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bernard haitink chris christodoulou

Metafísica desnuda 

La figura de Gustav Mahler está muy ligada a la trayectoria de Bernard Haitink (Ámsterdam, 1929). Y no sólo eso, sino que tiene un rol vertebral en la propia historia musical de Ámsterdam y su Royal Concertgebouw Orchestra, de la que Haitink fue titular entre 1963 y 1988. De hecho, el debut de Haitink con el Concertgebouw tuvo a Mahler como protagonista y su discografía mahleriana es tan extensa como sólida. En 2017 Haitink ha vuelto de algún modo a sus raíces malherianas -que nunca abandonó, dicho sea de paso- programando esta Novena no sólo en la cita que nos ocupa, con los Berliner Philharmoniker, sino también el pasado verano en Salzburgo con los Wiener Philharmoniker. Lo cierto es que hay una impronta sumamente personal en el Mahler de Haitink, del que esta Novena berlinesa podría decirse un exponente consumado y ejemplar.

A buen seguro habría quien hubiera supuesto que a sus 88 años de edad el maestro holandés bien podría disponer una versión reflexiva, honda y de tiempos dilatados, un poco al modo del último Claudio Abbado, donde todo era espiritualidad. Todo lo contrario, una suma crudeza, es lo que expuso Haitink en el podio de la Philharmonie de Berlín. Haitink nos arrojó de bruces contra un Mahler desnudo y crudo, por momentos desaforado, rozando el caos pero bordeándolo con una suma admirable de oficio y talento. Logró de la formacion berlinesa una ejecución exacta y virtuosa, ciertamente infalible. El Mahler de Haitink fue aquí de un sonido pulido, limpio, escueto y escrupuloso. Un Mahler pues imponente en su sencillez, en su desnuda metafísica, ayuna de aderezos, de una rara pureza, sumamente mahleriana por otro lado, lejos del trasnochado almibar que otras batutas han insuflado a menudo a esta Novena, una partitura que no precisa aliño alguno.

En esas coordinadas tan austeras y sobrias, casi espartanas, el Adagio irrumpió con un aliento desgarrador y doliente, como si verdaderamente la dura aspereza de los movimientos precedentes, tan inexorables, escondieran en realidad un corazón hondamente herido. Llegó aquí la belleza, de nuevo sin aderezos, pura y escueta, admirable y conmovedora en su sencilla desnudez. El público berlinés tributó un admirado reconocimiento a Haitink, quien es ya todo un mito, ciertamente una de las batutas más longevas en activo, al lado del nonagenario Herbert Blomstedt. Este Mahler de Berlín es ejemplo incuestionable de la buena salud de su oficio, manifestación en suma de una lúcida ancianidad en el podio.

 

 

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