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Euryanthe Frankfurt

Meritoria apuesta

Frankfurt. 12/4/2015. Oper Frankfurt. Weber: Euryanthe. Erika Sunnegardh (Euryanthe) Eric Cutler (Adolar), James Rutherford (Lysiart), Heidi Melton (Eglantine), Kihwan Sim (König) Katharina Ruckgaber (Emma), Michael Porter (Udo). Dirección musical: Roland Kluttig. Dirección de escena: Johannes Erath.

Rara vez se escenifica esta ópera de Weber, que tanto gustaba a Mahler y emparentada con el Lohengrin de Wagner, con el que guarda no pocas y sospechosas concomitancias (casi escandaloso ese unísono que entonan aquí barítono y soprano, Lysiart y Eglantine, y que después encontramos casi calcado en Lohengrin con Telramund y Ortrud). La obra en cuestión, en un balance rápido de su valía, posee una música inspirada y sugerente, llena de hallazgos, y se antoja de hecho mucho más promisoria que su libreto, poco inspirado y que desgrana una trama un tanto imposible y más bien periclitada ante los ojos del espectador contemporáneo. Es, por supuesto, como Der Freischütz y Oberon, una pieza fundamental a la hora de conocer la evolución del Singspiel desde las coordenadas mozartianas a su resolución definitiva con Wagner. Como sucede con el Fierrabras de Schubert y con el Fidelio de Beethoven, ante la escucha de Euryanthe queda claro que la deriva que llevoó a Wagner hasta Lohengrin y Tannhäuser no fue ninguna revolución, sino más bien la senda de una desembocadura natural y lógica. Cierto es que Lohengrin ha pasado a la historia del repertorio como una obra maestra, mientras que hoy Euryanthe es poco más que una rareza. Seguramente por eso diferenciemos también a Weber como un maestro consumado, en contraste con la figura de Wagner en quien seguimos viendo un verdadero genio. Sea como fuere, la Ópera de Frankfurt firma con esta producción una meritoria apuesta por recuperar para el repertorio un título tan infrecuente y extravagante como valioso.

La nueva producción de Johannes Erath para la Ópera de Frankfurt, con dramaturgia de Zsolt Horpácsy, se apoya en una estupenda escenografía de Heike Scheele. Estamos ante un trabajo de corte clásico pero primorosamente realizado y puesto al día, con una gran carga poética y una minuciosa dirección de actores. No es fácil bregarse con el imposible libreto de la obra, cuya ación no se presta apenas a elaboraciones con mayores implicaciones. Erath consigue hacer justicia a la obra, a su música más específicamente, disponiendo en escena un espectáculo elaborado y nítido, con la virtud principal de resultar narrativo, facilitando la comprensión de una obra infrecuente.

La protagonista en esta ocasión era la sueca Erika Sunnegardh, generalmente superada por las demandas de la partitura. La voz, ya más bien ajada y agria, de afinación inconstante, es a todas luces insuficiente para este papel y por supuesto para las Senta, Kaiserin, Turandot, Salome, Leonora o Norma que jalonan su agenda pasada y por venir. El papel pide exactamente la misma voz que la Elsa de Lohengrin, esto es, una lírica plena, capaz de cantar con gran lirismo y un punto mayor de dramatismo. Harteros y Schwanewilms serían opciones idóneas hoy en día. Aunque entregada y enfática, Sunnegardh no es desde luego, no ya la dramática que pregona su agenda, sino apenas una lírica con los papeles en regla, incapaz de hacer justicia a la exigente partitura, de la que deja en suma una recreación falta de relieve.

Eric Culter, que por momentos nos recordó al Richard Leech de antaño, parece decidido a emprender una trayectoria como tenor lírico puro, habida cuenta de sus pasados Cuentos de Hoffmann en el Teatro Real, su Erik de El holandés errante con Minkowski y sobre todo los dos próximos debuts que se dibujan en su agenda, Don José y Lohengrin. Lo cierto es que cada vez menos queda ya de aquel tenor que cantaba Puritani (Met) y Huguenots (Bruselas), con un sobreagudo resuelto. Su voz ahora ha afianzado el centro y el grave, que suenan con suficiencia, pero a decir verdad Cutler se muestra mucho menos brillante arriba. La parte de Adolar que interpreta, por cierto, pareciera escrita para alguien como Kaufmann, pues pide un canto flexible y ardoroso a partes iguales. En líneas generales Cutler cumple con suficiencia pero sin deslumbrar en ningún momento.

La parte de Eglantine presenta una vocalidad próxima a la de la Ortrud de Lohengrin, con una escritura dramática y exigente que abunda mucho en los extremos. Ante esta exigencia, Heidi Melton se mostró destemplada y vocalmente desguarnecida por lo general, muy esforzada, gritando el tercio agudo de su partitura, sin medida, como decidida a resolverlo por la fuerza más que por la técnica. Encontramos a Melton francamente por debajo de su Sieglinde en Valencia, bajo la batuta de Zubin Mehta. Nos gustó mucho el trabajo de James Rutherford con la parte de Lysiart. Si bien el material se puede antojar un tanto tosco y rudo, por timbre, la variedad de acentos o compensa con creces. Su personaje tiene además una de las páginas más estimables de la partitura, una larga escena en la que debe mostrarse lírico y heroico, con gran carga dramática, y que de hecho algunos barítonos han incluido en sus recitales en disco, como es el caso de Gerald Finley, si bien en la versión inglesa. Completaban el reparto el bajo Kihwam Simen la parte del rey, un solista en la senda de Kwangchul Youn, aunque sin los medios y el arte de aquel, y dos cantantes estables del ensemble de la Ópera de Frankfurt, Katharina Ruckgabercomo Emma y Michael Porter como Udo.

   En el foso no se encontraba en esta ocasión Sebastian Weigle, el titular de la Ópera de Frankfurt, sino Roland Kluttig, un hombre con oficio y competencia, que supo extraer lo mejor de la orquesta titular, que rinde por cierto a franca distancia de las de Múnich y Berlín. A la batuta de Kluttig, en todo caso, le falto magia y trascendencia. Mención aparte, por último, para la espléndida labor del coro, de hermoso timbre y muy exigido por la partitura de Weber, que les regala páginas tan bellas como complejas. La producción de Erath requiere también mucho de los coristas, que se mostraron muy resueltos en escena.

 

 

 

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