Vuelta al repertorio
28/03/2026. Palacio de Festivales de Cantabria, de Santander. Vincenzo Bellini: Norma. Yolanda Auyanet (soprano, Norma), Ekaterine Buachidze (mezzosoprano, Adalgisa), Andeka Gorrotxategi (tenor, Pollione), David Cervera (bajo, Oroveso), Laura de la Fuente (soprano, Clotilde), Víctor Jiménez (tenor, Flavio). Coro del Teatro de la Ópera Nacional de Moldavia. Coro Lírico de Cantabria. Orquesta del Teatro de la Ópera Nacional de Moldavia. Orquesta Sinfónica del Cantábrico. Dirección de escena: Rodica Piriceanu. Dirección musical: Oliver Díaz.
Santander trata de mantener una cita operística al año, cuando menos, lo que no está nada mal. Las más de las veces los títulos son muy recurrentes, de esos que consideramos trillados en otras ciudades y teatros pero, claro, con una oferta de título anual es muy difícil arriesgar. El año pasado, en marzo de 2025, se propuso Dialogues des carmélites, de Poulenc y apenas se llenó un 50 % del teatro; ya entonces lo tuve muy claro: el año que viene volvemos al repertorio. Y así ha sido y la ocupación ha sido absoluta. Por supuesto, los ventajistas dirán que ello demuestra que es mejor apostar a caballo ganador y no jugarse los cuartos públicos con títulos “complicados” pero otros consideraremos, contra viento y marea, que ni debemos fosilizar la ópera con el abuso del medio centenar de títulos habituales ni podemos considerar Norma una ópera “fácil”. Y si no, que se lo pregunten a Yolanda Auyanet.
Esta Norma ha llegado al Palacio de Festivales la misma semana en la que se ha confirmado que el Festival Internacional de la ciudad vuelve en esta 75ª edición con la ópera representada, apostando por otro título trillado cual es la mozartiana Die Zauberflöte en la primera semana de agosto, con lo que el aficionado ya tiene dos citas que disfrutar. Miel sobre hojuelas.
La representación, lo reconozco, comenzó más que dubitativa. Poco a poco, mientras avanzaba la función, dos de los cantantes, Auyanet y Gorrotxategi, fueron afianzándose en sus prestaciones y terminaron mucho mejor de lo que el inicio nos hizo temer. El papel de Norma es uno de los más complicados de la historia de la ópera y Yolanda Auyanet hizo frente al Casta diva con la voz aún fría, pecando de un legato timorato y sin la emoción que se le puede reclamar. A partir del primer dúo con Adalgisa la cuestión fue mejorando ostensiblemente hasta terminar con notables prestaciones. No quiero obviar un aspecto que Norma exige y mucho: la labor de la soprano canaria en los recitativos. Por ejemplo, el inicio del acto II, en el momento en que se plantea matar a sus hijos Auyanet estuvo sobresaliente, plena de intención, con dominio del texto y juego de voces que aportaban dramatismo a estos momentos que para algunos aficionados son prescindibles. Muy bien.
Andeka Gorrotxategi ha estado fuera de circulación durante algunos meses y desconozco las últimas razones de ello. De todas formas al vizcaíno el periodo de descanso y/o reflexión le ha venido muy bien; tras un aria inicial algo tímida, con un agudo conflictivo, Gorrotxategi nos ha ido enseñando las conocidas virtudes de su voz, cuales son el timbre spinto, un agudo solvente y proyectado y un volumen natural muy interesante. Como actor ha estado muy limitado, moviéndose por el escenario sin aparente rumbo –con la importante responsabilidad de la directora de escena, de la que luego hablaré- pero me alegro mucho de que reencontremos a un tenor de los que no hay tantos por estos lares.
La mezzo georgiana Ekaterine Buachidze me era totalmente desconocida y no dudo en escribir que me ha parecido una cantante muy interesante y a seguir en el futuro. Su Adalgisa quizás no era muy voluminosa pero la mezzo ha mostrado una línea de canto ejemplar, una acertadísima compenetración con la soprano en los fundamentales y brillantes duos y una interpretación dramática solvente. El bajo David Cervera es de canto extrovertido; cierto es que Oroveso es uno de esos papeles de eterno cabreado que existen en tantos títulos operísticos pero un punto mayor de contención en algunos momentos hubiera sido deseable. Su voz suena a bajo de verdad y es muy adecuada para este papel. Muy bien Laura de la Fuente y solvente Víctor Jiménez en los diminutos papeles que les ocupaban.
Como se puede observar en la ficha técnica que abre la reseña tanto orquesta como coro estaban doblados, reforzados. Normalmente, en los pequeños teatros de provincia donde gira esta compañía que se autodenomina Teatro de la Ópera Nacional de Moldavia, ellos se bastan y se sobran para representar las óperas pero dadas las dimensiones del recinto y la trascendencia de los cantantes para esta función se ha decidido reforzar ambos grupos y ello ha traído bastantes problemas, sobre todo en el coro. El ya citado moldavo más el Coro Lírico de Cantabria nos ofrecieron una serie continua de desajustes con voces sin empastar, entradas cargadas de miedo y desequilibrios entre cuerdas, sobre todo entre ellos, en detrimento de unos tenores bastante flojos. Quiero suponer –alguna experiencia similar ya me ha tocado vivir- que el ensamblar dos grupos deprisa y corriendo ha sido la principal razón de la desafortunada intervención de las dos agrupaciones.
Oliver Díaz ha tenido que llevar con mano de hierro a las dos orquestas y lo cierto es que ha conseguido que suenen con cierto poderío. Esta batuta es una de las más solidas del panorama lírico español y, una vez más, ha demostrado tener la habilidad de llevar a buen puerto un título tan complicado como este.
Para terminar, la puesta en escena, firmada por Rodica Piriceanu ka supuesto para mí un auténtico viaje en el tiempo. Si me hubieran dicho que estaba, por poner un ejemplo personal que viví en mi mocedad musical, en el ya desaparecido Teatro Coliseo Albia en plena década de los 80 del siglo pasado me lo hubiera podido creer. Un único escenario y dos espacios creados con unos paneles que simulaban enormes piedras que movían trabajadores de forma manual escondidos tras los supuestos pedruscos. Una propuesta muy avejentada, muy demodé. Y si esto fuera poco, lo increíble es que a estas alturas se tenga al coro de forma permanente en disposición orfeonística en el escenario y –por poner otro ejemplo- cuando Norma anuncia que es madre y Oroveso se queda patidifuso el coro está impasible, sin interactuar, como si estuvieran escuchando la lectura del listín de teléfonos, por seguir con cosas del siglo pasado. Todo muy, demasiado elemental.
Me alegro por el llenazo. Eso sí, sería interesante recordar a los asistentes que si uno es tísico es mejor quedarse en casa porque lo de las toses en esta función ha sido sencillamente insoportable. Las ovaciones del público fueron sentidas sin llegar al éxtasis y las dos mujeres se llevaron la mayor ración. Supongo que el año que viene, si mantenemos esta buena costumbre, allá por marzo volveremos a vivir una función del repertorio más tradicional. Porque, ya se sabe, más vale recaudación en mano que título arriesgado.