© Gemma Escribano | Teatro de la Zarzuela

Proyecto cultural, oportunidad perdida

Madrid. 24/01/2026. Teatro de la Zarzuela. Obras de Granados y Falla. Raquel Lojendio, Alejandro Roy, César San Martín, Mónica Redondo, Gerardo Bullón, Pablo García-López, Lidia Vinyes-Curtis. Francisco López, dirección de escena. Álvaro Albiach, dirección musical.

Ese periodo de extraordinaria densidad cultural que vivió España entre finales del siglo XIX y el estallido de la Guerra Civil, más que una acumulación de nombres ilustres fue un proyecto intelectual compartido, sostenido por una red de instituciones educativas, literarias y artísticas que entendían la cultura como herramienta de modernización y pensamiento crítico. La Institución Libre de Enseñanza, la Junta para Ampliación de Estudios o la Residencia de Estudiantes articularon un ecosistema donde pedagogía, creación artística y reflexión filosófica dialogaban de forma orgánica.

En este contexto, la relación entre disciplinas fue mucho más que una coincidencia generacional: pintura, música y literatura compartieron una misma mirada ética y estética sobre España. La amistad y afinidad intelectual entre Manuel de Falla e Ignacio Zuloaga —pintor fundamental del imaginario visual del periodo— es un ejemplo elocuente de ese diálogo profundo entre artes, donde lo popular, lo simbólico y lo moderno se entrelazan sin jerarquías. No es casual, por tanto, que el Teatro de la Zarzuela convoque hoy este periodo no como un ejercicio de evocación nostálgica, sino como una relectura escénica de un momento clave de nuestra historia cultural, concebido desde la intersección de lenguajes y constatando de alguna manera la gran oportunidad perdida por todos. Probablemente la Edad de Plata no murió por agotamiento creativo, sino por incapacidad política y social para sostenerla.

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La escena como espacio de pensamiento. Un propuesta coherente y atrevida.

Bajo el título ya mencionado de La Edad de Plata, el Teatro de la Zarzuela presentó ayer un programa doble articulado por dos obras esenciales del primer tercio del siglo XX: Goyescas de Enrique Granados y El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla. La propuesta, lejos de limitarse a la yuxtaposición de ambos títulos, planteó un diálogo estético e ideológico entre ambas partituras, subrayando su pertenencia a un mismo clima cultural, marcado por la permeabilidad entre las artes y por una concepción del hecho creativo como reflexión sobre la identidad de la cultura española de aquel periodo. 

Dos obras, dos miradas complementarias

Goyescas -estrenada en Nueva York 28 de enero de 1916 - nace como derivación operística de la célebre suite pianística homónima, inspirada en el universo visual y simbólico de Francisco de Goya. Granados transforma aquí un lenguaje íntimo y pianístico en una partitura vocal de intenso lirismo, donde el conflicto amoroso y la fatalidad se expresan a través de una escritura vocal exigente y una orquesta de marcado carácter expresivo. La ópera responde a una estética tardorromántica, refinada y emocional, donde lo español se filtra más como atmósfera cultural y pictórica que como cita folclórica literal.

Por su parte, El retablo de Maese Pedro – estrenado en forma escénica el 25 de junio de 1923 en el ya citado palacio de la princesa de Polignac en París -representa una ruptura consciente con ese romanticismo heredado. Concebida para un conjunto instrumental reducido y con el uso estructural del clavecín, la obra responde a una voluntad de depuración formal y de distancia crítica. Inspirada en un episodio del Quijote, Falla construye una partitura donde el teatro, la música y la reflexión estética se superponen. No es ajena aquí la mirada compartida con Zuloaga: una España pensada desde el símbolo, desde lo arcaico reinterpretado, desde la tradición entendida como materia viva y no como ornamento.

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La dirección musical de Álvaro Albiach fue uno de los pilares estructurales de la velada. Al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, el maestro construyó una lectura atenta al estilo y a la arquitectura interna de cada obra, aunque no exenta de algunas tensiones iniciales. En el primer cuadro de Goyescas, se percibió una falta puntual de sincronía y de claridad entre coro, orquesta y escena, como si el delicado engranaje expresivo de Granados necesitara aún un ajuste fino para desplegar plenamente su aliento dramático.

Superado ese arranque, Álvaro Albiach encontró un mayor equilibrio en el discurso, cuidando el fraseo y la respiración de la cuerda, fundamentales en una partitura donde la orquesta actúa como prolongación emocional del canto. El intermedio, sin embargo, apareció algo diluido: faltó quizá una mayor carga de sensualidad sonora, de evocación suspendida, de lirismo dramático que permitiera a la música desplegar toda su capacidad de sugestión antes del desenlace.

En El retablo de Maese Pedro, su aproximación fue más analítica y controlada, subrayando la precisión rítmica, la transparencia tímbrica y el carácter casi artesanal de la escritura falliana, donde cada gesto instrumental cumple una función estructural. El contraste entre ambas direcciones estilísticas estuvo siempre gobernado por una idea clara de coherencia musical, más cultural que puramente sonora. 

