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Mutter Salzburgo 40

Celebrar sin júbilo

Salzburgo. 04/06/2017. Grosses Festpielhaus. Obras de Schumann y Vivaldi. Anne-Sophie Mutter (violín), Daniil Trifonov, piano. Mutter’s Virtuosi.

Un concierto como el presente no era necesario, y si me apuran, ni siquiera conveniente, al menos quien esto escribe. Asisto, en pocas ocasiones (todo hay que decirlo), a espectáculos que me hagan lamentar una niñez casi exenta de eventos como el que les narro. Me lamento porque me imagino con una edad comprendida entre los 10 y los 15 años, yendo a una célebre sala, a escuchar a Anne-Sophie Mutter interpretar las cuatro estaciones, o repertorio camerístico, o lo que fuera con quien fuere. Antes de ese concierto no hubiese seguramente podido conciliar el sueño durante unas cuantas semanas, y tras él los efectos hubiesen sido parejos. Entonces sí, cargado con más ignorancia que inocencia, hubiese seguramente disfrutado y Mutter habría ocupado un seguro espacio en mi poca nutrida corteza prefrontal, frente a su actual propuesta, que seguramente habrá ido a parar al hipocampo. 

Había una efeméride que recordar, eso no hay quien lo niegue: 40 años del debut de la violinista alemana en el festival de Salzburgo, bajo tutela del mismísimo Herbert von Karajan. Evidentemente, nada que ver Escocia, el hilo conductor del Festival, y así lo reconoce la misma Cecilia Bartoli en el texto introductorio del mismo: simplemente tocaba.

Aun augurándole (y augurándonos) que Mutter llegue a celebrar el medio siglo en esa tarima, la ocasión no se debía dejar seguramente perder, pero tampoco abandonar a su suerte, con un programa, exento de coherencia, que vería a la violinista actuar en la primera parte en su faceta camerística y en la segunda, en su versión como solista. Quizás el hecho de que tenga dos citas más para seguir festejando (26 y 29 de agosto, esta vez sí en el Salzburger Festspiele) sea el motivo de la desidia con la que se vio impregnada la mañana.

La primera parte, dedicada íntegramente a Schubert, se abrió con el Klaviertriosatz (D 897, Notturno), un descarte en origen de su trío D 898 en favor del más exitoso Andante, para después dar paso al Quinteto para piano (D 667), más conocido como La trucha por las variaciones sobre el tema del homónimo Lied (D 550) que se desarrollan en su cuarto movimiento. En ambos no fueron todo sombras, pues hubo una estrella que brilló con luz propia, Daniil Trifonov, el único integrante que no solo puso toda la carga emocional necesaria, el único que transmitió la frescura del agua límpida que describe el texto de Schubert y el único que, por su gestualidad, diría que realmente disfrutó con las páginas por las que transitaba.

En la segunda parte, no pudiendo acompañarse por la Berliner Philharmoniker, como otrora aconteció, como solución a cualquiera se le ocurriría que no hubiese costado demasiado hacer pernoctar una noche más a la Orquestra Nazionale dell’Accademia di Santa Cecilia para dar el empaque sinfónico que merecía a la celebraciónsi por un concierto romántico se optase, o las dos formaciones aptas para el repertorio que eligió (Les Musicians du Prince y Armonia Atenea) y que pernoctaban en Salzburgo gracias al Festival. Evidentemente algo así se plantearía si se pensase en lo que acontecía musicalmente, y no en todos los intereses que circundan este y otros festivales y que van más allá de lo artístico.

Sea como fuere, si hace 40 años la partitura elegida fue el concierto para violín y orquesta número 3 de Mozart (K. 216), en esta se optó por la ejecución, a la pena capital me refiero, de una de las más prescindibles cuatro estaciones de Vivaldi que haya podido escuchar, acompañada por su tropa de jóvenes becarios, los Mutter’s Virtuosi, quienes sin duda alguna muestran buenas cualidades, pero están todavía lejos del virtuosismo (si bien era estilo lo que se requería) que el nombre de la formación blande. Es difícil creer que Anne-Sophie Mutter haya hecho oídos sordos a todo el movimiento historicista que se ha desarrollado en estos últimos decenios, para evitar entrar en terrenos pantanosos o, aunque solo fuere, para limar asperezas vetustas que en el siglo XXI no vienen ya a cuento. Lo que en la sala aconteció, por muchos aplausos que recogiese, no está a la altura ni de la ocasión, ni del intérprete, ni de una excepcional trayectoria que con seguridad seguirá alargando.

 

 

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