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  • Foto: Tato Baeza
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El rey desnudo

Valencia. 17/12/15. Palau de Les Arts. Verdi: Macbeth. Plácido Domingo (Macbeth), Ekaterina Semenchuk (Lady Macbeth), Alexánder Vinogradov (Banco), Giorgio Berrugi (Macduff), Fabián Lara (Malcolm), Federica Alfano (Dama), Boro Giner (Criado), Lluís Martínez (Médico), Pablo Aranday (Sicario), Juan Felipe Durá (Heraldo). Dirección de escena: Peter Stein. Dirección musical: Henrik Nánási.

Sobre el Macbeth de Plácido Domingo nada cabe añadir que no hayamos dicho ya antes: es casi un milagro que un hombre que va a cumplir 75 años (según la cifra oficial) mantenga esos arrestos y una voz en forma, con sus más y sus menos a lo largo de la función, claro está. Es evidente que se fatiga y pierde el aliento aquí o allá; también es evidente que olvida el texto en varios momentos. Pero no es menos obvio que Domingo se ha reinventado y que cada vez suena más convincente y seguro en esta faceta baritonal. Ya vimos a Domingo como Macbeth hace unos meses, en su debut berlinés con la parte a las órdenes de Daniel Barenboim. Domingo se beneficia del tono declamado y muy teatral de algunas de sus intervenciones, como el “Sangue a me”, pero le penaliza en todo caso el belcanto que todavía destila el papel en sus páginas de mayo aliento (sobre todo el “Pietà, rispetto” que no es menos cierto que cada vez maneja mejor), donde Plácido debe medir sus fuerzas en exceso para salir airoso de la faena. De alguna manera Plácido es ya como el rey desnudo, al que se asume ya con sus flaquezas y sus virtudes, notorias. Él lo sabe; el público lo acepta y lo aplaude. Es el último capítulo de un idilio de décadas en el que ya todo vale, reconociendo además que Domingo no bordea nunca la peligrosa línea roja del ridículo. Se optaba en esta ocasión por la versión musical que recupera el magnífico monólogo final, el “Mal per me” que Domingo entonó con una teatralidad de las suyas, vibrante, en una conexión evidente con la audiencia. Con este “Mal per me” se retomaba la versión original de 1847, en la que Macbeth entona ese monólogo tras un enfrentamiento a muerte con Macduff a la vista de los espectadores y en ausencia del triunfal coro que cierra la versión definitiva de 1865.

La mejor voz de la noche fue la opulenta mezzo rusa Ekaterina Semenchuk en el rol de Lady Macbeth, que afronta desde una óptica muy similar a la que manejaba Guleghina para este papel. Esto es, con unos medios suntuosos pero sujetos con esmero, capaz de plegarse al intrincado y expresivo belcanto que Verdi bordó para esta partitura. Hemos escuchado a Semenchuk unas cuantas veces ya, como Azucena y Preziosilla en Valencia con Mehta, como Amneris en Roma con Pappano, como Seymour en Viena junto a Netrebko, de nuevo como Azucena en Salzburgo con Gatti… Celebramos encontrarla en esta ocasión mucho más centrada en un canto medido, más asentado en la línea que en los medios, que son ya suntuosos de natura y no requieren de los excesos en los que venía incurriendo Semenchuk, hasta el punto de sonar en ocasiones tosca y burda. Nos gustó mucho, insistimos, encontrarla aquí flexible y precisa, justamente como en esa Seymour vienesa que citábamos. Estamos sin duda ante una de las voces de mezzo más relevantes del panorama actual. Estamos de suerte, dicho sea de paso, ya que gozamos hoy de hasta tres espléndidas Lady Macbeth, dos rusas (Netrebko y Semenchuk) y una ucraniana (Monastyrska), todas ellas con timbres suntuosos y una entrega indudable en escena.

Más que eficaz rendimiento el del bajo ruso Alexánder Vinogradov como Banco y el tenor italiano Giorgio Berrugi como Macduff. Al primero le habíamos escuchado ya como Silva en un Ernani en Monte-Carlo; la voz es genuinamente eslava, sonora pero más dúctil de lo acostumbrado en las voces de idéntica raigambre. En el caso de Berrugi, tuvimos la sensación de que sólo se mostró al cien por cien en su escena, menos implicado en los concertantes; la susodicha escena le salió a pedir de boca, con un timbre de lírico genuino y eufónico.

Leve decepción en este caso con la dirección musical de Henrik Nánási, algo ajeno a este repertorio, habida cuenta de la mayor afinidad que le recordamos por ejemplo con El castillo de Barbazul de Bartók.  Batuta joven y no por ello menos contrastada, es actualmente el director musical titular en la Komische Oper de Berlín (por allí paso también Petrenko) y era una de esas apuestas seguras en las que Helga Schmidt había puerto el ojo. Nanasi estuvo esta vez al frente de una versión musical de una espectacularidad un tanto gruesa y plana, con algún palpable desajuste en los grandes concertantes, levemente alborotados. Busco un sonido vivo, con tensión, pero faltó por l general un mayor contraste en tiempos y dinámicas. Irreprochable en todo caso la respuesta del foso, con una orquesta titular a la que como decíamos Nánási no saco todo en partido posible: sí en el caso de unas cuerdas tersas a la par que flexibles, no así con metales y maderas, firmes pero a cuya paleta de colores cabía sacar un mayor rendimiento.

La producción de Peter Stein es seguramente uno de sus trabajos más decepcionantes y alicaídos. Concebida en origen para la gran sala de Salzburgo, llegaba a Valencia en su adaptación posterior para la Ópera de Roma, donde por cierto la vimos con Riccardo Muti en el foso, con Dario Solari en el rol titular. La propuesta de Stein es de una literalidad caligráfica e inane, en la que no hay nada más allá de unos decorados muy poco estimulantes, a años luz del talento que Stein destilaba antaño en sus mejores propuestas.

 

 

 

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