El Coro del Teatro de la Zarzuela, preparado por Antonio Fauró, respondió con profesionalidad y flexibilidad, integrándose progresivamente en el tejido dramático, especialmente a medida que la obra ganaba estabilidad interna.

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La dirección de escena y dramaturgia de Paco López, responsable también de la escenografía y la iluminación, apostó por una lectura simbólica que buscó establecer continuidades entre ambas obras desde una lógica claramente interdisciplinar. El espacio escénico funcionó como un territorio compartido donde la pintura, la literatura y la música dialogan, evocando ese mismo clima intelectual que unió a creadores como Falla y Zuloaga; una escena concebida no como ilustración literal, sino como campo de resonancias culturales.

En este entramado, merece una mención destacada el trabajo de los bailarines, cuya presencia atraviesa ambas obras como un hilo invisible que las conecta. La coreografía no actúa como mero adorno, sino como lenguaje articulador, capaz de ligar Goyescas y El retablo desde el cuerpo y el gesto, aportando continuidad, fluidez y una dimensión plástica que realmente funciona como puente escénico entre dos universos estéticos distintos.

No obstante, en Goyescas la puesta en escena acusa en algunos momentos un exceso de ocupación del espacio. La acumulación de figurantes y acciones simultáneas genera cierta sensación de saturación visual que, por instantes, abruma y atenaza la narrativa, restando foco a la tensión íntima que exige la obra. Cuando la escena se depura y deja respirar a los personajes, el discurso dramático gana claridad y profundidad.

Sin embargo, en el caso de El retablo de Maese Pedro, la producción acierta al desplazar el foco hacia una estética inspirada en el cine mudo, utilizando rótulos, gestualidad exagerada y un lenguaje visual deliberadamente estilizado. Este recurso, lejos de resultar anecdótico, funcionó como un dispositivo teatral eficaz, que prepara al espectador para el juego de distancias, ironías y metateatralidad que atraviesa la obra de Falla. 

La secuencia escénica se articula como una suerte de película concebida ex profeso, interpretada por actores de notable precisión expresiva, en la que se integran distintos materiales musicales del compositor gaditano - Concierto para clave, Psyché -. Estos fragmentos, insertados como interludios, no solo amplían el horizonte sonoro del espectáculo, sino que cumplen una función dramatúrgica clara: crear un espacio previo de evocación antes de la irrupción del retablo propiamente dicho. El salón parisino del pintor de Éibar se convierte así en marco simbólico y cultural, un lugar de proyección —literal y metafórica— donde imagen, música y memoria confluyen antes de que el mecanismo teatral se active en toda su plenitud.

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El vestuario de Jesús Ruiz y los elementos audiovisuales de José Carlos Nievas reforzaron esta idea de España pensada desde la imagen y el símbolo, alineándose con la lógica pictórica y conceptual del proyecto.

En Goyescas, Raquel Lojendio compuso una Rosario de línea vocal cuidada y expresividad contenida, afrontando con inteligencia musical y solvencia técnica los pasajes de mayor compromiso lírico. Su registro medio se mantuvo atractivo y bien apoyado, aportando densidad expresiva a los momentos de mayor carga emocional; sin embargo, en el ascenso al agudo, la emisión tendió a abrirse lo que restó redondez a algunos clímax de la partitura. Frente a ella Alejandro Roy, como Fernando, ofreció una proyección amplia y clara, de nobleza vocal sostenida y fraseo firme, resolviendo el papel de manera franca y bien enfocada. César San Martín, por su parte, delineó un Paquiro de carácter decidido, con una presencia escénica sólida y una intención dramática bien definida. Mónica Redondo dio vida a una Pepa de presencia escénica incisiva y carácter bien definido, sosteniendo el personaje con una dicción clara y una intención dramática que reforzó el contraste expresivo entre ambas figuras femeninas de la obra.

En El retablo de Maese Pedro, Gerardo Bullón construyó un Don Quijote de notable coherencia expresiva, consciente del frágil equilibrio entre épica, ironía y humanidad que articula el personaje. Su voz, especialmente atractiva y elegante en el decir, sostuvo con naturalidad el discurso musical, dejando la sensación —quizá el deseo— de poder escucharlo en otros papeles de mayor enjundia dentro del repertorio. Pablo García-López dotó a Maese Pedro de claridad narrativa y precisión vocal, mientras que Lidia Vinyes-Curtis destacó como Trujamán por su agilidad, dicción nítida y capacidad para sostener la compleja relación entre palabra, ritmo y teatralidad que vertebra la obra.

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La Edad de Plata se reveló por tanto como algo más que un programa doble, una propuesta de lectura cultural que invita a repensar uno de los momentos más fértiles —y trágicamente interrumpidos— de la historia intelectual española. El Teatro de la Zarzuela, al recuperar estas obras desde una mirada que integra música, escena, cuerpo e imaginario visual, no solo preserva repertorio, sino que reactiva y reivindica una forma de entender la cultura como espacio de encuentro entre artes, pensamiento y educación, plenamente vigente hoy. Si me lo permiten, más necesario que nunca en los tiempos de incertidumbre que corren. 

Fotos: © Gemma Escribano | Teatro de la Zarzuela