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DonCarlo Liege 1 

Nunca es tarde

Lieja. 08/02/2020. Ópera de Lieja. Verdi: Don Carlos. Gregory Kunde (Don Carlos). Yolanda Auyanet (Elisabeth de Valois). Ildebrando D´Arcangelo (Philippe II). Kate Aldrich (Princesse Eboli). Lionel Lhote (Rodrigue). Roberto Scandiuzzi (Gran Inquisidor). Paolo Arrivabeni, dirección musical. Stefano Mazzonis di Pralafera, dirección de escena.

No deja de sorprenderme el fenómeno vocal que representa la figura de Gregory Kunde, quien por méritos propios es ya un capítulo importante de la reciente historia de la lírica. Con 65 años cumplidos, que se dice pronto, acaba de debutar con el Don Carlos de Verdi en la Ópera de Lieja. Y el acierto no ha podido ser mayor. Para la ocasión se ha recuperado la versión de la partitura que Verdi presentó a la Ópera de París, antes de comenzar los larguísimos ensayos que terminarían con sucesivos cortes y alteraciones. Se trata, en fin, de una versión en francés muy completa, en cinco actos y sin ballet; más completa incluso que la que pudo verse en la Ópera de París en 2017 con Jonas Kaufmann en el rol titular.

Es innegable que las subsiguientes revisiones de la partitura llevadas a cabo por Verdi aportaron dosis importantes de concisión y tensión dramática, pero no es menos cierto que por el camino se quedaron algunas escenas sustanciales, de innegable relevancia para conocer el desarrollo del libreto, amén de pasajes de gran inspiración, que llevan décadas durmiendo el sueño de los justos. Pienso por descontado en ese precioso Lacrimosa ("Qui me rendra ce mort"), pero sobre todo en los dos dúos entre Éboli e Isabel.

En fin, todo un acierto por parte de Stefano Mazzonis di Pralafera, intentende del teatro y a la sazón responsable escénico de esta producción, el haber apostado por recuperar esta versión tan completa y fiel a las intenciones verdianas más originales. Su propuesta escénica es austera y tradicional, a partir de una escenografía modular de Gary Mc Cann que los espectadores ven transformarse ante sus ojos con cada cambio de cuadro. Es una solución resolutiva y realista, completada por un esmerado vestuario de Fernand Ruiz y las luces de Franco Marri. En el foso resgresaba a Lieja una vez más su anterior maestro titular, Paolo Arrivabeni, precedesor de la también italiana Speranza Scappuzzi en dicha posición. Arrivabeni acertó por lo general con los tiempos y supo respirar con los cantantes, como los maestros de antaño, logrando firmar una versión muy estimable, con el necesario concurso de los esmerados cuerpos estables del teatro, orquesta y coro, en muy buena forma.

DonCarlo Liege 3 

Gregory Kunde sorprende esta vez por muchas cosas, pero sobre todo por la flexibilidad de su instrumento. A estas alturas de su trayectoria, cuesta creer que sea capaz de ofrecer uan emisión tan variada, con semejante repertorio de inflexiones dinámicas y grados de intensidad, con una frescura en la voz que cuesta creer. Como si hubiera sido capaz de reactivar sus raíces belcantistas, este Don Carlos de Kunde es sobresaliente porque logra ponderar una combinación prácticamente inédita entre el lenguaje verdiano más evocador y lírico, de cuño belcantista precisamente, y la veta más dramática del personaje, que entronca con la escritura vocal de otros papeles en los que Kunde ha hecho fortuna, desde Otello al Rodolfo de Luisa Miller pasando por Don Álvaro en La forza o el comprometido Riccardo de Un ballo in maschera.

No niego que en el caso de Kunde pueda yo tender a ponderar más las virtudes que los defectos, porque ciertamente admiro su batalla personal y su denodado empeño profesional, que he seguido de cerca durante estos años. Pero créanme, este Don Carlos es una de las mejores cosas que ha hecho el tenor norteamericano recientemente. Su voz se encauza con particular fortuna a través de la prosodia y los acentos de la lengua de Montaigne. Y quizá por eso mismo logre sonar más ductil y flexible cuando debe, como en su romanza inicial del acto de Fontainebleau o todo el dúo final con Elisabeth. Pero no se arredra y firma escenas de un poderío dramático sobresaliente, encaramándose resuelto y valiente al agudo, como su confrontación con Felipe II o su comprometida intervención en el cuadro de la coronación, donde a tantos otros tenores hemos visto penar. En suma, nunca es tarde si la dicha es buena.

