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Capuleti Liceo DiDonato Ciofi

 

Cuando todo flota

Barcelona. 17/05/2017. Gran Teatro del Liceo. Bellini: I Capuleti e I Montecchi. Joyce DiDonato (Romeo), Patrizia Ciofi (Giulietta), Antonino Siragusa (Tebaldo), Simón Orfila (Lorenzo), Marco Spotti (Capellio). Dir. escena: Vincent Boussard. Dir. musical: Riccardo Frizza.

I Capuleti e I Montecchi no se cuenta seguramente entre las óperas más populares de Vincenzo Bellini. Se imponen a menudo Norma, I Puritani o La sonnambula como títulos más conocidos y frecuentados. Y sin embargo en estos Capuleti se esconden algunas de las melodías más inspiradas del genio de Catania. Si hay una partitura de su catálogo donde asistamos a la apología máxima de la melodía como hilo conductor de la expresividad, seguramente se trate de Capuleti por encima de todas las demás. Es cierto que el libreto de Felice Romani no tienen gran atractivo, pero la música de Bellini consigue suspender todas las suspicacias del espectador a base de pura inspiración melódica. 

Patrizia Ciofi lleva ya casi veinte años paseando su buen hacer por los escenarios de medio mundo. Su canto posee un singular magnetismo, que se impone seguramente por encima de las demás virtudes de su interpretación Lo que convence y maravilla en Ciofi es el concepto, muy por encima del material. Su belcanto, por entendernos, está en las antípodas del de una Netrebko, en el que la suntuosidad del instrumento es óbice incluso para un canto más preciso y etereo. Al contrario, el instrumento de Ciofi es como un junco flexible, que se deja mecer por el viento y que puede torcerse hasta el extremo sin que se rompa. Y así precisamente es también la melodía de Bellini, como un acordeón en miniatura que requiere una aquilatada mezcla de preciosismo y contemplación para que todo flote y el teatro entero se suspenda en una admiración constante. Ciofi encandila con un sonido dulce y fluido, de una rara fragilidad, ya desde el “Oh quante volte” y sobre todo bordando la escena del segundo acto, “Morte io non temo”, cuando su sonambulismo parece fundirse en escena con la filigrana vocal, como si todo en ella se moviera en un arriesgado equilibrio.

Joyce DiDonato posee los medios idóneos para servir al rol de Romeo, a pesar de algunas notas menos firmes en el tercio agudo y algunos sonidos un tanto espureos y destemplados, producto de una emisión que no es todo lo redonda, firme y liberada que debiera. Convence, en todo caso, mucho más aquí que en su pasada Stuarda. Con todos estos reparos, lo cierto es que DiDonato estaba en buena forma en el estreno y su habitual entrega escénica redondeó un Romeo ciertamente estimable. Su voz se empasta a las mil maravillas con el de Ciofi, quedando sus duetti como las páginas más convincentes de toda la velada. DiDonato, por cierto, actuaba aquí en recambio de la originalmente prevista Elina Garanca, que parece renunciar ya a mantener estos papeles en su repertorio.

El tenor Antonino Siragusa cumple, sin deslumbrar, en la parte de Tebaldo. En su caso adolece un tanto la claridad del timbre, de regusto contraltino y no tan exultante y desahogado en el sobreagudo como debiera. La línea de canto es limpia y firme, pero su expresividad no va más allá. Cumplidores en sus breves compromisos los dos bajos que cierran el reparto, Marco Spotti como Capellio y Simón Orfila como Lorenzo.

En el foso, Riccardo Frizza brinda un trabajo muy estimable, propio de un especialista probado en este repertorio. Con iguales dosis de teatro y melodía, vibrante y contemplativo, el fluido discurso musical de Bellini fluye en sus manos con naturalidad, buscando numerosos detalles en la orquestación. El resultado es una versión musical vibrante y firme, con tiempos a veces lentos pero nunca caídos de tensión. Frizza encuentra un sonido muy compacto en la orquesta titular del teatro, que prueba una vez más su creciente mejoría. Casi dan ganas de llorar de emoción al escuchar un sólo de trompa intachable viniendo de este foso, algo inédito en el Liceo hace apenas año y medio. El coro titular del teatro confirma también su habitual buen hacer desde que está en manos de Conxita García.

La producción de Vincent Boussard no tiene el más minimo interés. Los leves abucheos que recibió en el estreno tienen más que ver con lo inane y superficial de su trabajo que con lo provocador o irreverente que pueda tener la propuesta. En última instancia es un trabajo meramente estético, que fía toda su valía al figurinismo de Christian Lacroix, que habrá quien defienda como elegante pero . La única virtud que cabe encontrar a esta producción -que es poco más que un decorado- es que con su esteticismo deja todo el protagonismo a las voces, que ocupan un rol principal y cantan a menudo en un primer término en el escenario.

 

 

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