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Il pirata 2020 Alain Hanel OMC 11 1

Maldita ópera maldita

Mónaco. 08/03/20. Auditorium Rainier III. Bellini: Il Pirata. Celso Albelo (Gualtiero). Anna Pirozzi (Imogene). Vittorio Pratto (Ernesto). Alessandro Spina (Goffredo). Claudia Urru (Adele). Rainaldo Macias (Itulbo). Chœur de l’Opéra de Monte-Carlo. Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo. Versión de concierto. Giacomo Sagripanti, dirección musical.

Hay óperas que, bien por las circunstancias de su composición, estreno, o funciones dadas sobre el escenario, parecen estar malditas. Ahí tienen una bien conocida: La forza del destino, de Verdi. Hay otras que parecen estarlo por el olvido que sufren, a menudo injusto, prácticamente desde que ven la luz... hasta que por unas razones u otras nos da por - felizmente - rescatarlas; incluso teniéndolas hasta en el desayuno. Uno de los últimos casos podía ser, claramente, Roberto Devereux, de Donizetti, que vivió un renacimiento hace poco, para volver a caer en cierto letargo. Y hay otras óperas que, simplemente, están malditas tanto por lo uno, como por lo otro.

Il pirata, como buen proscrito, está condenado. Su concepción belliniana es de una musicalidad prodigiosa, preciosa y significativa de tantas cosas por venir: sus propias Puritani o Norma, pero también Lucia di Lammermoor o Devereux, llegando hasta el Verdi primerizo (Masnadieri, Ernani), incluso a su TrovatoreOtello. Al mismo tiempo que deudora de lo mejor de sus tiempos inmediatamente pasados (Bianca e Fernando y ciertas reminiscencias rossinianas). Y sí, está maldita: en la actualidad (porque antes no se ofrecía como ahora, directamente) no ha habido funciones que no se hayan descosido por algún lado: tenores que naufragan ante una partitura endiablada; sopranos que sortean como pueden uno de los papeles más complicados que se han escrito, convirtiéndolo en otra cosa; teatros que cierran por quiebra tras sus funciones, o algunas de estas, muy esperadas, canceladas por huelga (París, con Radvanovsky, Tézier, Spyres y Frizza). La enfermedad también ha ido de la mano últimamente en este título y es en este punto por el que las funciones en versión concierto de la Opéra de Monte-Carlo se han visto modificadas: George Petean caía del cartel, sustituyéndole Vittorio Pratto.

Por lo demás, resulta maravilloso, como siempre, seguir acercándose a Il pirata porque, podríamos decir, es una "ópera virgen", un terreno prácticamente inhóspito más allá de su partitura. Un título que se va engarzando de teatro en teatro, gracias a los cantantes que la van debutando y le van dando vida. Sonya Yoncheva la cantó por primera vez  en La Scala, coincidiendo después con Celso Albelo (no en el mismo reparto) en el Teatro Real. Allí la debutó él, quien ahora acompaña a la primeriza Anna Pirozzi. Voy a decirlo por delante: la última media hora de este Pirata que se ha ofrecido en Mónaco es la mejor que he escuchado, de todas las funciones que se han ofrecido hasta ahora del título en las últimas temporadas (Aquí pueden leer Coruña con Saioa Hernández, Catania, Camarena-Yoncheva, Albelo-Auyanet, Korchak-Piscitelli...). Primero de todo, por la excelente factura vocal de Celso Albelo que, como decía, tras debutarlo en Madrid va encontrando (ha encontrado, yo diría) la horma de Gualtiero. Cierto que en esta ocasión la edición resulta más cómoda, quizá menos filológica con la partitura, pero con ello se ha ganado en una belleza arrebatadora. El centro de Albelo se muestra mórbido, con acentos ardorosos y una línea de abandono lírico que hace magia. Se permite jugar con medias voces, filados... para clavar agudos en sus cabaletas, en un personaje que fue creciendo a medida que avanzaba la noche. Espectacular en sus dúos con Imogene, especialmente el segundo, amén de una última página solista cautivadora y apasionante. Era este un Bellini que llegaba a sonar donizettiano y hacía a uno preguntarse por qué no escucharle ya cantando Pollione, en Norma, e incluso más Verdi.

Imogene fue Anna Pirozzi, quien ofreció un derroche de medios apabullante. No sólo eso, creó un personaje de forma excelente sin decorado alguno. El escenario de la ópera esta, en realidad, en dos lugares: la voz, obviamente, y en los ojos de quien canta. Con su mirada, como sólo hacen las más grandes, erigió una protagonista doliente, absorta y humana a partes iguales. Siempre bromeo que en esta ópera hay dos palabras clave que ha de entonar Imogene prácticamente al salir al escenario: ¡A Palermo! Escuchando como se pronuncien esas dos palabras, sabremos ante que Imogene estamos. Esta es, me atrevería a decir, la mejor que he escuchado hasta ahora, aun tratándose de su debut y sin menospreciar a las excelentes creaciones que he podido presenciar en otros escenarios. Pirozzi, quien es una bárbara Abigaille de Nabucco, imprime el carácter de esta en las páginas de mayor fuerza y arrojo de Imogene. Sus cabaletas son puro fuego, pero también pura técnica y gusto por el detalle; porque Pirozzi también es una estupenda Aida, una plausible Amelia (Ballo), y una extraordinaria Norma, lo que da buena cuenta de sus capacidades para crear una Imogene con temperamento, pero al mismo tiempo belcantista. Queda rodar más el personaje, pulir algunos cierres de agudo, por ejemplo y repensar algunas formas, pero el camino ha empezado muy alto. Parece mentira que se pueda decir esto, siendo Imogene un papel como es, pero parece estar pensado para ella.

A la pareja protagonista se une el Ernesto de Vittorio Pratto, debutante también en el rol, como indicaba anteriormente, en sustitución de George Petean. Difícil situación la suya para estar a la altura de Albelo y Pirozzi, pero el barítono italiano no decepcionó. Echó arrestos, incluso se pasó de revoluciones en alguna nota sostenida e intentó crear en todo momento un personaje temible con unos medios más claros, más livianos, de los que requiere, en realidad, su parte. No todo lo grave que debería sonar, igualmente, el Goffredo de Alessandro Spina, con una estupenda línea de canto, no obstante. Acertadísimo el Itulbo de Reinaldo Macías y muy agradable la Adele de Claudia Urru.

Al frente de la Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo una de las batutas en alza de hoy en día, el italiano Giacomo Sagripanti. Erigió una lectura vibrante, vibrantísima, poderosa, enérgica (como cada participación del Chœur de l’Opéra de Monte-Carlo), con un balance belliniano algo difuso por momentos. Aunque perdiera la certeza de encontrarme ante Bellini en algunas páginas, pensando más en Donizetti y en otros momentos la velocidad fuera atropellada (el tempo di mezzo en la página de salida de Gualtiero, sin ir más lejos), el resultado fue una partitura viva para una obra que, sin duda y al menos por el momento, hasta que nos volvamos a olvidar de ella, está viva, muy viva.

Foto: Alain Handel / OMC.

 

 

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