Permítanme una coda, ya al margen de este Don Carlos, pero motivada sin duda por la excelente impresión al escuchar a Kunde en Lieja. Supongo que Peter Gelb seguirá pensando desde el Met que Gregory Kunde es muy mayor para contratarle, a pesar de haber salvado con indudable éxito una tanda de funciones de Sansón y Dalila allí la pasada temporada, reemplazando a otro colega. Desde entonces, aunque no lo crean, no le han vuelto a llamar para cantar en Nueva York. El mejor tenor estadounidense en activo y no le llaman desde el Met. Qué paradoja y qué injusticia. Ya lo dice el refranero español: no hay peor ciego que el que no quiere ver. 

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A pesar de arrastrar un catarro que le incomodaba con algunos accesos de tos, Yolanda Auyanet firmó una Elisabeth muy estimable. Como ella misma me apuntaba, a pesar de haber cantado anteriormente la versión italiana del personaje, estas funciones en Lieja han supuesto prácticamente un nuevo debut, porque precisamente este rol se ve involucrado en algunas de las escenas más interesantes que se rescatan (sobre todo esos dos dúos con Éboli, francamente necesarios para el devenir de la acción). El material de Auyanet brilla sobre todo en el centro y en el primer agudo, y la incómoda y amplia escritura vocal de Elisabeth le obliga a exponer los límites de su instrumento, con algún sonido puntualmente más agrio y abierto. Pero la escuela belcantista de su emisión y el brillo natural de su instrumento cubren con creces esas puntuales lagunas. Su Elisabeth es elegante e intensa. Confieso que me hace especial ilusión que haya una soprano española cantando este papel por Europa, como décadas atrás hiciera nuestra admirada Pilar Lorengar.

El resto del reparto tuvo sus luces y sus sombras. Ildebrando D´Arcangelo tiene unos medios ideales, por color y extensión, para ofrecer un Philippe II de refererencia. Pero me atrevo a decir que no cree lo necesario en el personaje y en sus contradicciones internas. Tiende a cantar siempre en un mismo registro, lo que redunda en un retrato plano y envarado de un personaje que está lleno de contrastes y aristas. Lo de menos, francamente, fue su entrada a destiempo en la segunda vuelta de su memorable monólogo, un incidente sin la menor importancia. Queda un regusto amargo al escuchar su Felipe, la impresión de lo que pudo ser y no es, como si cantase este papel por inercia, sin apasionamiento. 

Todo lo contrario cabría decir de la Princesa Éboli de Kate Aldrich, quien defiende su interpretación con sumo apasionamiento y palpalbe entrega en escena. Sus medios defienden mejor las partes dramáticas que los pasajes líricos del personaje. Esto es, mejor el "O don fatal" que la canción del velo, por decirlo en pocas palabras. La emisión no es todo lo limpia y redondo que uno desaría, pero los puntuales destellos de expresividad en el fraseo le hicieron redondear una interpretación bien creíble del personaje. Del quintento protagonista, last but not least, es de justicia poner en valor el atinado Posa brindado por el barítono belga Lionel Lhote. Buena linea, de impecable legato y matizado fraseo, haciendo gala de un timbre bien resuelto en el agudo y bien domeñado en las medias voces. Su Rodrigue tuvo nobleza, lirismo y teatralidad. Una voz a seguir de cerca.

Gran acierto contar con Roberto Scandiuzzi para la parte del Gran Inquisidor. Quien tuvo, retuvo, y desde luego en esta ocasión el bajo italiano, de imponente presencia escénica, se mostró en forma, con una voz bien sonora, eficaz en el agudo. De emisión clara y bello timbre, muy buenas impresiones también con la joven soprano local Louise Foor en la voz del cielo. Eficaz desempeño, en fin, del resto del elenco: Patrick Bolleire (Un monje), Caroline de Mahieu (Thibault) y Maxime Melnik (Conde de Lerma/Heraldo real).

Fotos: © Opéra Royal de Wallonie

 

 

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