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Meistersinger BayerischeStaatsoper 

Keep calm and trust Petrenko

Munich. 04/06/2016. Bayerische Staatsoper. Wagner: Der Meistersinger von Nürnberg. Wolfgang Koch (Hans Sachs), Jonas Kaufmann (Walther von Stolzing), Sara Jakubiak (Eva), Markus Eiche (Sixtus Beckmesser), Christoff Fischesser (Pogner), Benjamin Bruns (David), Okka von der Damerau (Magdalene), Tareq Nazmi (Nachtwächter), Kevin Conners (Kunz Vogelgesang), Christian Rieger (Konrad Nachtigall), Eike  Wilm Schulte (Fritz Kothner), Ulrich Reß (Baltahsar Zorn) y otros. Dir. escena: David Bösch. Dir. musical: Kirill Petrenko.

Abusamos seguramente de las hipérboles, hasta un punto en que lo memorable, lo extraordinario e incluso lo histórico se apoderan en demasía de nuestros discursos. Entono el mea culpa en primer lugar, porque seguramente haya abusado de esta perspectiva en más de una ocasión en estas mismas páginas. Pero con estos Meistersinger de Múnich no tengo la menor duda: no exagero si me refiero a estas funciones como históricas. Y el motivo fundamental es la dirección musical que despliega Kirill Petrenko, de una novedad y fascinación inusitadas. No se trata sólo de la pura realización, de la ejecución misma, que es de un virtuosismo descollante; es más bien un trasunto conceptual, de actitud incluso, si me apuran. Escuchar una partitura en manos de Petrenko es como descubrirla por primera vez. Y eso con una obra de repertorio como Meistersinger -lo mismo que sucediera en en su día con una pieza tan dispar como Lucia- es absolutamente fascinante y admirable.

Toda la representación se ordena en torno al discurso orquestal, que no se impone sino que fecunda todo lo demás, de tal manera que el teatro está ya en el foso. No existe nada parecido a una superposición, por supuesto ni rastro de ese pedestre acompañamiento musical en el que tantas batutas han caído, devaluando la naturaleza del discurso wagneriano. Y es que Petrenko no busca un sonido concebido de antemano -esa sería un tanto la clave de un Thielemann, que cultiva siempre una misma sonoridad- sino que se deja imbuir por la naturaleza teatral de la obra y la desarrolla a través del discurso musical, que es por tanto dúctil y transparente. El Wagner de Petrenko es al mismo tiempo voluptuoso y liviano, suntuoso y frenético, firme y ligero… Es una sorpresa constante.

Poco a poco, si miramos atrás, se diría que Petrenko ha ido ganando confianza y destreza a la hora de plantear un Wagner analítico y curioso, en el que se escuchan detalles inéditos, pero que no adolece ya de una premeditación excesiva, de bata blanca, sino que que se resuelve en la forma de un efervescente espectáculo teatral, en el que la espectacularidad del sonido también tiene lugar, aunque sin pomposidad, nunca como un fin en sí mismo sino involucrada en un discurso. El resultado es un sonido nunca musculoso, nunca excesivo, de una espectacularidad que anida en los detalles y en las tensiones resueltas, nunca en la grandilocuencia. Así las cosas, sería inútil recapitular los momentos más brillantes de la representación porque toda ella es un continuo de fascinación que no cesa. El coro de la Bayerische Staatsoper firma una labor monumental, por descontado. 

A decir verdad lo que hace ahora mismo Petrenko con la orquesta de la Bayerische Staatsoper no tiene parangón. Y tan sólo imaginar lo que pueda hacer con los Berliner Philharmoniker pone los pelos de punta. Seguramente la figura de Kirill Petrenko es lo más sobresaliente y excepcional que le ha pasado al mundo de la música clásica en los últimos años. De modo que Keep calm and trust Petrenko.

En estas condiciones, no extraña que el reparto previsto responda con una tremenda homogeneidad, bordando una gesta coral. Con un material que no es ni mucho menos lujoso, incluso todo lo contrario, un tanto romo y pedestre, la autoridad del intérprete se impone sobre cualquier limitación en el caso de Wolfgang Koch, que es sin la menor duda el Hans Sachs de nuestros días -tan sólo el de Michael Volle, más capaz por medios aunque menos interiorizado, se le podría parangonar-.  Aunque casi pasa desapercibido durante el primer acto, mimetizado con la extraordinaria sensación de conjunto que Petrenko despliega y consigue mostrar, Jonas Kaufmann hace suya la función poco a poco desde su intervención en el segundo acto, rematando la faena con un tercer acto de suma inteligencia, aligerando el instrumento un tanto. La emisión en piano que muestra en el quinteto, las filigranas a media voz que consigue sostener en sintonía con Petrenko o la plena voz con la que remata su intervención en el certamen de canto son sólo algunos de los mejores momentos de la noche, que no deja de ser un suma y sigue incesante de benditas perplejidades. Tras una primera aproximación en concierto, en Edimburgo, estas funciones suponían el debut escénico de Kaufmann como Walther, papel wagneriano que suma así a su Lohengrin, a su Siegmund y a su Parsifal. Salvo por una única función de Tosca el 13 de diciembre de 2013 y al margen de la Ariadne concertante de París, estos Meistersinger era también la primera colaboración de Kaufmann con Kirill Petrenko en el foso, a lo largo de toda una producción.

Aunque voluntariosa, Sara Jakubiak es quizá la solista menos fascinante del reparto, ya que posee los medios pero carece de magnetismo, presentando una Eva un tanto anónima e irrelevante. Brilla por méritos propios, una vez más, el barítono Markus Eiche aquí en el papel de Bekcmesser, que se toma por cierto tant en serio como la propia producciónn, que huye de ese retrato caricaturesco tan habitual, para convertirlo verdaderamente en un ser frustrado y mezquino, capaz de lo peor. Además de los muchos comprimarios de espléndida solvencia, rematan el reparto sobre todo un espléndido Benjamin Bruns como David, un impecable Christoff Fischesser como Pogner y la habitual Okka von der Damerau como Magdalene.

Con la apariencia de una falsa comedia, la producción de David Bösch presenta con ropajes nuevos una trama muy ligada a un marco histórico concreto, del que podría parecer difícil desligarla. Meistersinger se trata además de una obra singularmente vinculada a este teatro muniqués, donde se estrenó en junio de 1868. Con escenografía de Patrick Bannwart, David Bösch se toma muy en serio el tono de comedia amarga, casi de humor negro que anida en los personajes de Meistersinger, que entiende además con una clave social. Sabe integrar además con destreza la parte más festiva y desenfadada de la acción. Es un trabajo ejemplar, en la medida en que guarda un respeto exquisito por la obra original, que sabe poner al día sin pretenciosidad, simplemente poniendo en valor el texto y los personajes bajo una óptica contemporánea que por momentos recuerda a lo mejor del Anillo de Castorf en Bayreuth.

 

 

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