general con pulso, viva y sutil al mismo tiempo, cohesionaron todos los cuadros y regalaron una noche de ópera al servicio de las voces, lo que no es baladí. Sin duda, si en algún momento Josep Pons decidiese poner fin a su titulardiad en el Liceu, Frizza ha demostrado ya ser un digno sucesor en La Rambla (siempre que Dudamel encuentre suficiente el sueldo que le proponen en la Opéra de Paris), dirigiendo con mucha solvencia bel canto, Verdi y repertorio francés. Cierto que en el Liceu siempre se habla de su inquebrantable espíritu wagneriano (aunque precisamente haya sido Tannhäuser lo que han dejado caer esta temporada, mientras el Teatro Real sigue adelante con Siegfried), pero si Minkowski o Heras-Casado dirigen Wagner, ¿por qué no iba a tener algo que decir Frizza sobre el alemán? Estupendo, rotuno, el coro del Teatro.

En el escenario, la propuesta de Laurent Pelly termina por resultar algo insulsa. Mucho simbolismo, contrastes, pero en unas coordenadas que no parecen aportar ya nada nuevo, al igual que ocurrió con su reciente Falstaff en el coliseo madrileño. ¿Veremos a Pelly dentro de 30 años, como ahora miramos a Zeffirelli? No por ello su propuesta aburre ni es descabellada, ni mucho menos. Una vez más en él, estamos ante una presentación cuidada, pensada, en pro de la música. El francés ha firmado cosas  maravillosas: ahí están, por ejemplo, su emocionante Don Quichotte, la clásica Cendrillon, la divertidísima Hänsel und Gretel y... bueno, su Fille du régiment, que hoy por hoy es LA Fille; estos Contes, sin embargo, son, simplemente, bonitos.

Sea como fuere, batuta y escena sirven de lugar idóneo para las voces reunidas en el segundo cast reunido, compacto y homogéneo, de notables resultados. Como protagonista, el tenor Arturo Chacón Cruz, que gana enteros gracias a su comunicatividad, a su fraseo ardoroso, a su registro medio y a su teatralizado Hoffmann, muy bien delineado en lo dramático. Junto a él, Roberto Tagliavini encarnó a los cuatro malvados: Lindorf, Coppélius, Miracle y Dapertutto. Lo hizo con un instrumento homogéneo, de bajo-barítono, de timbre terso, oscuro, muy bien proyectado y cargado de sutilidades e inflexiones. Demostró un gusto impecable en el cantar en todo momento, significando una de las mejores bazas de esta producción.

Muy notables también las voces de mujer reunidas en torno al anti-héroe francés. Destacó sobremanera el canto sutil y dramatizado de Ermonela Jaho, en un segundo acto redondeado por la buena intervención de Aleksey Bogdanov como padre de Antonia. Muy acertadas también Marina Viotti como Nicklausse (y Musa) y Adriana González como Stella, de sendos timbres pastosos, cada una en su registro, y siempre en pro del drama. Suficiente la Giulietta de Ginger Costa-Jackson y estupendos todos los comprimarios, especialmente el Spalanzini de Francisco Vas. Por su parte y completando el reparto, también en esta función Olga Pudova sustituyó con gran solvencia técnica a Rocío Pérez como Olympia, sin que se anunciase por ningún medio, .

Por terminar también reivindicando, en una ópera como esta, con un hombre como protagonista y otro que canta cuatro papeles secundarios, en los saludos finales el Liceu recurrió a una mujer, mucho menos protagonista, para ir a buscar al director de orquesta sobre el escenario. El Teatro Real, en su reciente Don Giovanni, dejó por escrito a sus artistas que debían ser los protagonistas, Don Giovanni y Leporello, quienes acompañasen a los directores al finalizar cada función. En mi opinión, si el Liceu quiere conectar con el presente, mejor sería dejar de caer en lugares comunes en sus programas de mano, con frases vacías de Trump, Ghandi, Paris Hilton (¡en 2020-2021!)... y actualizar fórmulas que no atienden sino a tradiciones machistas y anticuadas. 

 

 

 Artista de la semana De la Rubia

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