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Camarena M.Garcia Salzburg2018 

Escribiendo la historia

Salzburgo. 20/05/2018. Stifung Mozarteum – Großer Saal. Homenaje a Manuel García. Obras de Manuel García, Rossini, y Zingarelli.. Javier Camarena. Les Musiciens du Prince - Monaco. Dir. Musical: Gianluca Capuano.

Sólido y merecido homenaje en forma de recital al ínclito cantante, pedagogo y compositor madrileño Manuel García, que aunque no se lo puedan creer, hace relativamente pocos años era un auténtico desconocido para la gran mayoría de los amantes de la ópera y, cómo no, para gran parte de las batutas, pese a su prolija obra.

Echar un vistazo a su producción, tan denostada como el propio personaje -excluyendo su famoso tratado de canto-, nos haría buscar directamente cualquier recóndito agujero para esconder la cabeza, estando en buena parte pendiente aún su recuperación real, sin que haya recibido la debida atención por parte de la musicología.

Sea como fuere, la coherencia con el planteamiento general de este festival, pensado entorno a la fecha de la muerte de Rossini (1868), tiene su fundamento en que García, como es bien sabido, fue para el solista para el que compositor escribió su popular conde de Almaviva (El barbero de Sevilla). Además su hija, la también célebre María Malibran, debutaría en el mundo de la ópera precisamente con el papel de Rosina.

Hace prácticamente cuatro años, desde aquella inolvidable Cenerentola con Bartoli, que Javier Camarena no pisaba el escenario salzburgués. Algo que, tras escuchar la ovación recibida por parte del público, parece obvio que debiera subsanarse. Creo que bastaría con señalar que Camarena, sin haber concluido aun la primera parte, en tono risueño señaló al público que por favor se contuviesen con las ovaciones, pues todavía quedaba algo más de medio concierto. Cuando un cantante despierta tal fervor en su audiencia, de manera generalizada, es cuando el arte se convierte en magia, y con ella se escribe la historia.

Buena parte de la culpa también la tuvo la barita de Gianluca Capuano y sus Musiciens du Prince, formación creada hace apenas dos años bajo la protección –y dirección artística– de la propia Cecilia Bartoli y que recoge en cada una de sus actuaciones merecidos reconocimientos. Rossini, cuando se interpreta bajo su debido patrón –léase instrumentos de época– gana lógicamente enteros, pues aunque le cueste entenderlo a no pocos directores, el lenguaje de entonces tuvo un conocido destinatario que no se puede obviar. Eso no implica que formaciones diversas no lo puedan afrontar, faltaría más, sino que quien lo haga debe realizar una recapacitada lectura de la obra pensando en sus propios medios, tan simple como eso. Que esa misma mañana la obertura de Semiramide sonase como sonó en la Grosses Festspielhaus tuvo también en este aspecto parte de su explicación.

Capunano es además docto en la materia (ser diplomado en órgano, composición y canto en Milán no está a la altura de todo el mundo) siendo capaz de transitar con determinación desde el barroco (tal como lo demostró en su Ariodante) hasta el repertorio ottocentesco, mutando la estética de su lectura allá donde cada caso lo requiere. Si el año pasado Handel respiró en Salzburgo a su Rossini actual tampoco le faltó aire, extendiendo las dinámicas y gobernando el pulso de modo que Camarena no encontrase en Les Musiciens acompañantes sino compañeros de escena. Si su labor con Camerena fue meritoria no menos lo fueron sus intervenciones en las oberturas de Don Chisciotte (García), La Cenerentola e Il Barbieri (Rossini) y Gilietta e Romeo (Zingarelli), donde la ausencia del solista no convirtió a su batuta en caballo desbocado, sino en un fino bisturí con el que Capuano extrajo con precisión las virtudes del texto.

Javier Camarena no es un ahorrador. El público puede estar seguro que en cada una de sus actuaciones el tenor mexicano lo va a dar todo. En su meditado programa propuso, amén de obras del homenajeado, escenas de las citadas óperas de Rossini y Zingarelli. Además de sus conocidos y valorados agudos y sobreagudos, lanzados con precisión y control, el tenor mexicano mostró cómo su poderoso instrumento es también capaz de trabajar con sutileza las otras muchas facetas del canto. Sus dinámicas y fraseo fueron un ejemplo de cómo un profundo estudio y compromiso garantiza una asimilación del texto, capaz de mutar en un inteligible recitado la melodía más cantábile o el pasaje más virtuoso, sea la lengua que fuere, pues para la ocasión lidió con holgura con tres. Su voz está justo en ese momento en el que está pasando con pie firme de ser prodigiosa a histórica, volviendo cada uno de sus intervenciones en un evento que nadie se debería perder, si quiere contárselo a los nietos.

A este último respecto tendremos que estar bien atentos, pues pude comprobar in situ el encomiable trabajo de varios “entes” españoles, en aras de llevar este programa por diversos escenarios de la península a principios de 2020. Una iniciativa que, si llega a dar el esperado fruto, será más que digna de colgar por méritos de unos y otros el cartel de “todo vendido”.

Bartoli, a sabiendas del éxito que cosecharía su compañero, no quiso permanecer ajena a la fiesta. Cuando Capuano hizo entonar los primeros compases del preludio al duetto del primer acto de La Cenerentola supimos que el postre no podía tener un solo ingrediente. Camarera encontró como se esperaba a su cenicienta, una Bartoli ataviada para la ocasión cuál ama de casa, en un evidente guiño a la anterior producción Salzburguesa. Al cantabile preciosista le siguió la cabaletta, donde la coloratura hizo explotar definitivamente a un público embriagado tras un recital que ya es parte de la historia de este festival.

 

 

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