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zazzo 

No hay Haendel malo

23/01/2016. Madrid. Auditorio Nacional de Musica. CNDM: Ciclo Universo Barroco. Haendel: Partenope, HW 27. Karina Gauvin, soprano (Partenope). Lawrence Zazzo, contratenor (Arsace). John Mark Ainsley, tenor (Emilio). Emöke Barath, soprano (Armindo). Kate Aldrich, contralto (Rosmira). Victor Sicard, barítono (Ormonte). Il Pomo D`Oro. Maxim Emelyanychev, clave y dirección.

Dentro de la gira organizada en torno a la reciente grabación de la obra para Erato, llegó a Madrid esta infrecuente ópera acompañada de una serie de circunstancias que en un principio podrían suponer una disminución de interés para el espectador, empezando que duda cabe por la cancelación, por motivos personales totalmente justificados, de la estrella Philippe Jaroussky y seguida por la ausencia asimismo de Riccardo Minasi en tareas de dirección, artistas ambos integrantes de la grabación. No es lugar éste donde extenderse sobre la segunda de ellas, por más que la ruptura entre el violinista-director e Il Pomo D`Oro, al parecer no del todo amistosa, tiene su aquel (ni es lugar éste, ni era lugar el Auditorio Nacional para haberle preguntado in situ sobre la cuestión a la escritora americana Donna Leon, mecenas del conjunto, que por allí anduvo disfrutando de la representación, por más que tiene mucho que ver en el asunto, al parecer). Así las cosas, como prólogo de la función compareció en el escenario Antonio Moral para comentar estas ausencias y anunciar un nuevo contratiempo: la indisposición que sufría John Mark Ainsley, que aunque iba a cantar obligaba a realizar ciertos cambios, que por resumir, porque resultaría demasiado largo enumerar, supusieron la supresión de un par de escenas, el recorte de varias arias reducidas a su primera parte, supresión de otras –no solo del personaje de Emilio, lo que resulta menos comprensible- y el cambio del lugar de la pausa prevista, que dicho sea de paso quedó situada en un lugar bastante apropiado, tras el coro del segundo acto Vi circondi la gloria d`allori! No cabe duda que Moral no tiene problema alguno en dar la cara cuando la situación lo requiere, es más parece que le gustan este tipo de comparecencias con que nos obsequia de vez en cuando, pero si agradecemos las explicaciones y la cercanía no se puede dejar de apuntar que, como poco, es una osadía decirle al público que el sustituto de Jaroussky era un contratenor muy bueno al que “probablemente ustedes no conocen”... porque es mucho suponer eso y además tampoco es mérito extraordinario tratándose de un cantante de la trayectoria que atesora el americano.

Hablar de Il Pomo d`Oro es referirse a uno de los conjuntos más destacados de la actualidad sin ninguna duda, omnipresentes de un tiempo a esta parte en multitud de grabaciones y acompañando con frecuencia a algunos de los cantantes más mediáticos, lo que ha contribuido a su amplio conocimiento y la conformación de un estilo y sonido propios. Si hasta la fecha la personalidad que les acompañaba permanecía ligada a la persona de Minasi, había interés por comprobar si conseguían mantenerla también sin él. Después de esta Partenope podemos concluir positivamente sobre la cuestión, ya que su desempeño estuvo sobradamente a la altura, luciendo en los momentos en que la partitura les permitió mostrar sus mejores armas, el ímpetu, la energía y la furia (qué significativos a este respecto Furie son dell`alma mia o Furibondo spira il vento) que sobre todo se desbordaron en la escena primera del segundo acto, de tintes marciales, particularmente en las dos sinfonías que fueron un prodigio de intensidad y precisión de toda la sección de cuerda, ejecutadas sensiblemente más rápidas que en la grabación y trasmitiendo por tanto de forma más inmediata la sensación de batalla para las que fueron escritas. Si encontramos tal vez unas dinámicas menos marcadas que las de Minasi, en compensación se añadió un elaborado juego en el diálogo establecido en una cuantas ocasiones entre los dos claves, el del propio director y el de Federica Bianchi, que contribuyó a dotar de un color muy particular a algunos momentos (recuerdo por ejemplo el aria Nobil core che ben ama). Muy buena impresión por tanto la de Maxim Emelyanychev en su doble labor de dirección e intérprete (asumió el clave en los recitativos y no pocas arias), demostrando tener ideas claras a pesar de (o cabría decir gracias a) su juventud y tener que lidiar con una obra previamente preparada bajo otro director. Mención al margen para la sección de viento, en especial para las trompas y trompeta que sonaron en todo momento timbradas y capaces de ser todo lo sutiles que se les exigió, y el resto –flautas, oboe, fagot- bien en sus intervenciones puntuales y mejor aún en su conjunción (Io seguo sol fiero).

