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Puro espectáculo

Madrid. 30/05/16. Teatro de la Zarzuela. Ciclo de Lied del CNDM. Obras de Ravel, Rossini, Granados y Haendel, entre otros. Joyce DiDonato, mezzosoprano. Craig Terry, piano.

El espectáculo es como la repostería. Todo ha de estar medido al milímetro, cubierto de falsa espontaneidad y sin que falte el amor, mucho amor. Así es como se logran los buenos dulces y los mejores espectáculos. El de la mezzosoprano Joyce DiDonato, sin duda, debería aparecer en la Larousse de repostería. Es espectáculo del bueno y así lo aplaudió un público entregado en el Teatro de la Zarzuela. La cuestión es ¿tenemos todos claro lo que estamos aplaudiendo?

Antes del programa oficial, que efectivamente se hacía algo corto sobre el papel (media hora más media hora), un gag, no creo que pudiera denominarse de otra manera, que suscitó aplausos y risas por doquier cuando la mezzo americana se arrancó con El niño judío de Pablo Luna y su “De España vengo”. Fue un ejercicio de calentamiento, ante lo escuchado tanto en su voz como en el piano.
La cantante justificó este desastroso comienzo argumentando que planteaba el programa escogido como muestra del poder de la música para trasladarnos de un lugar a otro (la clásica y sus códigos); que es lo que se suele decir cuando se hace un programa fácil, de relleno, sin pies ni cabeza como este y que ya experimentamos hace pocas semanas con Renée Fleming en el Teatro Real. Pasando por alto que poco tenía de lied este recital de lied, quizá alguien podría haberle apuntado a la mezzo que El niño judío, encuadrada en la vertiente exótica de la zarzuela, transcurre en Siria e India; perspectiva que parece justificar mejor su inclusión ante el asiático Shéhérezade de Ravel o la Babilonia rossiniana de Semiramide.

En una estupenda conversación con la también mezzo Cristina Faus, me explicaba que el valor de una voz reside en el color, antes que en tesituras o extensiones. Al color ha de recurrirse en la voz de la DiDonato, para catalogarla más bien como seconda donna, más que como una mezzo al uso por su tesitura, siempre más cómoda hacia arriba que hacia abajo. La de DiDonato es una voz inestable, con dificultades para la filigranas y pequeños detalles, entregadísima no obstante, flexible, descarnada, irisada, no oscurecida y siempre en la búsqueda de matices, los obtenga o no, renunciando al registro de pecho excepto cuando es estrictamente necesario.

No es pues por coordenadas de color la voz más agradecida para el Shéhérezade de Ravel, que sufre también en la reducción de orquesta a piano, perdiendo sugestivos sonidos en maderas, el arpa… Y es que hay reducciones a piano que deberían estar prohibidas, pero me temo que ese es otro tema. Con todo, cantante y pianista (ardua tarea aquí la de Craig Terry) defienden la partitura, se percibe la intencionalidad de transmitir y se logran matices en la mezzo más basados en la psique que en pura técnica, lejos de un instrumento que le permita mayor sensualidad o carnosidad, mayor evocación también. Shéhérezade hasta ha de verse y olerse, pero no sé siquiera si llegó realmente a escucharse.

La Semiramide de Rossini vino con coloraturas intuitivas, recursos “intimistas” en los compases más expuestos y adelanto o retraso de la sílaba en la que recaen ciertos agudos (cosa que suele hacerse desde antaño). En la inestabilidad de su voz, tras bellas líneas en la repetición del Bel raggio lusinghier, se pudo escuchar algún sonido fijo, estrecheces en el tercio superior y, lo insalvable, una desmedida dosificación del fiato le jugó una mala pasada en el final de la pieza, en un agudo calante y deshilachado. No es un mal de la DiDonato, parece ser el sino de los tiempos, y el día en que de nuevo haya alguien que se cante, por ejemplo, una Semiramide como ha de cantarse, se nos van a caer los palos del sombrajo. DiDonato no debería haber debutado La Donna del lago, (los mismos patrones e igual final se repitieron en el Tanti affetti ofrecido en este recital) no debería haber debutado Maria Stuarda y no debería debutar Semiramide como tiene programado.

A ello ha de sumarse el piano de Terry, que seguía sin terminar de encontrarse, con un tempo di mezzo mismamente al que faltó intensidad y color. En lo demás, siempre ascético, se limitó a acompañar (bien acompañada) a la de Kansas hasta que llegaron sus propias adaptaciones de piezas barrocas llevadas al jazz, que nada especial añaden a la música de Giordani o Pergolesi y donde pareció desatarse, vivir lo que tocaba y sentirlo, al igual que le pasó en la primera propina, I love a piano, de Berlin, donde de veras se le vio disfrutar y nos hizo disfrutar a todos. Está claro donde está el piano de Terry, y tira más hacia el jazz y el musical.

Lo mejor de la noche vino en un Lascia ch’io pianga, del Rinaldo de Haendel, de sutiles ornamentos propios en la repetición. Medido, balanceado en una ralentización buscada al piano, íntimo y sentido. Quedémonos con este buen sabor de boca junto a la intencionalidad de matices, esta vez conseguidos, en las Tonadillas escogidas de Enric Granados. En las propinas un Morgen que no será recordado, muy osado por parte de la mezzosoprano; un Somewhere over the rainbow (vaya, dos de dos coincidentes con las propinas de Fleming, quizá las divas americanas también deberían hacer por renovar sus shows) y la divertida pieza de Berlin ya comentada.

Quiero pensar que lo que se aplaudió anoche fue el espectáculo, que hubo mucho y muy bueno, y no el arte, que con mayúsculas no hubo tanto. Puro espectáculo, ni más, ni menos.

 

 

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