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Ballo Liceu Sartori Siri 

Verdi in maschera 

Barcelona. 16/10/17. Gran Teatre del Liceu. María José Siri (Amelia), Fabio Sartori (Riccardo), Katerina Tretyakova (Oscar), Patricia Bardon(Ulrica), Giovanni Meoni (Renato), Damián del Castillo (Silvano), Roman Ialcic (Samuel), Antonio Di Matteo (Tom), José Luis Casanova (un juez), Emili Rosés (Un sirviente de Amelia). Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dir. Coro.: Conxita García. Dir. Mus.: Renato Palumbo. Dir. Esc.: Vincent Boussard.

Siempre crea expectación un título de la calidad musical de Un ballo in maschera. Ópera de madurez verdiana, que no se veía en el Liceu desde las recordadas y polémicas funciones con las que terminó y comenzó el año 2000 y el 2001, firmadas por Calixto Bieito. Ha sido la obra escogida como ópera oficial para inaugurar la Temporada 2017/18 con un resultado desigual. Aquí el reparto alternativo cumplió, como el del estreno, con un equipo de voces que relegó a la producción a un segundo plano, gris y olvidable. 

Es una lástima que el trabajo de Vincent Boussard, de quien se recuerda su onírica labor con Capuleti e i Montecchi visto con agrado la temporada pasada, haya quedado en un frustrado intento de vestir una historia que puede dar mucho de sí. El trabajo de Boussard, se insinúa pero no transmite, no parece haber una gran profundidad dramática en el dibujo de los personajes. Así el público empatiza poco con un Riccardo entre naif y superficial, un Renato carcomido por una decepción, pero sin personalidad, una Amelia sobria y poco efusiva, una bruja Ulrica casi de cómic o un Óscar, aquí como mujer sin su habitual rol de soprano in travesti, en una de las pocas ideas que funcionan en esta régie fallida. Sobre el papel la idea de la luna, el mar y una ambientación demasiado oscura, no ayudan a lucir una de las mejores partituras de Verdi. Una ópera que rebosa melodías adictivas con la efusividad creativa de una compositor en estado de gracia a la que no se le hizo justicia escénica. Para colmo, el trabajo de Christian Lacroix en el vestuario tampoco añadió calidad, más bien pasó casi desapercibido. Por no decir que rozó el horterismo en el baile de máscaras final. El coro vestido con trajes satinados, tules, gasas y máscaras cayó en el manido cliché de un glamour teatral impostado y con aroma de naftalina. La escenografía, ideada para los teatros del Capitole de Toulouse y el Staatstheater Nürnberg, tampoco ayudó, por escueta, pequeña para les medidas del Liceu y de una pobreza sonrojante. Una producción que pareció enmascarar más que vestir la ópera. Una lástima.

Con la puesta en escena sin personalidad y sin el brillo propio de un título escogido como inauguración oficial de temporada, toda la atención la acaparó el protagonismo musical de los cantantes y la orquesta. Renato Palumbo comenzó enérgico, con un vibrante espíritu verdiano con el que pareció espolear la orquesta. Los efectivos musicales sinfónicos respondieron con calidad, cuerdas coloristas y atentas a las dinámicas, vientos teatrales y metales brillantes sin fallos que enturbiaran una labor general más que satisfactoria. Pero la batuta de Renato Palumbo fue irregular, consiguiendo momentos escalofriantes, como el de la escena de la elección del nombre del asesino de Riccardo, o ese in crescendo final de la ópera que rebosó drama y catarsis sonora, con otros poco conseguidos. No hubo emoción en el colosal dúo de Teco io sto, sin el clímax que piden esos casi diez minutos de melodías arrebatadoras, y faltó imaginación en arias clave como el Morró ma prima in grazia, a pesar del lucimiento del chelo solista. Tampoco ayudó el exceso de volumen que pudo tapar en más de una ocasión a los cantantes, si no fuera porque ni Siri ni Sartori tienen problemas de volumen ni de proyección.

Efectivamente, en esta ópera de tenor, favorita de muchos grandes de la historia del canto, como Pavarotti o Plácido Domingo, tuvo en el italiano Fabio Sartori un protagonista con un instrumento privilegiado. La voz es recia y potente, no demuestra problemas de tesitura y brilla con generosidad en el registro agudo. El color algo abaritonado luce desahogado en el tercio superior y tiene una presencia, proyección y homogeneidad muy atractiva. El problema es la falta de imaginación en el fraseo y los pocos colores que da al texto. Así con tímidos momentos donde buscó apianar y dotar de expresividad su aria final o el dúo con Amelia, Sartori cantó con cierta monotonía y una corrección más fría que efusiva. 

A su lado hizo notar sus medios de soprano lírico spinto la uruguaya María José Siri, quien demostró tener una vocalidad ideal para este tipo de rol. Mostró un color denso y un timbre generoso y esmaltado. Llegó con autoridad al agudo y buscó con esmero transmitir con expresividad y un gran control del fiato, sus dos arias y en el exigente dúo, destacando sobretodo en el Morró.

Voz algo impersonal a pesar de unos medios correctos los del barítono italiano Giovanni Meoni. La emisión fue algo irregular, el color más bien mate con un fraseo ajustado para el rol. No consiguió aportar esa nobleza verdiana latente en la mayoría de papeles de barítono del compositor italiano, ni siquiera con un aria estrella como el Eri tu. 

Llamativo debut el de la soprano rusa Katerina Tretyakova, ganadora del primer premio Viñas en 2013. La voz tiene una densidad que la llevan más al terreno lírico que al de una soprano ligera al uso, por lo que brilló en escenas como en la de E scherzo, od è follia, más que en su primera aria. Su atractivo color y buena proyección sumados a un instrumento de colores tornasolados, le auguran una prometedora vuelta al Liceu como Juliette en febrero y marzo del año que viene.

Patricia Bardon acercó el corto e impactante rol de Ulrica a su vocalidad y estilo con inteligencia. Si bien la voz no tiene ni la densidad ni el cuerpo que pide Ulrica, Bardon no es una mezzo verdiana, su clase, elegancia y dominio de su instrumento convenció por la calidad de su emisión, homogeneidad en todo el registro y nobleza del fraseo. Sus ajustados agudos al límite no empañaron una meritoria labor canora. Entre los roles secundarios se perdieron en una gris actuación los intrigantes Samuel y Tom de Roman Ialcic y Antonio Di Matteo respectivamente. Supo aprovechar con desenvoltura escénica, presencia vocal y calidad tímbrica el Silvano, el barítono español Damián del Castillo, un cantante en clara y ascendente proyección. 

Precioso el sonido del coro masculino del Liceu, por encima del femenino, quienes ya en su primera escena llamaron la atención con un pianisimo final de gran calidad. Conxita García suma y sigue en ese laborioso trabajo continuo con el coro que la convierte en imprescindible para las huestes de la casa.

 

 

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