Hablábamos antes de osadía, y parecería sin duda osado decir nada malo de Karina Gauvin, de nuevo en Madrid cuando aún resuenan los ecos de sus magníficas Alcinas del Teatro Real. Bien es cierto que su papel en esta ópera que nos ocupa no tiene la brillantez ni la profundidad de aquel, pero no es menos cierto que la fiabilidad de la soprano está fuera de discusión (con la excepción que recuerde de la Niobe de la temporada pasada, fruto de la asunción de un papel a todas luces equivocado), lo que es un arma de doble filo pues no es propicia a asombrar con exhibiones inesperadas o una brillantez que las características de su voz (donde lo mejor es el centro redondo y aterciopelado) no le permiten. Por lo demás impecable desde su primera intervención, la comprometida L`amor ed il destin ayudada por un tempo cómodo, poco menos que perfecta en Sei mia gioia, sei mio bene... en su linea habitual de contención y seriedad si se quiere que no abandonó ni siquiera cuando el “guión” invitaba a ello (Qual farfalletta). A Lawrence Zazzo le tocó seguramente la parte más ingrata, la de luchar contra el fantasma de un ausente y salió airoso del lance. Sin establecer una comparación imposible con Jaroussky, es obvio que dos voces de características tímbricas tan diferentes, y también medios como se hace patente una vez escuchados a ambos en directo, por fuerza deben ofrecer una visión del mismo personaje totalmente opuesta; la poderosa voz del americano, de volumen poco menos que asombroso y facilidad pasmosa en el agudo, pero lastrada por un timbre poco agradable, más “viril” que la del francés, obviamente debe incidir en la concepción más heróica antes que en la de enamorado sufridor. No quiere decir esto que no convenciera por ejemplo en la sutil O Eurimene ha l`idea di Rosmira, con acompañamiento de continuo solo, pero no cabe duda que lució mucho más en su gran aria, Furibondo spira il vento, no solo ejecutando sin problema la endiablada coloratura y superando el nutrido acompañamiento, sino permitiéndose interpolar dos agudos impactantes, por más que el primero le quedase claramente calado, recibiendo una entusiasta respuesta del auditorio. En el extremo opuesto, mágica atmósfera la que consiguió crear en Ma quai noti di mesti lamenti con el maravilloso acompañamiento de flauta y oboe y pizzicato de contrabajo y violonchelo, uno de los momentos de la tarde.

Tercera en discordia, Kate Aldrich, anunciada como contralto pero con obvia voz de mezzo, por color y tesitura, dio vida al muy complejo papel de Rosmira, que a unas dificultades vocales muy serias une su condición de personaje femenino disfrazado de hombre y por tanto requiere de una interpretación a la altura; en este segundo aspecto cumplió muy bien como actriz, no tanto en lo primero a consecuencia de una voz con escasa presencia y volúmen insuficiente para imponerse a la orquesta cuando el carácter del aria lo requería (Io seguo sol fiero por ejemplo), si bien no tuvo dificultades en lo que respecta a los numerosos pasajes de coloratura. Así las cosas, la que en conjunto dejó una auténtica interpretación para el recuerdo fue Emöke Barath con su papel de Armindo, por más que tiene el importante lastre de aparecer esplendorosamente en el primer acto para desdibujarse después... pero es que las dos arias de este acto (Voglio dire al mio tesoro y Bramo restar, ma no) son extraordinariamente hermosas, y dejan huella si se saben aprovechar, y la húngara hizo indudablemente mucho más que eso, sacándole todo el partido a su voz de claridad prístina, uniforme en toda su extensión y que asciende al agudo de una forma sumamente natural; solo haber podido escuchar la sección segunda de Bramo restar, ma no ya justifica la asistencia a este concierto, con ese inicio (Addio) en piano, flotando en el aire, creciendo en intensidad progresivamente hasta la repetición de Ah che partir non so, para terminar nuevamente en un doliente piano (dal duolo mio!), toda el aria una lección de fraseo y buen gusto. Victor Sicard aún dispuso de menos ocasiones, en realidad solamente T`appresta forse Amore, muy correcta  si exceptuamos la nota un poco extemporánea que incorporó al final de la segunda sección del aria. Y finalmente John Mark Ainsley completando el reparto, al que dadas las circunstancias que comentamos al principio no sería justo evaluar en atención sobre todo a que su parte fue severamente cortada.

Dejar constancia por último que el libreto de la función, cambios de última hora al margen, contenía unos cuantos errores (ausencia del texto de la segunda sección de varias arias, por ejemplo) y que de una forma completamente inapropiada en mi opinión se conminaba al público a no aplaudir hasta el final de cada uno de los actos. Menos mal que éste, soberano, terminó por hacer caso omiso del ruego y se decidió a aplaudir merecidamente a Gauvin tras Io ti levo l`impero dell`armi; seguramente lo hubiera hecho también en alguna de las arias previas de Barath de no haber mediado el aviso. Lleno hasta la bandera en el Auditorio, quién sabe si al reclamo de algún ausente, pero en todo caso éxito final sobreponiéndose a los cambios anunciados y sobrevenidos.

 

 

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