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Solaun Tebar 

Por el buen camino 

Valencia. 09/02/2018. Palau de la Música. Obras de Shostakóvich, Prokófiev y Rachmáninov. Orquesta de Valencia. Josu de Solaun, piano. Ramón Tebar, dir. musical.

El concierto que nos ocupa comenzaba con la Obertura festiva op. 96 de Shostakóvich. Quizá sobrase esta partitura, habida cuenta de la duración total que deparó después la velada, pero lo cierto es que vino bien para exponer ya de entrada los credenciales de una orquesta que poco a poco parece ir encontrándose a sí misma, con un metal sólido y contundente, unas cuerdas con margen de mejora y unas maderas irregulares. No obstante el sonido es compacto, homogéneo y apenas cabe exigirle una mayor capacidad para satisfacer dinámicas e intensidades más variadas. Todo llegará.

Contemporáneo de La consagración de la primavera de Stravinsky, el Concierto para piano y orquesta no. 2 de Prokófiev es todo un caballo de batalla para la carrera de un pianista. Pocos son, de hecho, los que atesoran esta partitura en su repertorio, ya sea en el pasado u hoy en día. El propio Prokofiev tenía la partitura por una de sus más exigentes piezas para piano. Josu de Solaun (Valencia, 1981) es un solista sumamente interesante, una más que notable amalgama de expresividad y técnica. Discípulo entre otros de Horacio Gutiérrez, maestro cubano de formación rusa, De Solaun resolvió la partitura con valentía y entrega, sin esconderse un ápice, arriesgando a cada compas y buscando la complicidad de Tébar para hacer música a la más mínima ocasión, sin limitarse a ejectuar la partitura como quien resuelve una ecuación matemática. Como propinas, De Solaun brindó calidez y color con La maja y el ruiseñor de Granados; y derrochó inspiración recreando la Ondine de los Preludios de Debussy.

Ramón Tebar es un director llamado a grandes cosas. Sobre todo porque no busca otra cosa que hacer música, sin aspavientos, pegado a la partitura y en comunicación directa con los músicos, a los que anima a escucharse, buscando un sonido que fluya con natural convicción. A buen seguro este será su principal legado para la Orquesta de Valencia. Y es que apenas iniciada su titularidad con ellos -este era el segundo programa que dirigía como titular- ya se notan los primeros y quizá tímidos cambios que imprime su batuta en los atriles de la Orquesta de Valencia, ahora menos adocenados y más entusiastas.

Tebar tiende por naturaleza a un sonido cantabile y presidido por el legato, algo que evidentemente convenía a la Sinfonía no. 2 de Rachmaninov, pero que fue también un bálsamo para el concierto de Prokofiev, una partitura que puede sonar compleja y árida sin un director que busque imprimir en ella un mínimo de claridad. Para la sinfonía de Rachmaninov, Tebar dispuso un fraseo intenso, detallista y variado, sin el fácil almibar que destilan tantas lecturas de esta partitura. El Adagio sonó más trascendente que dulce y los dos Allegros, segundo y cuarto movimientos, tuvieron el interés de unos atriles que demostraban escucharse y hacer música en comunión. De seguir así, es evidente que la Orquesta de Valencia va por el buen camino.

 

 

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