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Tensiones atmosféricas

Barcelona. 05/11/2025. Palau de la música catalana. Martha Argerich y Nelson Goerner, piano.

No se puede decir que no pasara nada el miércoles en el Palau. Ya se sabía que no era un concierto cualquiera, puesto que tocaba Martha Argerich. Aunque ello no era nuevo, de hecho tocó recientemente en la santa sala y yo lo pude narrar. El repertorio, sin embargo, en este caso era muy interesante y mucho más clásico aunque la segunda mitad perteneciera a música del siglo XX. Además las circunstancias (meteorológicas, ni más ni menos) fueron también determinantes. 

Nuestros héroes eran Argerich y Nelson Goerner, ambos pianistas. Empezaron por anunciar un cambio en el orden del programa, anteponiendo la Gran Fuga de Beethoven a la Sonata KV521 de Mozart. Ello no contribuyó a garantizar la estabilidad atmosférica dada la naturaleza de la obra de Beethoven, magistral, tensa y poco sentimental. Hay opciones en la vida y la de Argerich y Goerner fue la de la pulsación rigida y las transiciones abruptas. Ello tuvo efectos particulares no solo en esta obra sino también en la de Mozart. Puede ser discutida la opción interpretativa pero el resultado fue muy convincente salvo algún momento poco delicado de Goerner al principio del  Allegro

Todo ello a dos pianos, puesto que otras piezas fueron ejecutadas a cuatro manos. Es el caso de la mencionada sonata de Mozart, que fue interpretada bajo los mismos parámetros, siendo estos, en mi humilde opinión, más adecuados a Mozart que a Beethoven. Un Mozart más tenso que grácil, muy ajustado en los momentos menos líricos (no me refiero solo a los movimientos alegres sino también a las diferentes secuencias dentro de ellos) y tal vez poco libre en los momentos que lo permiten, pero siempre expresivo y técnicamente irreprochable. Matices dentro de una actuación excelente que lo siguió siendo en general.

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Después del descanso vino el que tal vez fuera el momento álgido del concierto: el Concertino para dos pianos Op.94 de Shostakovich. Brillante e intensa la obra y su ejecución. Argerich dio muestras espectaculares de virtuosismo en ambos allegreti y la explosión de júbilo no solo fue intensa sino también sincera. Fue una buena apuesta para despertar al respetable después del descanso, pero tal atmósfera de jolgorio y cuchipanda quizás no fuera la más adecuada para Ma mère l'oye.  No hubo la atmósfera, sea en la sala o en el escenario, para crear el momento en situaciones tales como la pavana inicial o el Jardin féerique en la obra de Ravel. El orden del programa conspiró  con el entusiasmo popular para generar una dispersión de la que tal vez los pianistas no quedaron exentos. Sin embargo ya se olía la victoria en el napalm matutino. El respetable estaba caliente, lo que siempre es de agradecer, y nos quedaba La valse por delante. 

Pero si hasta ahora el problema principal era la atmósfera la cosa se iba a complicar más. Estando ya en la última pieza, que era La Valse mencionada, invadió la sala un sonido inquietante que bien pudo haber correspondido a una psicofonía emitida por el espectro de Ligeti pero era en realidad una alarma meteorológica. Esto era un asunto atmosférico de verdad. Empezó a sonar en todos los móviles de la sala, con lo cual el recital tuvo que ser suspendido momentáneamente y los artistas tuvieron que recibir las explicaciones pertinentes. Con gran deportividad reemprendieron su accidentada actividad de modo brillante, confirmando un éxito en el que se cardó la lana, sobretodo, con Mozart, Beethoven y Shostakovich y se coronó más por el esplendor de La Valse (y de los dos bises) que por las delicadezas de Ma mère l'oye.